Publicado: 11.04.2014 10:19 |Actualizado: 11.04.2014 10:19

"La élite económica actual es la misma élite del franquismo"

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El escritor Luis García Montero sitúa en la Granada de 1963 su nueva novela, Alguien dice tu nombre (Alfaguara), una obra de iniciación en el amor y en el compromiso, en la que el autor expresa su preocupación por "la indiferencia" que había entonces, similar a la que muestra ahora una parte de la sociedad española.

"La indiferencia nos convierte en cómplices de la injusticia y del poder. Si en los años sesenta había ilusión en el futuro, ahora tenemos un futuro vacío, no se ven alternativas políticas ni económicas", afirma García Montero (Granada, 1958) en una entrevista con motivo de su nueva novela que presenta esta tarde en la vallecana Librería Muga.

Sitúa al protagonista en una disyuntiva en la que ha de elegir entre amor y compromiso...

Yo intento darle una respuesta coherente y unívoca en la que todo pueda integrarse. Es una pregunta que muchas veces me he planteado y me gusta cada vez más reivindicar un concepto que parece tan trasnochado como es el de vocación. No me hice poeta para escribir endecasílabos perfectos, ni me hice profesor de literatura para poner una nota al pie de página en una edición filológica, yo desde muy joven vi la literatura como un espacio que tenía que ver con la emancipación humana, con la transformación humana.

En esa tesitura, León, el protagonista de esta historia, cuando de pronto se inicia en el amor, en el erotismo y en la vida en la política, llega un momento en el que se pregunta; ¿qué traiciono? En el fondo traicionar una cosa puede suponer traicionar la otra.

¿Hemos pasado de la sociedad atemorizada que reflejas en la novela a una dormida?

En la novela se habla mucho de la indiferencia y el motivo de esa indiferencia en los años sesenta era el miedo, ya que quedaba todavía una memoria muy clara de la Guerra Civil y la gente había aprendido que llevaba las de perder si se enfrentaba al sistema. Por eso, en medio de la indiferencia, hay un homenaje a la gente que no renuncia a la solidaridad y que es también un manera de ver cómo en las épocas más grises por debajo hay una oportunidad para la dignidad de la vida.

Tengo la impresión de que hay mucha gente que prefiere cerrar los ojos o que lo arregla todo con hacer algún comentario en la barra del bar o en el taxi arremetiendo contra los políticos, pero que luego a la hora de la verdad no se compromete para intentar cambiar las cosas. Sería bueno recordarle a los indiferentes de hoy que en épocas mucho más duras había gente con el valor suficiente para dar la cara, y que mucho de lo que después desembocó en el Estado del bienestar que hemos vivido y que estamos perdiendo se debió al sacrificio de la valentía de una gente que salió de la indiferencia en aquellos momentos. Sería menester que hoy nos atreviésemos a tener el coraje cívico suficiente como para salir también de esta indiferencia y hacer que nuestra furia no fuese la furia de la barra del bar, sino que consiguiéramos darle un cauce político a nuestra rebeldía.

¿Qué más tiene que pasar para que la cultura salga a la calle?

Ha ganado la batalla una cultura que tiene que ver con el descrédito, con el pensar que todo está mal, que todas las banderas están manchadas, que todos los políticos son unos sinvergüenzas y que cualquier ilusión va a ser una estafa. Una de las cosas que a mí más me impresionó en algunas novelas que hablaban del nazismo y del Holocausto era comprobar cómo no sólo funcionaba la salvaje crueldad del nazi, sino también la mansedumbre de mucha gente que iba a la cámara de gas obedeciendo.

¿Y qué hacer contra esa mansedumbre generalizada que comentas?

Es muy difícil que haya un pensamiento libre si no hay una información libre. Me gusta mucho repetir esa frase de Antonio Machado que decía que la verdadera libertad no se produce cuando decimos lo que pensamos, sino cuando pensamos lo que decimos. En ese sentido, buena parte de la cultura del descrédito que se ha impuesto se debe a una prensa muy controlada y por eso es tan importante apoyar a la prensa alternativa en este momento. Opino que la realidad se está poniendo tan dura que habrá un momento en que la experiencia de carne y hueso y la precariedad de la gente rompa la realidad virtual que se le ha creado y me da miedo.

¿Augura un escenario violento?

Yo discuto muchas veces con mis hijas sobre el tema de la violencia, y me cuesta mucho trabajo explicarles que no se puede ser violento contra un banquero que está haciendo movimientos de especulación que dejan a su abuelo sin una pensión digna y que les va a dejar sin un puesto de trabajo digno. Hay que estar contra la violencia, no porque me parezcan respetables los banqueros, sino porque no nos podemos perder el respeto a nosotros mismos. Me da miedo que la sociedad se pierda el respeto a sí mismo optando por opciones muy populistas, poco presentables, racistas... Lo que ha pasado en Francia hace que pensar y no solo por la subida de Le Pen, sino por el desprestigio absoluto de la socialdemocracia, que ha reformado el Gobierno llamando a presidirlo al ministro que había maltratado a los gitanos rumanos. Todo eso es muy peligroso y en ese sentido creo que deberíamos esforzarnos por crear una alternativa política digna que no se basara en una falta de respeto a los valores democráticos.

¿Cree en un frente común de la izquierda?

Por supuesto, vivo como un fracaso personal el que no concurramos a las elecciones europeas en un frente amplio. Comparto muchas cosas con la gente de Podemos y con la gente de EQUO y Compromís, sigo en Izquierda Unida porque comparto su programa y porque me gusta seguir apoyando a la fuerza mayoritaria que mantiene la herencia de mi tradición. Pero he sido muy crítico con el hecho de que Izquierda Unida no hiciera unas primarias que permitan un diálogo con Podemos. Me parece que en un momento en el que la derecha con gran impudor está al servicio de la especulación, y con una socialdemocracia que ya ha demostrado que no es alternativa, la gente lo que necesita es una nueva ilusión política. El hecho de que nosotros no seamos capaces de crear una nueva mayoría en un frente amplio lo vivo como una derrota personal, desde luego.

¿Cómo imaginas al protagonista 50 años después? ¿Se mantendrá fiel al compromiso político o, por el contrario, se alineará con ese cinismo endémico de algunos intelectuales?

A mí me gustaría que el personaje no cayera en el cinismo y se mantuviera leal a su sueño. De cualquier forma, no hay nada que me parezca más peligroso que la gente que dice: "Sigo pensando lo mismo que hace 40 años". Ante eso, mi respuesta es: "Pues ha perdido usted 40 años de vida".

La historia cambia y yo no admito que nadie les llame traidores a una gente que le partieron la espalda a palizas y fue incapaz de delatar a ningún compañero. Después respondieron cada cual a su conciencia de acuerdo con lo que creían y tomaron opciones políticas distintas. Yo eso lo respeto porque además en la vejez siguieron soñando y siguieron manteniéndose leales a ese sueño cada cual desde su perspectiva. Me gustaría que León, el protagonismo, no cayera en el cinismo y en el relativismo, en el nada importa, no cayera en olvidar y en reírse de los que una vez tuvieron un sueño, sino que desde su propia conciencia y desde su aprendizaje de la vida quisiesen seguir manteniendo un compromiso con la emancipación.

¿Cree que toda obra de arte debe tener detrás un discurso político?

A mí me parece que sí, porque en realidad la tiene. Yo creo que la creación es inseparable de la conciencia crítica porque es siempre una mirada a la realidad. Hay novelistas a los que admiro mucho como Mario Vargas Llosa que son un ejemplo de compromiso político, Mario es liberal para muchas cosas pero es muy conservador desde el punto de vista económico y mantiene un compromiso político que no es incompatible con la gran literatura que hace. Cualquier creador que mire la realidad tiene una dimensión social inevitable, eso ha sido así porque hemos vivido en España tiempos donde tener interés por la política y por la realidad era cuestión de desprestigio, parecía que estabas poniendo en duda tu compromiso con la literatura.

Tras la muerte de Adolfo Suárez, se han sucedido las semblanzas en las que le sitúan como el verdadero artífice de la Transición, ¿está de acuerdo?

A mí me ha resultado muy irritante el circo mediatico que se ha levantado sobre su muerte. Ha sido una manipulación general de su figura, hubo gente que lo maltrató en vida —empezando por el rey— y que después lo han puesto por las nubes, y gente que lo apuñaló por la espalda entre lo suyos y que ahora hablan de él divinamente, como si fuera un santo. Al rey le costó mucho trabajo aceptar el lugar constitucional de la monarquía y quiso mantener a Suárez como un pelele, cuando éste le recordó que él era el presidente elegido por los españoles el rey intentó cargarselo como fuera y hay datos suficientes como para sospechar que el golpe de Estado del 23F tenía por objetivo quitarse de en medio a Suárez como presidente.