Publicado: 09.07.2009 08:00 |Actualizado: 09.07.2009 08:00

El día que Barcelona se rindió a Valentino

En 1957, Pérez Francés ganó tras una escapada de 223 kilómetros

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Aún disfruta con la comparación. Otro quizá se hubiera ruborizado. Pero él, con 63 años "muy bien llevados", sigue defendiendo su apodo. A José Pérez Francés le llamaban Rodolfo Valentino. Él sonríe. "Estaba bien tirado", bromea este cántabro al que adoptó el barrio barcelonés del Poble Sec. Pérez Francés sigue siendo un hombre de carácter. Fue un ciclista de genio. De los que sólo necesitaban un buen día de piernas para buscar una gesta que no cayera en el olvido. Lo encontró una jornada de julio de 1965, cuando en el Tour los mayores aparecían por las ciudades sólo 24 horas antes de que las promesas reivindicasen su futuro en el Tour del Porvenir.

Aquel viernes, Barcelona se puso guapa para recibir a la ronda. Las Ramblas repletas de flores. La Diagonal, siempre sobria, como la ideó Ildefonso Cerdá, era un murmullo de expectación ante la segunda llegada de la carrera francesa a la Ciudad Condal. En la primera, un viernes, 12 de julio de 1957, según marcaba la agenda, René Privat se impuso en Montjuïc ante Anquetil. Tras aquella cronoescalada, dos días después, Alex Virot, la primera gran voz radiofónica del Tour, soltó una sentencia que no pudo cumplir. "Ya nos podemos ir a París. Anquetil tiene sentenciado el Tour". Fue su última frase en antena. La moto que conducía Roger Wagner, su piloto de confianza, se precipitó al río Ter, cerca de Ripoll. Virot se fracturó el cráneo contra un peñasco. Wagner falleció en la ambulancia.

Anquetil homenajeó a Virot con su primer triunfo en los Campos Elíseos. "Era muy grande", dice Pérez Francés del mítico Jacques. Sin embargo, su preferido, aquel 12 de julio de 1957, cuando Pérez Francés aún se movía por la pasión de los aficionados, era Bernardo Ruiz. Para reivindicar aquella injusticia, Rodolfo Valentino lanzó uno de esos ataques románticos, ocho años después, en Ax les Thermes, a 223 kilómetros de Barcelona. A ese coqueteo con la épica se apuntó Julio Jiménez. "Pero llegó un momento en el que me dijo: Sigue tú, que yo no puedo seguirte", recuerda. Cada kilómetro en soledad emocionaba aún más la voz que salía de la radio de galena del bar que la familia Pérez Francés tenía en el Poble Sec. Allí, su mujer, su madre y su cuñado despachaban a los clientes de siempre hasta que aquella voz recordó a Virot con su afirmación. "Pérez Francés va a ganar en Barcelona". La frase ensordeció el local. Se echó al cierre y la familia se apresuró hasta el lugar acordado del Parallel. "Sólo me preocupaba del empedrado y de las vías del tren. No vi ni a mi madre", asegura.

Esa misma radio comenzó a concentrar políticos en la tribuna de autoridades. Por allí se dejaron caer Juan Antonio Samaranch, delegado catalán de Deportes, y su jefe José Antonio Elosa, el Lissavetzky de la época. Pérez Francés no dejó de dar pedales hasta diez metros más allá de la meta. "La victoria en Barcelona me compensó más que el podio en el Parque de los Príncipes". Acabó tercero en París y las crónicas de la época hablan de él como una especie de Valverde. Esprintaba, subía, bajaba, iba bien por el llano, pero este Valentino nunca supo enamorar a las grandes vueltas. Por las mismas calles de Barcelona que hoy tomarán Contador, Armstrong y compañía, Pérez Francés conducía un 600 con el motor trucado. "Corría más que con la bici", sonríe.