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Del "Dios es gay" de Woody Allen al "Dios es mujer" de Juan Pablo I

Las mujeres reclaman más presencia en las jerarquías de la Iglesia, pero el clero no suele revisar sus argumentos ni afrontar la autocrítica de sus incoherencias

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'Dios es gay'....¡No asustarse, señores del Vaticano!' Esta frase la pronunciaba un personaje de Si la cosa funciona, una de las celebradas y divertidas películas de Woody Allen. Parecería que sólo un humorista como él pudiera permitirse estas licencias. Pues no. El malogrado 'Papa de los 33 días', Juan Pablo I, anteriormente conocido por Albino Luciani, burló un día la heterodoxia de sus cardenales asesores leyendo un discurso que llevaba en el bolsillo izquierdo de su alba sotana, aunque el discurso previsto, escrito por los especialistas de su aparato teológico, lo debía sacar de su bolsillo derecho. Cuando empezó a hablar, los cardenales se quedaron de piedra: 'Queridos hermanos...Dios es mujer'.

En España, los obispos y prebostes católicos, directamente, se hubieran muerto. El concepto masculino de Dios les imposibilita para pensar que Dios pudiera ser una mujer. Acostumbrados a sacar a sus huestes a la calle cada vez que los españoles invocan un derecho que ponga en entredicho ciertos dogmas para ellos 'intocables', identificar a Dios con la mujer lo considerarían sin paliativos una blasfemia intolerable. El inefable y melífluo secretario de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Juan Antonio Martínez Camino, llama enseguida a los católicos a salir a la calle cuando las mujeres defienden su derecho a abortar, aunque sólo sea en determinados casos. Pero cuando -hace tres años-  le preguntaron en una rueda de prensa si iban a excomulgar al rey cuando firmara la Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo (popularmente conocida como ley del aborto), la cara se le cambió. Las palabras se le trafulcaron y sólo supo decir: 'Es que... lo del rey es una situación única'.

La Iglesia no sabe qué hacer, qué decir, o qué decidir, cuando se presentan 'situaciones únicas'. La boda de una divorciada que se casa con el heredero de la Corona es una situación 'única'. Pero el cardenal de Madrid, Rouco Varela, va raudo a la catedral cuando le proponen presidirla. Las monjas españolas violadas y embarazadas hace medio siglo en el ex Congo Belga tuvieron que optar -por exigencias del obispo de turno- entre abortar o salirse del convento: ¡era otra situación 'única'!

La Iglesia española es maravillosamente rápida en situaciones que no deben ver tan 'únicas': cuando los gobernantes les tocan la cartera, o cuando pretenden convertirse en los delegados de Dios para 'los asuntos de la mujer'. Revisar sus argumentos o afrontar la autocrítica de sus incoherencias no parece ser frecuente en las jerarquías de la Iglesia: si dijeron que 'excomulgarían' a quienes aprobaran la Ley del Aborto, deberían haber excomulgado al rey. Pero ¡ah!, ¡eso no entraba dentro de sus coherencias!

Como señala la teóloga feminista Margarita Pintos, educadora en el Colegio Alemán y presidenta de la Asociación para el Diálogo Interreligioso de la Comunidad de Madrid, además de miembro de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, 'el fondo del problema reside en la obsesión enfermiza y secular de la Iglesia contra las mujeres: excomulgan a la mujer que aborta porque el aborto es 'un asesinato' pero no excomulgan a un asesino; no excluyen de la comunión a un criminal, excluyen sólo al que participa, colabora o es cómplice de un aborto, porque 'es un asesinato'. No impiden la comunión del asesino de Sandra Palo, ni de los soldados de -españoles- Afganistán, que se ven en la necesidad de matar a personas inocentes. No niegan la comunión a los asesinos que hay en las cárceles, ni retiran de las prisiones a los capellanes que se la dan'.

Los argumentos esgrimidos por Margarita Pintos son irrefutables, indiscutibles, incontestables. Los obispos 'aman tanto a las mujeres' que no pueden soportar que aborten, ni les importa demasiado por qué. Viven desde el principio de los tiempos obsesionados por el sexo femenino. Y repasando la historia puede llegarse a la conclusión de que ésta ha sido decisiva para que la mujer haya sido considerada un ser sin derechos por el 'hombre', cosa que a los obispos católicos (hombres en 'exclusiva') les viene de perillas.

'Cuando una mujer tuviera una conducta desordenada y dejara de cumplir sus obligaciones del hogar, el marido puede someterla y esclavizarla' (Código de Hammurabi, S.XVII a. C.). 'La mujer debe adorar al hombre como a un dios: cada mañana debe arrodillarse nueve veces consecutivas a los pies del marido y, con los brazos cruzados, preguntarle: 'Señor, ¿qué deseáis que haga?' (Zaratustra, S.VII a. C.). 'Aunque la conducta del marido sea censurable, la mujer virtuosa debe reverenciarle como a un dios', 'una mujer nunca debe gobernarse a sí misma' (Leyes de Manu, Libro Sagrado de la India).

'La naturaleza sólo hace mujeres cuando no puede hacer hombres. La mujer es, por tanto, un hombre inferior' (Aristóteles. S.IV a. C.). 'Que las mujeres estén calladas en las iglesias, porque no les es permitido hablar. Si quisieran ser instruidas sobre algún punto, que pregunten en casa a sus maridos' (Las bodas cristianas, San Pablo apóstol, año 67 d.C.). 'Los hombres son superiores a las mujeres porque Alá les otorgó la primacía sobre ellas [...] No se legó al hombre mayor calamidad que la mujer'. (El Corán, S.VI d.C.).

'Cuando un hombre fuera reprendido en público por una mujer, tendrá derecho a golpearla con el puño o el pie y romperle la nariz, para que así, desfigurada, no se deje ver, avergonzada de su faz. Y le estará bien merecido' (Le Mènagier de París, Tratado de Conducta Moral y Costumbres de Francia, S.XIV). 'Los niños, los idiotas, los lunáticos y las mujeres no pueden y no tienen capacidad para efectuar negocios' (Enrique VII de Inglaterra, jefe de la Iglesia Anglicana). 'El peor adorno que una mujer puede querer usar es ser sabia'. (Martín Lutero, teólogo alemán, reformador crítico del Catolicismo y pionero del Protestantismo. Siglo XVI).

Del siglo XVII al XXI no hace falta buscar citas, sería una labor inacabable. Dejémoslas a los reyes, aristócratas, políticos, empresarios, escritores, clérigos, obispos, cardenales y papas. No les costaría nada encontrarlas sin salir de su propia casa. ¡Ah, olvidábamos el principio de todo: la expulsión de la mujer del Paraíso Terrenal!.

La teóloga y feminista Margarita Pintos (La mujer en la Iglesia, La educación religiosa en una sociedad pluralista, Budismo y cristianismo en diálogo y Las mujeres en las tradiciones religiosas) afirma, a preguntas de Público, que hoy las mujeres cristianas siguen 'desposeídas de la ciudadanía eclesial, mientras que en la sociedad civil están logrando importantes cotas en los derechos cívicos, políticos y sociales'. Por su parte, 'la iglesia católica hace todo lo posible por impedir que las mujeres los practiquen dentro de la comunidad cristiana'. Es -añade Pintos- la 'incoherencia vaticana' de la que hablaba Bernard Quelquejeu.

La 'patriarquía eclesiástica' sigue empeñada en negar lo que ya justificaba el Nuevo Testamento y la historia del Cristianismo. Esta patriarquía se ha apropiado de la eclesialidad, y se la niega especialmente a las mujeres alegando razones bíblicas, teológicas e históricas infundadas'. La teóloga Pintos echa en falta en la Iglesia la posibilidad de la intervención de la mujer en la toma de decisiones sobre cuestiones éticas 'que afectan directamente a nuestras vidas'. Ello exige 'participar en el gobierno de la comunidad cristiana, elegido y ejercido democráticamente, sin cortapisas. Es urgente poner en marcha un proceso de democratización de la Iglesia'. 'Las mujeres sufrimos una exclusión total por la concepción androcéntrica que caracteriza en el catolicismo el mundo de lo sagrado', denuncia.

En el primer tercio del siglo XX, el Papa Pío XI consideraba (en su encíclica Quadragésimus annus) 'un abuso el trabajo de la mujer fuera de casa porque el marido no disponía de suficiente salario'. Será el papa Juan XXIII, que convocó el Concilio Vaticano II, el que dé un paso fundamental en la consideración de la mujer al marcar un reconocimiento oficial de su promoción (encíclica Pacem in Terris, 1963) y en uno de los documentos conciliares (Gaudium et Spes) aparecerá un alegato en contra de la 'discriminación por razones de sexo, raza o color', reconociendo la 'igualdad' de la mujer respecto al hombre.

El Papa Pablo VI dirigirá años más tarde un mensaje explícito a la mujer hablando de ella como 'hija querida, virgen fuerte, esposa cariñosa y sobre todo madre y viuda resignada'. Pero cuando se establece el 'diaconado permanente' la mujer vuelve a ser relegada a un último lugar, que aún hoy se hace evidente cuando sólo se les permite leer algún texto bíblico y, en casos excepcionales, dispensar la comunión. En el Concilio Vaticano II llegó a plantearse, sin éxito, tanto el asunto del celibato de los curas como el del sacerdocio de la mujer. Los últimos Papas, Juan Pablo II y Benedicto XVI, no han dado ni un solo paso a este respecto.

El tema no es sólo el sacerdocio de la mujer, que también. El tema es la igualdad de derechos y deberes, de administrar los talentos femeninos. No digamos nada en los asuntos más sangrantes acerca de la vida íntima, sexual o matrimonial, de la mujer, y más especialmente el asunto del aborto. La Iglesia sigue impertérritamente férrea, aunque hubieran existido algunos santos padres (como San Agustín y Santo Tomás de Aquino) que defendieran el aborto en algunos casos y hasta unos límites de tiempo determinados. ¡Pero eso sucedió hace más de siete siglos!

María Antonia Fernández Pérez, miembro del grupo santanderino de Mujeres y Teología, dice: 'Dentro de la Iglesia las mujeres también queremos justicia, que no se hable de nosotras sino que hablemos nosotras, queremos ser adultas y compañeras, pero con las personas adultas se dialoga. Podemos estar de acuerdo en el respeto a la vida, en el compartir, en él dialogo interreligioso, en descubrir los valores de cada persona, en aceptar el mensaje subversivo de Jesús. Pero no aceptamos que exista una centralidad masculina y que eso se universalice. Aceptar un análisis de género supone cuestionar esta centralidad masculina. A la Iglesia también le gusta la sumisión y nosotras la cuestionamos. Para que se den cambios profundos es necesaria la unión del hombre y de la mujer'.

La teóloga brasileña Ivonne Gebara, por su parte, afirma: 'La Iglesia ha empezado a pedir perdón, es significativo, pero falta el perdón concreto, en el presente, pedir perdón a Galileo es algo simbólico. La Iglesia católica institucional no sólo tiene que pedir perdón, sino que tiene que devolver nuestra tierra: la tierra de la capacidad femenina, la tierra de la capacidad de pensar, la tierra de la capacidad de poder, la tierra de expresar la experiencia sagrada, la tierra de hablar de Dios desde su propia historia.'

El Papa dulce, Juan Pablo I, que pudo afirmar que 'Dios es mujer', no tuvo tiempo para desarrollar su teoría. ¿Lo tendrá el sucesor de Benedicto XVI?