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La década hiperactiva de Springsteen

El cantante norteamericano publica ‘Working on a dream’, su cuarto disco en cinco años

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El 19 de octubre de 2006 Bruce Springsteen tocaba en Las Ventas. Se trataba del primer concierto de su gira española junto a la Seeger Sessions Band. Viejas canciones de la tradición folk norteamericana para calentar una fría, gélida noche madrileña.

Esa tarde, en una concesión absolutamente inusual, El Jefe permitió a un escogido grupo de periodistas asistir a la prueba de sonido del concierto. Había llovido y el ruedo estaba totalmente embarrado. De pie, con los pies hundidos en el fango a diez metros del escenario, los privilegiados asistentes paladearon cada nota de una potente versión de The ghost of Tom Joad. Al terminar, Springsteen se sentó al borde del escenario y charló con los presentes. Habló de democracia pero, sobre todo, de planes, planes y más planes. Picando piedra en la cantera del rock.

Superhombre o adicto, el campechano Bruce acababa de cumplir 57 años. Sus últimos cinco cumpleaños le han pillado de gira –o a punto de iniciarla– y todo indica que también estará dando conciertos cuando el próximo 23 de septiembre se convierta en sexagenario. Hace dos décadas, cuando Springsteen se sumió en el silencio de la depresión durante cuatro temporadas tras la extenuante gira de Tunnel of love, ni el más optimista de los fans hubiera imaginado semejante nivel de actividad. Bruce no para y, en 2009, su mano todavía no tira del freno de mano. Todo lo contrario: ha metido la sexta.

El martes se publica Working on a dream, su cuarto álbum en cinco años. Este último dato sorprende, pero lo que verdaderamente deja estupefacto es que las 13 canciones del disco se grabaron en las pausas de una mastodóntica gira mundial de cien conciertos. Fueron escritas a vuela pluma, en una semana, en un hotel, como el poeta que embadurna una servilleta con tinta en la tasca y acto seguido va corriendo al despacho del editor.

Decía Steve Soprano Van Zandt, el guitarrista de la E Street Band y su mejor amigo, que en las sesiones de Born in the U.S.A. Bruce llegaba por la mañana al estudio y decía: “Olvidemos lo de ayer. Esta noche he escrito cinco canciones”. Canciones por las que cualquier estrella del rock hubiera matado. Para aquel disco grabaron 60 temas: se publicaron 12.

Ese Bruce prolífico sigue vivo, pero el Bruce perfeccionista ha muerto: el que tardó seis meses en dar el visto bueno a Born to run, el que necesitaba componer cien canciones para hacer un disco de 12, el que durante los ensayos de los conciertos se paseaba por las gradas más alejadas del escenario para comprobar el sonido con sus propios oídos. El Súper-Bruce del siglo XXI se mete en el estudio –con Brendan O’Brian, su mano derecha–, vomita una docena de temas y sale a la semana siguiente con el máster debajo del brazo. Se trata de confianza. Bruce en estado de gracia.

El nuevo Bruce nació un 11 de septiembre de 2001. Dos días después de los vuelos homicidas sobre Nueva York, un fan se le acercó en un aparcamiento y le gritó: “¡Bruce, te necesitamos!”. Alguien podría pensar que ese sujeto desconocido acababa de visionar Batman la noche anterior y vio en el cantante al superhéroe que debía aniquilar a los terroristas musulmanes a guitarrazos. En cambio, Bruce captó el mensaje. Se fue a casa y compuso Into the fire, un bálsamo sin contraindicaciones, cargado de épica y emoción para aliviar la incomprensión. ¿Mesianismo? Más bien necesidad.

Springsteen no es un oportunista. El Jefe llevaba hablando de esperanza desde que en 1975 compuso Thunder road, probablemente una de las canciones más esperanzadoras de la historia del rock. En ese tema parecía decir: “Estamos de mierda hasta el cuello, pero vamos a salir de esta”. No muy alejado de lo que dijo el otro día Barack Obama a las puertas del Capitolio... Lo de las Torres Gemelas fue una hecatombe terrorista desconocida hasta la fecha, materia prima de la buena para El Jefe. Su último disco lo había compuesto seis años antes y hablaba de la Gran Depresión. Ya no iba a necesitar más libros de Historia cuando la misma Historia derribaba rascacielos a media hora en coche de su casa. Y compuso The Rising.

Desde entonces, julio de 2002, los acontecimientos no le han dejado descansar. Tantos años aletargado, el Bruce político despertó y montó un buen barullo. A mitad de gira de The Rising, se dio cuenta de que el enemigo estaba en casa: Bush invadía Irak. Cambio de planes. En lugar de tomarse 2004 de descanso, Springsteen montó la gira Vote for change con R.E.M. y Pearl Jam. Eso fue un mes antes de las presidenciales. Durante la última semana, acompañó a John Kerry en su carrera electoral, cantándole de nuevo a la esperanza: The promised land, No surrender y, en el último mitin, Thunder road. Claro.

Tras el fracaso electoral él seguía movilizado, sin olvidar que en Irak seguían muriendo soldados. A ellos dedicó el título y la primera canción de su siguiente disco, Devils & dust (Demonios y polvo). Springsteen se pone en la piel de un soldado y revela las contradicciones que le atenazan cuando está a punto de apretar el gatillo. Nada de crítica fácil, mejor cavar hondo.

La prensa especializada, escéptica ante las novedades del Boss en los últimos años, se rendía ante Devils & dust. Por si fuera poco, los nuevos reyes del indie internacional, Arcade Fire, se reconocían fans de Springsteen y le mencionaban a menudo en sus entrevistas (precisamente, hace un par de días tocaron una emocionante versión rural del Born in the U.S.A. en un concierto para Obama).

El 1 de junio de 2005, Springsteen presentó Devils & dust, en solitario, en el Pavelló Olímpic de Badalona. Para cerrar el recital, se sentó al armonio y, con la voz engolada y grave, atacó Dream baby dream, del dúo underground neoyorquino Suicide. “Sueña, nena, sueña”, repetía con violencia. Su país estaba hundido, pero él se agarraba al clavo ardiendo.

No contento con eso, al año siguiente se colgó la guitarra de cantautor folkie y publicó un disco de canciones tradicionales. La idea surgió después de que contratara a una banda folk para una fiesta en su finca de Rumson (Nueva Jersey). Cuando les vio tocar, Springsteen se quedó boquiabierto y acto seguido les ofreció hacer un disco con él. Lo grabaron en su casa: 17 músicos repartidos por el salón y los pasillos de su mansión. Durante todo 2006, presentarían We shall overcome, como se tituló el álbum, por todo el mundo.

En 2007 volvía el Springsteen más pop con Magic, quizás su mejor trabajo con banda desde Lucky town (1992). Un año y tres meses después, con Bush recluido en su rancho de Texas escribiendo un libro, El Jefe regresa con Working on a dream. Un título, “trabajando por un sueño”, que resume lo que ha estado haciendo esta última década.