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El dolor "no purifica" y sigue tratándose con fármacos del siglo XIX

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La erradicación del dolor requiere de más fondos para financiar líneas de investigación específicas sobre una más de las modalidades sensoriales de los seres vivos, "que no purifica" a quien lo sufre, y que aún se trata con fármacos diseñados en el siglo XIX y que provocan efectos secundarios.

Así se han expresado hoy en Oviedo el bioquímico estadounidense David Julius y el genetista israelí Baruch Minke que recibirán el próximo viernes, junto a la también norteamericana Linda Watkins, el premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2010 por abrir nuevas vías en el tratamiento del dolor.

Ambos han coincidido en que los opiáceos y analgésicos que siguen utilizándose se diseñaron hace más de un siglo y, además de tener efectos secundarios, no siempre son eficaces para el tratamiento de los distintos tipos de dolor -"hay muchos, como hay muchos tipos de cáncer"- y no fueron diseñados sobre bases científicas.

Según Minke, resulta "muy complejo" abordar una cuestión situada "en la frontera entre el cuerpo y la mente" y que se ha demostrado que, en determinadas circunstancias, puede ser ignorado "por completo" por el sistema nervioso de forma que, hasta que no se logre entender "cómo funciona" el cerebro, será imposible eliminarlo de forma absoluta.

Para estos dos científicos, el dolor cumple una función esencial de protección del organismo, pero experimentarlo, han subrayado, "no contribuye en ningún caso a que una persona sea mejor" ni tiene "ningún valor purificador".

A juicio de Julius, el dolor es un trastorno que "merece su estudio" y es necesario desarrollar líneas de investigación específicas y no necesariamente vinculadas al hecho de que sea consecuencia de padecer una determinada enfermedad.

"Hasta hace poco no se consideraba como una entidad patológica con derecho propio sino como un síntoma, de ahí que no haya programas específicos dedicados al dolor, algo sorprendente dada la magnitud del problema en términos económicos y sociales", ha apuntado Minke.

Para el investigador israelí, si los autoridades sanitarias dedicaran a la investigación del dolor "una fracción" de lo que se dedica al conocimiento del cáncer "se lograrían milagros".

En este sentido, se han mostrado esperanzados con las líneas abiertas por grupos de jóvenes científicos en la última década que trabajan en el desarrollo de nuevas 'dianas' que permitan a la industria farmacológica diseñar medicamentos "más eficaces".

Aunque han subrayado que su tarea se centra en la investigación básica y no en su aplicación clínica a los pacientes, a la hora de pronunciarse sobre cuestiones como el tratamiento que deben recibir los enfermos terminales Minke ha apuntado que sus trabajos deberían permitir que el dolor dejara de ser "una variable de la ecuación para determinar si poner fin a la vida de alguien o no".

En cuanto a la existencia de umbrales del dolor diferentes en cada ser humano, Julius ha apuntado que es verdad "hasta cierto punto" y que, al igual que el resto de los sentidos como la vista, el tacto o el olfato, es "una combinación de factores fisiológicos y psicológicos" y se experimenta "como consecuencia de una interpretación de algo que ocurre en el cerebro".

Según el bioquímico estadounidense, investigaciones realizadas sobre distintas cepas de ratones han constatado que las diferencias genéticas determinan una mayor o menor resistencia, pero ha apuntado que en el caso de los seres humanos no existen todavía análisis lo suficiente desarrollados como para afirmarlo con rotundidad.