Publicado: 14.02.2009 08:00 |Actualizado: 14.02.2009 08:00

Don Vicente, el monstruo de los Balcanes

El nazi croata Maks Luburic encontró asilo en Valencia, donde fue asesinado

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El aroma inconfundible de los naranjos se extiende por toda la ribera del Júcar. La primavera ya se deja notar, y algunos vecinos de Carcaixent (Valencia) aprovechan para pasar el día en la playa. Es mediodía y en la calle de Santa Ana, número 33, un extraño ermitaño llamado Vjekoslav Luburic se sirve un café... cuando de pronto alguien le golpea con una barra de hierro en la nuca. Es Ilya Stanic, su ayudante, quien le clava un puñal siete veces hasta que muere. Después, arrastra el cadáver a la habitación y lo empuja debajo de la cama. "Como si nada hubiera pasado, limpia la sangre, se lava las manos, echa una ojeada al frigorífico y prepara el almuerzo. Luego abandona la casa y desaparece para siempre", describe la crónica negra publicada en el Levante del 25 de abril de 1969, cinco días después de los hechos.

Hasta el momento de su muerte, Maks Luburic vivió oculto en España durante más de 40 años bajo la protección del franquismo. Nacido en 1914 en Ljubuski, en la actual Bosnia Herzegovina, su historia es digna de Hollywood: en 1931 se enroló en el movimiento Ustase, organización fascista que defendía la supremacía étnica del pueblo croata. Cuando el político y militar Ante Pavelic formó en 1941 el Estado Independiente deCroacia reino que sirvió a los intereses del Eje durante sus cinco años de existencia Luburic fue nombrado general.

Tras declarar el partido único, la Ustase comenzó hostilidades contra la resistencia yugoslava comandada por Tito. Luburic comandó el campo de concentración de Jasenovac, uno de los más crueles que hayan existido, calificado por el general nazi Von Horsteneatu como el "epítome del horror".

Digno del infierno de Dante, en él murieron al menos 150.000 personas, la mayoría serbios. Luburic se ganó los calificativos de "sádico extremo" y "enfermo mental" por sus atrocidades. Un ejemplo: los guardias llegaron a establecer un concurso consistente en matar al mayor número de prisioneros mediante un único corte de cuchillo en el cuello.

Pero la guerra terminó, los partisanos se hicieron con los Balcanes y muchos Ustase fueron juzgados y condenados a muerte. No todos: algunos escaparon, protegidos por la Iglesia. Luburic llegó a España, disfrazado de franciscano, y se estableció en Benigànim, Valencia. Se casó, tuvo cuatro hijos y montó una granja. El matrimonio fracasó y el general probó suerte en Carcaixent. Allí montó una imprenta, en la que editaba libros y revistas para los exiliados de la Ustase.

El régimen de Franco le dio documentación falsa y un nuevo nombre: Vicente Pérez García. No pasó desapercibido. "Le llamaban don Vicente, o el general polaco, porque la gente sabía que era extranjero, pero no de dónde. Lo vendieron como un militar que había luchado contra los comunistas y los guardias civiles lo respetaban. Tenía buena relación con las altas esferas, como el general Agustín Muñoz Grandes, ex División Azul. Todo el mundo sabía que estaba protegido", explica Francesc Bayarri, periodista valenciano que, tras una ardua investigación recogida en el libro Cita en Sarajevo (Montesinos), encontró al asesino, huido de la justicia durante décadas.

Tras cometer el crimen, Stanic huyó en taxi a Valencia y alquiló un coche hasta Barcelona, donde se le perdió la pista. La Interpol lo situó en Australia en 1975, pero los jueces dieron carpetazo al asunto. La pista era falsa. "Stanic cuya historia se recogerá en un documental regresó a Yugoslavia, donde vivió desde entonces. Allí le encontré", explica Bayarri.

¿Era Stanic el Ramón Mercader de los Balcanes? Esa fue la versión que difundió el franquismo. "La prensa insistió en que era un espía comunista enviado por Tito, mientras Luburic era presentado como un patriota y gran católico", resalta Bayarri, que apuesta más por el móvil pasional para explicar el homicidio. Cuando encontró a Stanic, el delito ya había prescrito: "Me aseguró que el crimen se debía a un ajuste de cuentas entre los exiliados croatas". Pero, a pesar del testimonio, el terrible crimen sigue siendo una incógnita.