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"Nos dijo a gritos que todos moriríamos"

Los supervivientes de Utoya relatan que el asesino les dio caza hasta el último momento.

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El drama humano recorrecada uno de los relatos de los jóvenes que sobrevivieron a la matanza de la isla de Utoya, un lugar idílico hasta la fatídica tarde del viernes.

Historias de jóvenes que se hicieron pasar por muertos para evitar que el supuesto asesino, Anders Behring Breivik, les disparara o de otros tantos que recorrieron desesperadamente, por un escarpado bosque, el kilómetro que separaba el campamento de la orilla de la isla, donde saltaron a las aguas del fiordo y trataron de llegar a nado a la costa más cercana, escapando del paisaje dantesco que dejaban atrás.

Algunos jóvenes se hicieron pasar por muertos para evitar recibir un disparo

'Vi a un policía de pie con tapones en los oídos, que nos dijo: Quiero reunirlos a todos'. Luego corrió y comenzó a disparar contra la gente. Nosotros corrimos hacia la orilla y comenzamos a nadar', relató a medios noruegos Hana, una chica de 16 años.

'Acercaos, tengo información importante, no hay nada que temer', dijo el atacante antes de abrir fuego, según contó Elise, de 15 años. 'La gente corría como loca por todas partes. Él disparaba y disparaba, primero a los que estaban en la reunión y luego a los que se escapaban nadando', explicó esta muchacha, que se escondió tras una roca en la que se apoyaba el asesino.

Escenas de terror que duraron una hora y media, el tiempo que tardó la Policía en llegar a la isla, mientras que los adolescentes narraban a través de Twitter o en voz baja por el móvil la tragedia. Noventa minutos en los que el asesino no dejó de dar caza a los jóvenes, unos 560 de entre 14 y 22 años, que participaban en un campamento de las juventudes socialdemócratas.

El asesino tiroteó a las personas que trataban de huir a nado de la isla

'Nos dijo a gritos que todos moriríamos, se le veía muy seguro, tranquilo y bajo control. Sabía lo que estaba haciendo', relató Adrian Pracon, de 21 años: 'La gente caía muerta frente a mí. Corrí por el campamento y vi al hombre armado. Dos personas empezaron a hablarle y dos segundos después estaban muertas. Llevaba un uniforme negro con bordes rojos. Parecía nazi, con un uniforme que parecía de policía. Me tendí al suelo y me hice el muerto. Me apuntó pero no me disparó. Sentí su aliento y escuché sus pasos'.

Los jóvenes coinciden en señalar la frialdad del asesino, que remataba sin compasión a las víctimas. 'Pude ver como disparaba a personas con una pistola y cuando estaban en el suelo, sacaba una escopeta y las remataba con un tiro en la cabeza', señaló Dana Berzingi, de 21 años.

Otros adolescentes aseguran que el criminal no actuó solo. 'Estoy convencido de que escuché disparos desde dos direcciones y luego vi a otra persona de 1,80 metros de altura', dijo un testigo.

Los disparos también alertaron a los residentes de los alrededores de la isla, muchos de los cuales arriesgaron sus vidas para auxiliar a los chicos. Como Lise Berit Aronsen y Ole Haugen, una pareja que vivía cerca del campamento y no dudó en coger su pequeño barco para ver qué sucedía.

'Cuando llegamos ya estaba la Policía. Recogimos a cuatro chicos que estaban en el agua y otros 12 que se habían escondido en unas cuevas. No paraban de gritar pidiendo ayuda, se les veía muy débiles y no se fiaban de venir con nosotros hasta que les dijimos que el asesino había sido detenido' , explicó la pareja.

'Vi gente saltar al agua, unas 50 personas nadando hacia la costa. Lloraban, temblaban, estaban aterrorizados', contó Anita Lien, de 42 años y que vive a sólo unos cientos de metros de la pequeña isla.

Tras ser atacados por un supuesto policía, los jóvenes no sabían en quién confiar. 'Vi algunos botes, pero no estaba seguro de que pudiese confiar en ellos. No sabía en quién confiar', recordó Jorgen Benone, otro supervivientes. 'Era el caos total. Creo que varios perdieron la vida mientras intentaban llegar a tierra', agregó.

Utoya, a 40 kilómetros de Oslo, un lugar idílico ha quedado marcado. El primer ministro Jens Stoltenberg lo resumió ayer: 'Un paraíso adolescente ha sido transformado en un infierno'.