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Empacho de Bruce en la ‘Catedral’

Bruce Springsteen inició anoche su gira española en el estadio de San Mamés de Bilbao, su quinta visita a nuestro país en tres años. 36.000 espectadores llenaron el recinto

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¿Nos valdría que Contador quedara segundo en el Tour? Con Bruce Springsteen, lo mismo.

Con esa trayectoria, esa discografía y, sobre todo, esa leyenda, en un concierto suyo sólo vale la matrícula. Porque como Indurain, Springsteen no es humano. Ha demostrado muchas veces su condición alienígena como para negarlo ahora. Sin embargo, tiene un enemigo que puede con él, por mucha entrega que le ponga y talento que posea: el sonido.

Y si el sonido no acompaña, como anoche, la pájara es irremediable, aunque el público tape el manchurrón con sus cánticos y el recuerdo de la grabación en disco.

Aterrizó en San Mamés y su intención era, claramente, que la Catedral del fútbol español se convirtiera por un día en una parroquia más de su religión, la del rock. En el exterior del recinto, el ambiente no era muy distinto al que imaginamos que se vive minutos antes de un partido importante del Athletic, sólo que en lugar de la elástica rojiblanca, los incondicionales mostraban en sus camisetas a un tipo cachas con una guitarra.

Pelotones de gente, mucha cerveza, por supuesto kalimotxo, algún que otro bocadillo –una chica agarraba uno muy apetitoso de lomo con pimientos; en Bilbao, se cuidan– y, en general, buen ambiente.

Ya en el interior, hasta los gigantes carteles de publicidad de Hugo Boss respetaban la armonía. Debajo, otro cartel recuerda Be True, un descarte del disco The River que Springsteen recuperó en la gira de Tunnel of love, en 1988. “Ser de verdad”, dice el estribillo, uno de los grandes temas del repertorio del Jefe: la identidad.

“La ola”, se oye decir a un espectador, porque el público en ese instante decide jugar para driblar el retraso sin que se note mucho. Al Boss se le disculpa casi todo, que para eso es el que manda. A las 21.58 horas, casi media hora después de lo previsto, se apagaron las luces de Sam Mamés.

Empezó con un clásico: Desde Santurce a Bilbao. Sí, no es broma: Nils Lofgren, su pequeño y virtuoso guitarrista, apareció con un acordeón que casi le tapaba el cuerpo entero y ejecutó la tradicional tonada, coreada, por supuesto, con fervor por todo (o casi todo) el estadio. “¡Kaixo Bilbao!”, fue el grito de guerra del Boss antes de abrir la noche con dos latigazos: The ties that bind y Badlands.

“¿Hay alguien vivo en Bilbao esta noche?”, gritó Springsteen y muchos pensamos en el técnico de sonido, porque la bola de ruido que salía del escenario más que vibración, provocaba empacho. Mala señal, ¿se repetiría el penoso sonido del verano pasado en el Bernabéu? En ese instante, Springsteen ya correteaba por las pasarelas del escenario cantando Hungry heart. Se dejaba querer: sentado junto al público, le hizo carantoñas a un niño y este le respondió con un beso. Rock and roll.

Decir que Springsteen presenta en esta gira su último disco, Working on a dream, es exactamente eso: un decir. Durante el tour, las canciones de este álbum pasan casi desapercibidas en el repertorio (hay conciertos donde sólo ha tocado tres). Las únicas dos que no fallan son Outlaw Pete, que ayer sonó bastante blanda y pastosa, y Working on a dream, que inevitablemente recordó al presidente de EEUU. “Esta es la que le escribió a Obama”, dice un espectador.

Durante esta última, Springsteen dijo en un perfecto español: “Esta noche vamos a liarla con música, espíritu y ruido. Nosotros ponemos la música, vosotros ponéis el ruido”. Hay que precisar: en lo del ruido, la banda casi ganó al público (y no porque ahora al Jefe le haya dado por el noise).

Johnny 99 también es fija en la gira. Anoche la tocó en versión eléctrica, con la banda como locomotora, muy distinta de su lectura original, incluida en el disco acústico Nebraska. Su inclusión en el setlist tiene gancho de actualidad: cómo no, la crisis.

Tras este tema, Because the night, una canción muy conocida que derivaba el repertorio hacia la colección de éxitos. Y luego, vuelta a la vida del trabajador con Factory, una canción que cuenta, exactamente, la jornada de un currante en una fábrica. Por temas como este, por ponerle poesía a la vida de los de abajo, le han llamado la voz de la clase trabajadora.

This hard land, a continuación, metía el dedo en la llaga de la condición de los más pobres: “Dormiremos en los campos/dormiremos en los ríos/y por la mañana haremos un plan/y si no puedes hacerlo/permanece con fuerza, permanece hambriento, permanece vivo/y encuéntrame en un sueño de esta tierra dura”. Él lo sabe bien, porque viene de ahí.

Springsteen recogía carteles entre el público con peticiones de canciones. Las dos primeras: Santa Claus is coming to town y, por iniciativa propia, un clasicazo como Thunder road. Había que asegurar, como Alberto Contador en el Mont Ventoux.