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Enorme faena de Red Bull

Alonso y Ferrari dejan escapar título por su apuesta conservadora y la errónea estrategia de seguir la rueda de Webber. Vettel, el campeón del mundo más joven de la historia, completa el doblete del equipo austríaco

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El deporte más individualista y cainita, aquel donde el egoísmo cotiza siempre al alza, dio un giro para la historia. Contra pronóstico, Vettel se proclamó campeón del mundo, completó el doblete de Red Bull hace una semana ganó el título de constructores y certificó la inusual hegemonía del trabajo en equipo. La joven escudería austríaca sólo ha necesitado seis años de vida para, partiendo de la nada, someter bajo su mando a una parrilla donde habitan monstruos legendarios del calibre de Ferrari, McLaren o Williams.

Red Bull ha dado un recital de superioridad durante todo el curso, sólo atemperado por la inquebrantable fe y el gran pilotaje de Fernando Alonso, que tiró hasta el límite. Hoy, confiado en las opciones ciertas de título del español llegó líder a la última cita, Ferrari manejó la carrera con racanería, midió mal el vigor de Red Bull y acabó corneado.

El español fue incapaz de adelantar al Renault de Petrov

Alonso cometió además la imprudencia de airear con anticipación su plan conservador. Tercero en la parrilla, le bastaba con llegar cuarto, así que anunció prudencia. Fue su primer error. Abierto el semáforo, dejó pasar a Button tras un blandito amago de batalla. Así, apenas recorridos unos metros, circulaba sin red al filo del desastre. Con Vettel disparado desde la pole hacia la quinta victoria del año, todo lo que fuese perder una posición condenaba al asturiano. Demasiado riesgo.

El desenlace de una película que ha durado ocho largos y apasionantes meses sobrevino en un instante. Lo que tardó Schumacher en buscar el último destello de gloria bajo el sol agonizante del desierto árabe. El Kaiser buscó un hueco imposible en un desesperado intento por domar a Rosberg, su joven compañero de Mercedes, trompeó y el bólido dio media vuelta sobre la pista quedándose parado en dirección contraria. Varios perseguidores lograron regatearlo, pero el Force India de Liuzzi impactó con tanta violencia que se le subió encima y, en su descontrolada trayectoria, las ruedas delanteras rozaron la cabeza del heptacampeón germano.

Destrozadas, las dos máquinas quedaron en medio de la pista y, cosa extraña en Abu Dabi, apareció el coche de seguridad. Durante las cinco vueltas neutralizadas varios pilotos con nada que perder decidieron realizar el obligatorio cambio de neumáticos para tirar con ellos durante las restantes 50 vueltas. Entre otros, Petrov, la posterior pesadilla de Alonso.

Ferrari exhibió los defectos que le han lastrado durante toda la temporada

En el muro, Christian Horner, jefe de Red Bull, escrutaba las pantallas, hurgaba en cada cifra que escupía el ordenador. Y de pronto, mientras la noche caía sobre Yas Marina, vio la luz. En la décima vuelta mandó llamar a Webber, entonces quinto. El australiano, cuya llanta delantera derecha había lamido un muro en su desaforado empeño por adelantar a Alonso, entró en boxes. El veterano australiano (34 años) regresó a pista en la 16ª posición. Ahí murieron sus opciones de título y, probablemente, sus sueños en la F1.

Horner había puesto el capote, sólo faltaba que los de rojo embistieran. Y lo hicieron. Con premeditación, alevosía y torpeza mayúscula. Tardaron un par de vueltas en decidirse y, cuando lo hicieron, probaron con Massa. Le usaron como conejillo el brasileño tampoco está para más, necesitaron otros dos giros para hacer números, y en la vuelta 15 Alonso enfiló el camino del paddock. Sin saberlo, estaba despidiéndose de la gloria.

Salió duodécimo, pero en su box se festejó el hecho de hacerlo por delante de Webber. Horner, en su taburete, se relamía. Acababa de asestar la estocada de su vida. Un fino pincho moruno en el que, de una sentada, agujereó las posibilidades de Alonso y las de Webber. Vía libre para Vettel.

Los males de Ferrari, escondidos durante los últimos meses bajo la alfombra roja merced a la remontada de Alonso, asomaron durante dos últimos tercios de carrera angustiosos para la escudería italiana. El F10 exhibió los defectos de un vehículo del que nunca han podido presumir. Gritó al mundo su bochornosa incapacidad para adelantar, casi ni para aproximarse, a la velocidad punta del modesto Renault de Petrov. Fruto de ello, Alonso sacó lo peor de sí. Zigzageó a la desesperada en varias curvas, se comió tres escapatorias y acabó desquiciado. Por detrás, Massa, autoproclamado colaborador del asturiano para el trance decisivo, fue incapaz de rebasar al batallador Alguersuari durante 40 vergonzantes vueltas.