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Cuando los emigrantes éramos nosotros

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El dramaturgo suizo Max Firsch dijo: “Pedimos mano de obra y nos llegaron personas”. El político español, Miguel Arias Cañete dice: “Han descubierto el sistema nacional de salud y colapsan las urgencias”. Sensibilidad o cordura suiza contra xenofobia o demagogia del PP.

Los testimonios de algunos de los miles de españoles que emigraron a centroeuropa en las décadas de los 60 y los 70 desmontan los argumentos utilizados por el PP para proponer en su programa electoral un contrato de obligaciones de integración para los emigrantes. A los españoles que enviaron remesas desde Alemania, Suiza o Francia a sus familias de la España gris, los mensajes lanzados por el PP les producen estupor. La propuesta de integración de aquellos que se buscaron la vida en Europa es clara: no hacer a los demás lo que no te hicieron a ti. 

«Los suizos sabían que les ayudábamos»

Jesús Otero vivió su travesía hacia un mundo mejor en 1961. Solo, con 26 años, dejó en Ávila a su mujer y su hija de apenas un año para encontrar la prosperidad en Europa central. Para evitar los controles de inmigración viajó con una maleta en la que llevaba su traje de boda.Su intención era entrar en Suiza como turista. En cuanto su tren llegó a Ginebra, la cantidad de españoles era tal que la policía los reunióa todos sin distinción.

'No hablaba nada de alemán', recuerda. El trato fue exquisito. En la estación, un funcionario de inmigración le consiguió un empleo de panadero. A los 15 días volvió a por su mujer. María consiguió trabajo en una fábrica de hilos y Jesús cambió de empleo. 'No quería trabajar por la noche. Era una de las causas por las que emigré'. Entró en una fundición de metal. 'Allí salían cinco vagones diarios cargados de hierro y todos éramos españoles e italianos'. ¿Discriminación? 'Ninguna, los suizos entendían que nosotros ayudábamos a su economía', responde.

'Nadie nos obligó a aprender el idioma. Lo hicimos por pura necesidad', describe en respuesta a la propuesta electoral de Mariano Rajoy.
'Es absurdo', añade María. Al poco tiempo de llegar a Lucerna, su hija, aún en España, enfermó. La fábrica de María le proporcionó una carta para evitar problemas en la frontera y a la vuelta puso a su Disposición los médicos necesarios.

'Nos trataron perfectamente bien', recuerda María. Los dos están indignados con los mensajes del PP y no dudan en tildarlos de 'xenófobos'. 'Lo que dijo Arias Cañate es repugnante y especialmente doloroso'. 'Nosotros también íbamos allí al médico. Ningún suizo se quejaba. Nosotros, como los de ahora, pagábamos nuestros impuestos y nuestra seguridad social', recuerdan. 'Y nada de lista de espera. Será que los suizos sí que invertían en Sanidad', apostilla Jesús.

«Nadie me reprochó no hablar alemán»

Lola cree que los españoles lo tuvieron más fácil que los inmigrantes actuales. 'Muchos teníamos familiares allí o amigos que ya habían ido', razona. Ella se decidió a viajar en 1971. Un tío suyo le facilitó el camino, y su entonces novio llevaba allí un año. Tenía 26 años y pasó en Biel cinco. Allí se casó con su novio también emigrante. Su integración fue tal que su hijo Javier, nació allí. No recuerda ni una escena de discriminación en el hospital donde trabajaba como auxiliar de enfermería. 'Éramos cinco suizas y yo. Me trataban como a una más', enfatiza.

Asegura que nadie le reprochó no saber alemán. 'A lo mejor íbamos cinco hablando en español en el autobús o por la calle y a nadie se le ocurría quejarse', recuerda. Según Lola, los españoles adaptaron sus costumbres y horarios a las de los suizos de una manera natural. 'No nos poníamos a hacer fiestas a las tres de la mañana. Siempre tuvimos el mismo respeto por los suizos como ellos por nosotros', ejemplifica.

Cuando compara su experiencia con el momento actual de la inmigración en España cree que el carácter serio y organizado de los suizos es el principal cambio. 'Allí no había improvisación. Estaba todo muy organizado. Teníamos trabajo y residencia para todos. Creo que aquí se les ha ido un poco la mano', afirma. A pesar de la crítica se muestra 'totalmente en contra' del contrato de integración expresado por el candidato del PP a las elecciones, Mariano Rajoy.

'Parece que se ha planteado soltar una burrada gorda cada día. La de hoy sobre las adopciones gays tambien ha sido fuerte', comenta. El tiempo ha pasado y la sociedad también. 'Es que fue hace 34 años. Creo que los españoles éramos más tímidos' que los inmigrantes que vienen ahora. 'Aunque es cierto que el idioma también influye en los sudamericanos. Yo no aprendí una palabra de alemán', explica.

«Los españoles tenemos una memoria muy corta» 

Antonio Aliaga salió de Murcia con sus maletas hacia Francia en 1964 'por represión política', aunque no pertenecía a ningún partido: organizó una huelga en la empresa donde trabajaba, le despidieron y le acusaron de asociación ilícita.

'Establecer un contrato para los inmigrantes es injusto. Los españoles tenemos la memoria muy corta, porque si nos hubiesen aplicado esta regla, al 70% de los que emigramos en los años sesenta nos hubieran devuelto a la frontera, porque la mayoría vinimos sin contrato', explica.
Antonio llegó con 25 años a Francia, con un pasaporte de turista, 'sin tener ni idea de francés y sin contrato'. Gracias a la ayuda de los españoles que cruzaron antes la frontera, trabajó durante tres meses en Citröen. Luego logró dedicarse a lo suyo, como electricista.

Asegura que le costó mucho adaptarse, empezando por la lengua. 'Nuestro nivel educativo no era muy elevado y nos resultaba muy difícil', razona.

Tras cuatro décadas cotizando en el país galo, Antonio se jubiló. Hoy es el el vicepresidente de la Federación de Asociaciones de Emigrantes Españoles en Francia.

'Aquí nunca se nos trató mal ni hubo racismo, pero los españoles nos apoyamos mucho entre nosotros, para no perder nuestra lengua y nuestras costumbres', explica, mientras recuerda domingos de comidas y fiestas entre los emigrados a Francia.

Se casó con su novia de siempre en Francia. Allí tuvieron dos hijos y cinco nietos que 'apenas comprenden' el español. Antonio confiesa que se siente integrado, 'pero no al 100%'.