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Ecuador vota en calma la Constitución socialista

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Ecuador acudía el domingo a las urnas para pronunciarse sobre la nueva Carta Magna que impulsa el presidente Rafael Correa, a quien los últimos sondeos dan ventaja para aprobar un texto que busca acelerar sus reformas socialistas en la volátil nación andina.

Desde los remotos pueblos indígenas de la Amazonía hasta las exóticas Islas Galápagos, casi 10 millones de ecuatorianos están llamados a votar en un referendo que podría marcar un histórico giro a la izquierda, al que se oponen la Iglesia Católica, gremios empresariales y la debilitada oposición.

De confirmarse las encuestas, el carismático gobernante afianzaría su estabilidad al frente del pequeño país de 14 millones de habitantes, que ha visto caer a tres presidentes en la última década en medio de violentas protestas populares.

"La decisión que tome hoy el pueblo ecuatoriano decidirá el modelo de sociedad en el que viviremos en adelante", dijo Correa en el inicio de una asoleada jornada electoral que pone fin a una maratoniana campaña marcada por el duro choque verbal y mediático con sus críticos, pero sin episodios de violencia.

La nueva Constitución otorga al Estado un mayor control sobre sectores económicos estratégicos y amplía la influencia del mandatario sobre las instituciones, las cortes y el Ejército.

Aupado por las esperanzas de cambio de un país que tiene "terror al pasado", su discurso ha levantado grandes expectativas en un país desencantado por años de "corrupta partidocracia" que los dejó sumidos en la pobreza.

Además, promete mayor participación de los ciudadanos en la toma de decisiones, promueve incrementos en las partidas sociales en educación y salud, y abriría la puerta a la reelección del mandatario por dos nuevos períodos.

"La nueva Constitución da alternativas para todos. Yo voté por la esperanza", dijo José Chica, veterinario de 47 años, quien votó en una humilde barriada del norte de Quito, donde indígenas y mestizos hacían filas en los centros de votación.

ESPERANZAS Y MIEDOS

Tras 20 meses en el poder, el presidente de 45 años conserva elevados niveles de popularidad, sobre todo entre la mayoría pobre del país a la que ha destinado multimillonarios proyectos sociales financiados con la renta petrolera, un factor que analistas consideran clave en los comicios del domingo.

Sin embargo, los oponentes de este ex profesor universitario formado en Estados Unidos y Europa advierten que el texto otorga atribuciones excesivas a un líder que consideran "dictatorial" y al que acusan de seguir los pasos radicales de su aliado venezolano, Hugo Chávez.

"Tengo miedo de que pase lo mismo que en Venezuela, más pobreza y más desempleo. Se va a ver muchas cosas malas como el aborto y el matrimonio de homosexuales", dijo Teresa Pin, de 25 años, quien votará "un No rotundo" pese a que trabaja en uno de los programas sociales del Gobierno en Guayaquil.

La dispersa oposición podría lograr una simbólica victoria en la ciudad porteña de Guayaquil, su fortín electoral, desde la que promete resistir el "socialismo autoritario" de Correa.

Sin embargo, expertos descartan que se pueda producir un episodio similar al de Bolivia, donde la oposición trata de evitar las reformas constitucionales socialistas que promueve el líder indígena Evo Morales, exigiendo la autonomía de las ricas regiones donde gobiernan.

"Eso (una crisis boliviana) es una ridiculez seguramente inventada por el presidente Chávez. Sólo un ignorante puede confundir autonomía con separatismo", dijo tras votar el popular alcalde Jaime Nebot, principal voz de la oposición.

Correa podría ser el primero de los socialistas del siglo XXI que logre modificar la Carta Mgna, después de que el venezolano fracasara en un referendo en 2007 y mientras Morales sigue trabado en una batalla política para aprobar una Constitución que da más poder a la mayoría indígena.

Pese a su sintonía política con Caracas y La Paz, expertos lo ven como un socialista más moderado que ha alejado la posibilidad de nacionalizar los recursos naturales del país y que exhibe una crítica pragmática hacia Washington.

/Por Alexandra Valencia y Enrique Andrés Pretel/