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Egipto: los débiles son los poderosos

Platon, que durante 20 años ha fotografiado a los hombres más poderosos del planeta, viajó a Egipto para retratar a los héroes anónimos que arriesgaron su vida para cambiar la historia de su país

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A lo largo de 20 años, Platon Antoniou ha retratado a los jefes de gobierno más poderosos del planeta. Durante sólo unos minutos, Putin, Obama, Berlusconi, Gadafi, Chávez o Clinton quedaban a merced de su objetivo. En medio no había un atril con el escudo del Departamento de Estado, ni un cordón de seguridad, ni un discurso de palabras huecas. Miraban a cámara, desarmados, desprotegidos, casi vulnerables, mientras Platon esperaba la aparición de ese 'instante mágico' para hacer clic, para capturar a la persona en el interior del gobernante. Eso o lo que quedaba de ella.

'Era un sprint. Trabajaba con el poco tiempo que me daban. Es comprensible: si Putin entra en la habitación, yo no soy su prioridad, tiene muchas cosas de las que preocuparse antes que de una sesión de fotos. Son pocos segundos, pero, si observas atentamente, si estás concentrado en cada mínimo detalle, tres minutos pueden ser como tres horas. Hay mucha magia ocurriendo y tan sólo tienes que observar. Más que una sesión de fotos, es un evento. Mi trabajo es estimular y registrar la magia de alguien. No puedo explicar cómo pasa, pero pasa', explica Platon a Público desde su estudio en Nueva York.

Cuando la organización Human Rights Watch le invitó a viajar a Egipto para fotografiar a activistas y testigos de la Primavera Árabe, la sensación no era muy distinta. Platon, que había retratado a Vladimir Putin en la portada de la revista Time después de romper el hielo con el mandatario ruso hablando de los Beatles, no era la prioridad de esos desconocidos ciudadanos egipcios: estaban haciendo una revolución para cambiar su país.

'Tras años fotografiando a los poderosos, ahora giro hacia los que sufren la violencia del poder'

'Tras tantos años fotografiando a los poderosos, he decidido girar el foco hacia los que sufren la violencia del poder. Es la gente más valerosa que he conocido en mi vida. No eran ricos, ni famosos, ni poderosos, eran gente normal que arriesgó su vida y la de sus familias para cambiar su país y cambiar el mundo', explica Platon, que considera que la fotografía es sólo el 3% de su trabajo. 'Siento que mi trabajo es curar la amnesia de la sociedad. No estoy tan interesado en la estética, sino en el contenido, en acercarme a la persona que fotografío. Que mi trabajo inspire a la gente para ser mejores personas'.

¿Cómo se fotografía una revolución? Platon pensó en el fotoperiodista que cámara en mano se pone a tiro del peligro para encerrar en un negativo un lapso de violencia del hecho revolucionario: los de abajo quieren cambiar lo que los de arriba no han podido o no han querido. Pero lo suyo era otra cosa. Platon buscaba, en el corazón de la fractura, la magia de las personas. Decidió que la magia estaba en la misma plaza de Tahrir de El Cairo, la plaza de la liberación, lugar de concentración y protesta de cientos de miles de egipcios, por lo que montó su estudio fotográfico allí mismo, junto al resto de tiendas de los manifestantes.

Una imagen curiosa: un fotógrafo de padre griego, madre británica y procedente de Nueva York, junto a su equipo de 15 personas, levantaba un tinglado de luces, flashes, decorados, baterías y grúas en mitad del polvorín de la protesta. 'La idea de Human Rights Watch era fotografiar a las personas que tuvieron un papel relevante en la revolución. Pero yo elaboré mi propio plan, porque también quería capturar el ánimo de la comunidad, de la sociedad. Y la única forma de conseguir eso era instalando mi estudio en la plaza Tahrir. Con cerca de un millón de personas en la plaza, invitamos a toda la gente de la revolución: cristianos, musulmanes, familias, niños, abuelos... Les pedíamos que se pusieran delante de mi cámara y allí buscaba la pasión de la revolución', relata el fotógrafo.

Platon pasó miedo, pero al recordarlo, más que en su integridad, hace referencia a la integridad de las fotografías, de la 'magia': 'Estábamos preocupados por las autoridades, porque nos arrestaran, pero finalmente no ocurrió nada. Teníamos planeada una estrategia: si me arrestaban, mi asistente tenía que escapar con los rollos de película. Estábamos listos para el peor escenario, pero nunca ocurrió'.

Una noche, las Fuerzas de Seguridad ordenaron cortar la electricidad de la plaza y de los edificios colindantes. El lugar se sumió en la oscuridad y, cuando se formó un cordón policial alrededor de los manifestantes, el nerviosismo aumentó.

'Intuías que iba a haber problemas, que nada lo impediría. Así que decidí encender las luces de mi estudio de fotografía y continuar tomando fotos. Mi estudio era la única luz en toda la plaza. Apareció un manifestante que estaba desgañitándose y parecía muy agresivo. Vino hacia mí, cogió mi cabeza y, cuando pensé que iba a golpearme, terminó besándome en la frente. Y me dijo: ‘Gracias'. Me querían allí, estaban agradecidos porque estuviera contando su historia', recuerda.

'Es tiempo de mirarnos a nosotros mismos, de empezar a mirar la forma de cambiar el mundo'

Platon contaba con otro estudio, en una habitación de un hotel de la plaza Tahrir. Allí fotografió a algunos de los personajes más destacados de la revuelta egipcia, como Wael Ghonim, el ejecutivo de Google que fue detenido tras crear un perfil en Facebook solidarizándose con una víctima de la brutalidad policial. O Ramy Essam, conocido como El cantante de la revolución, detenido y torturado por el Ejército después de la caída de Mubarak. Platon recuerda su historia: 'Le torturaron con una pistola Taser, electrocutándole. Le dispararon en la espalda tantas veces que su piel terminó quemándose. Vino a la habitación del hotel y, cuando se quitó la camiseta, todo el mundo comenzó a llorar. Fue un momento muy duro, ver aquellas cicatrices. Recuerdo decirle: siento mucho lo que te ha ocurrido, nadie debería hacerle esto a alguien como tú. Y él me dijo: no tengas compasión, porque estoy muy orgulloso de las marcas de mi espalda, son evidencias de que he intentado cambiar mi país'.

La estrategia de Platon para encontrarse con la magia de las personas es siempre la misma, ya tenga delante a Bush o a una madre egipcia que ha perdido a su hijo: 'Me enfrento a ellos de forma neutral y humilde, intentando conectar con ellos. Trato de utilizar mi propia existencia y mi propia vida para compartirla con ellos y con suerte encontrar un territorio común'.

Dice que puedes llevar un menú de trucos para conectar con alguien y eso no te asegurará una buena foto. ¿Qué es, además, una buena foto? 'Sentir a alguien y captarle', responde. Ahora, Platon quiere sentir a los que nadie siente: 'Es tiempo de mirarnos a nosotros mismos, empezar a mirar la forma de cambiar el mundo'. En Egipto ya se ha comprobado que sí, se puede. 

ÓSCAR ABOU-KASSEM

La plaza Tahrir no era ninguna atracción turística en El Cairo antes de la revolución egipcia que acabó el pasado febrero con el régimen de Mubarak. Era más conocida por los habituales atascos que se creaban en su enorme rotonda, un paso casi obligado para los que querían visitar el Museo Egipcio situado a escasos metros de la plaza.
Pero los jóvenes egipcios decidieron, tras amagar varias veces, llevar allí su protesta el día de la fiesta de la Policía. Una festividad nacional que a muchos egipcios, hartos de la corrupción policial y sus malos tratos, les parecía una ofensa. Ese 25 de enero marcó el principio del fin de Mubarak. Los jóvenes, con mucho esfuerzo y varios muertos, se hicieron con el control de la plaza tras la desbandada de los agentes.

Jóvenes como Tarek Shalaby, un activista cairota que decidió plantar la primera tienda de campaña dentro de la rotonda. La llamó Bansiyoun al-Horreya, “Pensión Libertad” en árabe. Otros fueron imitando su ejemplo y acabaron convirtiendo la plaza en algo parecido a un festival revolucionario. “Un Woodstock coránico”, así lo definió el veterano periodista argentino Marcelo Cantelmi. Y es que en Tahrir convivían en armonía los jóvenes laicos egipcios, con los Hermanos Musulmanes y los cristianos coptos. Entre todos controlaban la seguridad en los accesos, el reparto de comidas, la limpieza y la atención médica.

La sensación de libertad que se instaló en la rotonda y en sus aledaños supuso toda una novedad para muchos egipcios. El acoso que sufren muchas mujeres en los transportes públicos o en sus puestos de trabajo había desaparecido. “La diferencia es que ahora la gente está en un espacio de libertad en el cual se pueden comportar tal y como son y por eso nos respetan”, explicaba Rowan Elshimi, una  activista egipcia de 23 años.Pero no todo fue paz y amor en Tahrir. Un Mubarak desesperado mandó a sus matones para acabar con la pacífica protesta en la plaza. Los revolucionarios aguantaron piedras, francotiradores e incluso una carga de caballos y camellos mientras el Ejército mantenía una neutralidad que resultaba cómplice con los agresores. Todo resulto inútil. Habían tomado conciencia de grupo con una voluntad inquebrantable. El 11 de febrero cayó el dictador, todos recordarán dónde estaban ese día.