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Un escalador técnico y solitario

En el Latok II se queda un alpinista que se medía a la montaña sin ayudas

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Óscar Pérez (Tramacastilla de Tena, Huesca, 1973) buscaba la escalada perfecta. El cuerpo a cuerpo con la montaña. La lucha de un ser minúsculo contra moles de más de 6.000 metros con unos pequeños anclajes y una frágil cuerda. Huía de porteadores, de cordadas fijas, de campos de apoyo para la aclimatación. A Óscar le encantaba sentirse libre en su lucha contra la montaña.

Los que le han tratado sabían de su debilidad por el Karakorum. Allí aterrizó un verano de 2006 con su inseparable Álvaro Novellón y abrió una nueva ruta en el Latok III. Esa escalada les valió el premio Alto Nivel de la FEDME (Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada) donde impartía clases de escalada y era considerado uno de los mejores guías en su estilo.

Ese día, en la cima del tercero de los Latok, fijó en su cabeza la cumbre del Latok II, el más complicado del grupo montañoso. Estaba obsesionado por coronarlo por la cara norte, nadie lo había hecho. Abrir otra ruta como ya hizo en la Patagonia en el Cerro Adela. Sólo repasar sus cimas y nuevas rutas dan escalofrío: Kullu Eiger (India), Changui Tower y Latok III (Karakorum) y el citado Cerro Adela entre otras.

Ahora, quién sabe si vivo o muerto, descansa en una repisa de ese monte que no se ha dejado escalar por la cara norte. Óscar ya siempre estará allí.