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El Ejército se vende con juegos de guerra

Los pacifistas denuncian la presencia de las Fuerzas Armadas en Juvenalia

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'¡Tenía tanto que darte, tantas cosas que contarte!'. Unos niños cantan a gritos el estribillo del último éxito de Nena Daconte en un karaoke. En concreto, el karaoke del estand que las Fuerzas Armadas tienen en Juvenalia, la feria del ocio infantil y juvenil que se celebra desde hace años en Madrid y que se llena de familias los fines de semana.

Con los colores de la bandera española pintadas en sus mejillas, los críos se divierten cantando junto a un carro blindado en el que otros chavales se cuelan llenos de curiosidad. Mientras unos hacen cola para lanzarse en tirolina desde cuatro metros de altura, otros juegan en videoconsolas al Call of Duty, una superproducción bélica que los adentra en la guerra en primera persona.

“Es un parque de atracciones caqui”, denuncia uno de los miembros de la Asamblea Antimilitarista de Madrid, un colectivo que se ha dado cita en el pabellón de Ifema para reclamar “la salida del ejército y de los cuerpos armados” de esta feria pensada para menores. La Policía y la Guardia Civil también tienen su sitio en Juvenalia.

Apenas diez activistas de este grupo pacifista participan en la simbólica acción de denuncia, que tanto padres como hijos acogen con simpatía y escepticismo: una anécdota más en una divertida mañana de anécdotas. Vestidos con monos y máscaras blancas, para protegerse del “virus de lo militar”, despliegan una pancarta junto al espacio que ocupa el Ministerio de Defensa.

En seguida, la seguridad del recinto les invita a abandonar el pabellón, y ellos cumplen obedientes: “No queremos crear problemas, únicamente hacer llegar a los padres nuestra denuncia”. La guerra no es un juego , que es como se denomina esta campaña, llevará sus octavillas a la feria a lo largo de esta semana, aunque son pocos los visitantes que los cogen con verdadero interés.

Donde los antimilitaristas señalan a niños que fingen dirigir cañones y lanzarse en paracaídas, los responsables del Ejército muestran a esos mismos pequeños, ninguno mayor de 12 años, escribiéndole postales personalizadas a los militares destacados en misiones internacionales. “Que pases unas felices fiestas, allá donde estés”, se puede leer en una de las muchas postales manuscritas que ya están apiladas. El coronel Modesto Ruiz Cruz, el militar de mayor graduación de los presentes y Jefe del Servicio de Captación, defiende la presencia de las Fuerzas Armadas en Juvenalia y asegura que no ha llegado a ver la acción de los pacifistas. “Nosotros no tenemos problemas con ellos, cualquier opinión es respetable y debe tener su espacio para la expresión”, asegura.

La presencia de esta versión lúdica del Ejército en los pabellones de Ifema es responsabilidad de la Dirección General de Reclutamiento y Enseñanza Militar, cuyo objetivo es “acercarlo a la sociedad española para facilitarle su conocimiento”. Una presencia que se tuvo que intensificar después de que se eliminara el servicio militar obligatorio, en 2001. Desde entonces, su espacio no ha dejado de crecer.

“Nosotros estamos aquí para entretener a los chavales”, asegura, “y lo hacemos encantados”. Las vocaciones militares escasean y cualquier esfuerzo de su parte es válido si logra obtener su recompensa. “Se trata de sembrar una semilla que pueda ayudarnos a que surjan militares en el futuro”, dice Ruiz. El coronel de aviación ilustra su empeño personal con una anécdota: “Antes, un niño me ha dicho que de mayor quería ser ingeniero y le he recordado que hay todo un cuerpo para ingenieros dentro del Ejército”. “En definitiva –zanja Ruiz–, queremos que los niños vean que somos tan normales como sus padres”.

Aunque estén juntos, existe una competencia evidente: el Ejército del Aire, el de Tierra y la Armada pretenden que los niños se fijen en ellos, y no en los demás, para ingresar en el futuro en su tropa profesional.

Una idea que molesta especialmente al colectivo antimilitarista, la que presenta a las Fuerzas Armadas como “un curro más”. Porque ahora, el Ejército se vende ante los niños con juegos, pero cuando sean mayores lo hará con la golosina de un sueldo fijo que pague la hipoteca.