Publicado: 30.01.2014 07:00 |Actualizado: 30.01.2014 07:00

Derrocar a Queipo de Llano fue misión imposible tanto en la historia real como en la ficción

Ocho hombres fueron fusilados tras ser descubierta una ingenua conspiración para deponerlo en 1937 sin derramamiento de sangre, según cuenta un libro escrito por Concha Morón, sobrina de uno de ellos

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La coincidente publicación de dos libros sobre sendas conspiraciones para acabar con Queipo de Llano ha puesto de manifiesto el inacabado debate social acerca de la vigencia de la proyección de la imagen de este militar golpista, conocido por su cruel represión y por sus terribles discursos radiofónicos, sobre la Sevilla actual del siglo XXI. Hubo una conspiración real en 1937 que acabó con ocho de sus promotores en el paredón del cementerio sevillano.

Lo cuenta con todo detalle la sobrina de uno de ellos, Concha Morón, en el libro titulado La resistencia en Sevilla. Un intento de derrocar a Queipo (Aconcagua Libros). El complot de ficción fue imaginado por José Luis Castro Lombilla, autor de la original novela El hombre que mató a Queipo de Llano (Autores Premiados) y, pese al título del libro, los conspiradores tampoco consiguen acabar con el que fuera considerado como Virrey de Andalucía.

Concha Morón une a su condición de descendiente de víctimas de franquismo por partida doble -ya que también su abuelo fue fusilado-, la de activa militante del movimiento memorialista, ya que es secretaria de la Asociación Memoria Histórica y Justicia de Andalucía (AMHYJA) y tras varios años de investigación ha culminado la publicación de un libro en el que no sólo da a conocer un hecho hasta ahora desconocido, sino que también aporta el dossier completo de un consejo de guerra en un cd adjunto, que evidencia "la pantomima de aquellos juicios sumarísimos".

¿En qué consistía el plan para deponer a Queipo y restablecer la legalidad institucional republicana en Sevilla? Los dos principales promotores del plan, Miguel Toscano y José Hernández -tío de la autora del libro- lo tenían claro. Contables y compañeros de trabajo de Comercial Pirelli, ambos idearon una estrategia audaz e ingenua que descartaba el derramamiento de sangre, a la que se fueron sumando otras personas. Consistía en disfrazarse de militares y, aprovechando un cambio de guardia en el céntrico cuartel de San Hermenegildo, hacerse con el control del regimiento de Infantería Granada nº 6 que albergaba y, posteriormente, dirigirse a cercano cuartel general de la Gavidia, donde apresarían a Queipo de Llano, general jefe de la división, al que persuadirían u obligarían -todo ello sin pegar un tiro- a convocar a los jefes de las distintas unidades y a ordenar la libertad inmediata de los militares detenidos por su lealtad a la República.

Los jefes golpistas serían detenidos y desactivados conforme fueran llegando al estado mayor de la división, convocados por un Queipo secuestrado por los conjurados.

Pero si el plan parece ingenuo, no menos cuestionable es la forma en que se desarrolla el complot, ya que fueron dos bares sevillanos -La Marina y Gran Vía- el marco donde se captaban los adeptos a la conspiración. Si embargo, pese a la poca discreción con que actuaban los conspiradores, no fue esta la causa por la que fueron descubiertos en una ciudad donde la delación para ganar méritos ante los golpistas estaba a la orden del día.

Mujeres enlutadas taconeando meses atrás como protesta sobre una réplica de la lápida en la puerta de la basílica de la Macarena.

Ni los delatores que tanto abundaban entonces ni los espías de Queipo descubrieron el complot. Fueron los celos de la esposa de José Hernández de la que este se acaba de separar en marzo del 37 los que, a la postre, desencadenarían la caída de los conspiradores, ya que esta contrató los servicios de un detective privado para que averiguara si su marido se veía con otra mujer y, a falta de evidencias de infidelidad, acabó topándose con el complot, del que dio cuenta a la policía.

Una rápida redada policial acabó con la detención de trece hombres -jóvenes en su mayoría- que en el tórrido agosto sevillano fueron sometidos a un juicio de guerra sumarísimo, acusados de rebelión militar "en un paripé de proceso judicial sin las más mínimas garantías", comenta Concha Morón, recordando el "ambiente irrespirable de aquella Sevilla marcada por un clima de terror y delaciones". La justicia de Queipo fue implacable con los ingenuos conspiradores y, pese a que el incruento plan no pasó de una fase embrionaria de tentativa, el tribunal determinó la pena de muerte para diez de los encausados, mientras que los otros tres fueron absueltos. Dos de las penas capitales fueron conmutadas por cadena perpetua y los condenados tuvieron que esperar varios meses hasta que el 25 de enero de 1938 Franco dio el visto bueno a la ejecución de la sentencia.

Concha Morón reconoce que se ha emocionado mucho durante la investigación de la causa y que ha recreado en su imaginación los preparativos del complot y el sufrimiento de los procesados. "He paseado por los lugares donde se veían, donde se reunían, infinidad de veces en estos años, y esa emoción la he compartido con los descendientes de las víctimas con quienes me he reunido, pero lo que más me conmovió fue imaginar el momento en que a las 3 de la mañana del 29 de enero los despertaron en la celda para leerles la ejecución de la sentencia, hora y media antes de ser fusilados ante el paredón del cementerio".

Los nombres de aquellos ocho fusilados cuyos restos se mezclan con los de más de 3.600 represaliados en la gran fosa común del cementerio de Sevilla son: Miguel Toscano, José Hernández, Ángel Copado, Rafael Herrera, Benigno García, Manuel Álvarez, Manuel Elena y José Paz. Los que vieron conmutada la pena capital fueron Gonzalo Alcauza y José Gabriel Pérez.

Una conspiración fallida cuyo objetivo era el entonces todopoderoso Queipo, un complot ingenuo, desarrollado un año después del golpe militar del 18 de julio del 36 y fraguado en sitios tan concurridos y poco discretos como los bares sevillanos. Estas características son elementos comunes entre la realidad histórica antes reseñada y la ficción novelada por José Luis Castro Lombilla en El hombre que mató a Queipo de Llano.

Se trata de una obra original que consta de tres partes que se entrecruzan: las dudas y titubeos del autor sobre el personaje, el relato en sí de tres antihéroes que conspiran para matar a Queipo y el contexto histórico exacto en clave satírica contado por una mosca pegada al general. Lombilla trata de "ajustarle las cuentas a Queipo en la ficción por la vía incruenta de la sátira y del humor" y reconoce que se inspira en el delirante relato escrito por Max Aub en 1960 La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco, donde un camarero mexicano, harto de escuchar las quejas de los españoles exiliados, decide viajar a España para matar al dictador.

Los tres conspiradores imaginados por Lombilla se asemejan mucho a los hermanos Marx y no quieren limitarse a derrocar a Queipo, sino matarlo, pero al final no son capaces de hacerlo y su ingenua conspiración de barra de bar se diluye, convirtiendo en equívoco al sugerente título de la novela.

El general golpista acabó falleciendo en 1951 de muerte natural en el cortijo que el Ayuntamiento sevillano le había regalado "por suscripción popular", pero su larga sombra se sigue proyectando por doquier sobre la ciudad desde donde dirigió la cruel represión contra los andaluces (50.000 fusilados enterrados en más de 600 fosas comunes), siendo su enterramiento preferente en la basílica de la Macarena tan sólo la evidencia más llamativa.

"No sólo él está enterrado allí a los pies de la Macarena como gran genocida, sino que también tiene al lado a Francisco Bohórquez Vecina, a la sazón hermano mayor de la cofradía después del golpe militar, que como auditor de guerra firmaba todas las condenas a muerte, como la de mi tío y sus compañeros", se lamenta Concha Morón, esperando que algún día la Iglesia se replantee esta circunstancia.

Finalmente, José Luis Castro Lombilla, sin pretender frivolizar, recurre a una comparación médico-humorística para apostillar esta cuestión: "Queipo ha sido una hemorroide para Sevilla que, de momento, sigue ahí hasta que se logre extirpar, ya necrosada. Es decir, un cuerpo muerto que sigue produciendo no lo que generó en vida, sangre y dolor, aunque sí dolor y humillación para sus víctimas por lo que supone que una persona que hizo lo que hizo siga manteniendo los honores que tuvo en vida".