Público
Público

¡Es la educación, estúpidos!

Las razones del pacto antiterrorista son válidas para un consenso educativo

Publicidad
Media: 0
Votos: 0

El demoledor '¡Es la economía, estúpidos!' con que Bill Clinton tumbó en la lona electoral a George Bush padre en los años noventa experimenta un revival político al abrigo de la recesión económica mundial y, sin embargo, a pesar de las apariencias, está más caduco que nunca. No es la economía. ¡Es la educación, estúpidos! Hoy, más que nunca, la vigencia corresponde a las tres prioridades con las que Tony Blair lideró la entrada de Inglaterra en el siglo XXI: educación, educación y educación.

Si se acepta la premisa de que la educación es la médula de la democracia y la mejor política social en tiempos de crisis, como sostiene el ministro Ángel Gabilondo, el educativo es el pacto de Estado más necesario e inaplazable, el que debiera concitar sin más dilaciones el acuerdo entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. Para lograrlo, bastaría con que aplicaran la misma altura de miras que los ha llevado a actuar, finalmente, de forma responsable para con las generaciones futuras sumando fuerzas contra el terrorismo.

Una tasa de abandono escolar superior al 30% como la que se registra en España es una bomba de relojería colocada en los cimientos del presente y el futuro del país, un artefacto explosivo cebado por los miles de jóvenes que abandonaron prematuramente su ciclo de formación al sucumbir a los cantos de sirena del dinero rápido que manaba del boom del ladrillo y los servicios.

La crisis los ha expulsado abruptamente del mercado laboral y las rigideces del modelo dificultan notablemente su reinserción educativa, alimentando el río del malestar social que en democracia siempre acaba en la abstención o en la extrema derecha y los partidos de corte populista. Es el mismo océano donde desemboca la frustración de treintañeros a los que se ha inculcado una escala de valores que los hace sentir fracasados si a esa edad no han alcanzado el éxito profesional.

El modelo educativo no deja de ser un reflejo del modelo social y, según las estadísticas, España es el país de la Unión Europea donde los profesores dedican más tiempo a hacer callar a sus alumnos antes de poder empezar las clases. El esquema basado en que uno habla y los demás escuchan pertenece al pasado, muy lejano socialmente y políticamente periclitado.

Zapatero ha sabido percibirlo con tino al impulsar en el PSOE un cambio en el procedimiento para confeccionar sus programas electorales, con la creación de un registro de asociaciones y colectivos que quieran involucrarse en su elaboración.

Más allá de la búsqueda pragmática de complicidades electorales, la idea responde al sentido democrático de que los compromisos programáticos de los partidos deben acomodarse a las demandas sociales, en vez de constreñir estas a las percepciones y criterios de un núcleo reducido de expertos, por muchos que sean.

Y, sin embargo, la educación sigue siendo, después de 19 años de gobiernos socialistas si se suman los de Zapatero con los de Felipe González el gran fracaso del PSOE. Los socialdemócratas, y no sólo los españoles, se han dejado robar las palabras por la derecha. Es así cuando su exponente más carismático, el francés Nicolas Sarkozy, e incluso el menos carismático, el español Mariano Rajoy, hacen bandera del 'esfuerzo' y el 'mérito', siendo incuestionable que si alguien conoce su significado profundo son los de la manteca colorá, los que han tenido que subir la escalera peldaño a peldaño, desde el rellano.

España ha dado un salto histórico en los últimos treinta años al pasar de 200.000 universitarios a 1,5 millones, un excedente económico que la derecha quiere aprovechar subrepticiamente para volver a los tiempos en que la Universidad estaba reservada a quienes la podían pagar y que la izquierda debe aprovechar para reivindicar el valor del talento y el esfuerzo. Pero ha de hacerlo sin incurrir en dogmatismos, sabiendo que el conocimiento no sólo está en la Universidad sino también en la Formación Profesional, esa que durante décadas ha sido el vagón de refugio para los menos dotados o los más perezosos y que hoy es el eslabón que mejor permite conectar el conocimiento con el crecimiento económico.

La tan traída y llevada productividad, a la que se quieren atribuir poderes taumatúrgicos, no es sólo de los trabajadores sino, sobre todo, de los puestos de trabajo, por más que la derecha quiera confundir ambos conceptos de la misma forma y con la misma intencionalidad con la que utiliza como sinónimos sociedad lo público y mercado lo privado.

Los políticos, sea cual sea su adscripción ideológica, están obligados a pensar más en las próximas generaciones y menos en las próximas elecciones. Tienen la obligación moral y la responsabilidad social de dejar de utilizar la educación como un arma arrojadiza, poniendo fin a la tentación secular de todo ministro de Educación a hacer una nueva ley que revoque la de su antecesor para inscribir su apellido en letras de molde.

El de la educación ha de ser un pacto político y social, que implique al menos a los dos grandes partidos que se alternan en el Gobierno; las Comunidades Autónomas, que tienen transferidas la mayoría de las competencias; los agentes del modelo educativo educadores, estudiantes, sindicatos... y los ministerios, que siguen tratando la educación como la maría de la inversión pública. La fragmentación parlamentaria que obliga a la negociación continua de acuerdos debiera ser aprovechada como la gran oportunidad para el pacto pendiente.