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Un escenario inédito y lleno de incógnitas se abre en Euskadi

Los partidos rivalizarán por primera vez desde la dictadura sin la amenaza de la violencia

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El final de la violencia de ETA abre un escenario en la política vasca inédito desde la dictadura. El terreno de juego es virgen. Nadie puede predecir, a ciencia cierta, qué consecuencias puede tener a futuro en el equilibrio de las distintas fuerzas políticas y el impulso de sus proyectos, incluido el independentista. Sin embargo, si se hace un repaso a la historia reciente, hay un hecho innegable: cada vez que la izquierda abertzale ha buscado la paz de algún modo su peso en las urnas ha crecido.

Ocurrió en 1998 y 1999, en medio del alto el fuego consecuencia del Pacto de Lizarra-Garazi, cuando Euskal Herritarrok (EH) batió el listón dejado por HB durante dos décadas y obtuvo la mayor representación en los parlamentos vasco (14 escaños con el 17,9% de los votos) y navarro (ocho escaños, con el 15,9% de los sufragios). En 2009, Arnaldo Otegi y Rafa Díez Usabiaga, en pleno trabajo para desarrollar la nueva estrategia, decidieron, pese a la oposición de ETA, que la izquierda abertzale debía medir sus fuerzas en las urnas apoyando la candidatura de Iniciativa Internacionalista en las elecciones europeas. Entonces, los 115.000 votos conseguidos en el País Vasco (15,8%) y los más de 23.000 (11,4%) en Navarra, donde Iniciativa Internacionalista se convirtió en la tercera fuerza, reforzaron la figura de Otegi y Rafa Díez en el debate interno.

Los partidos temen que Amaiur entre como un tsunami' el 20-N

Los efectos del cierre del ciclo de la violencia ya son palpables en el propio surgimiento de Amaiur, la coalición constituida por la izquierda aber-tzale, Aralar, EA y Alternatiba para concurrir a las elecciones generales del 20-N. Amaiur es fruto del clima abierto en Euskadi a raíz de la apuesta de la izquierda abertzale por las vías exclusivamente políticas y democráticas. Este paso ha favorecido la reconstrucción de la confianza perdida durante décadas de violencia y la unión ahora de todas las sensibilidades del mundo abertzale, salvo el PNV. La prueba más paradigmática la representan Aralar y la izquierda abertzale tradicional, que, diez años después de su escisión en la antigua Batasuna, vuelven a unirse para el 20-N.

Ahora, sobre todo, una vez que ETA ha anunciado el cese definitivo de la violencia, el resto de partidos temen que en las próximas elecciones generales Amaiur entre como un tsunami en las urnas. Sin obviar el efecto de la bipolarización entre el PSOE y el PP en unas elecciones generales, ni la dilatada trayectoria del PNV en el Congreso, Amaiur puede aspirar a convertirse en la primera fuerza en el País Vasco, a la vista de los resultados de los comicios municipales y forales, celebrados hace bien poco, el pasado 22 de mayo. Entonces, el PNV ganó con el 30,05% de los votos, mientras que la suma de los recibidos por Bildu (EA, Alternatiba e independientes abertzales), con el 25,45%, y Aralar (2,96%) se situó muy cerca: en el 28,41%. En Navarra, Amaiur pretende plantar batalla a la coalición UPN-PP. En mayo, los conservadores, que se presentaron por separado, tuvieron el 41,8% de los votos, mientras que Bildu obtuvo el 13,3%. Cabe prever además que ese porcentaje crezca bastante con la entrada de Aralar, la principal fuerza de Na-Bai en mayo de 2011. Esta tuvo entonces el 15,4% de los sufragios.

La izquierda abertzale intenta acabar con la hegemonía del PNV

Así, una vez cerrado el ciclo de cuatro décadas de violencia, esta nueva alianza abertzale se encuentra ante la oportunidad de cosechar unos resultados históricos, poner en jaque la hegemonía mantenida por el PNV durante las últimas tres décadas y situar encima de la mesa, también del Congreso de los Diputados, su proyecto independentista. Todo lo tiene pues a su favor para coger, en este momento histórico, la cresta de la ola.

A largo plazo, cualquier lectura sobre cómo pueda evolucionar el peso de las distintas fuerzas políticas en Euskadi roza la pura especulación. No obstante, hay dos teorías. La primera, apuntada en la órbita del PNV, el PP y el PSE, es que, después de una fuerte vuelta a las instituciones, la izquierda abertzale deberá enfrentarse con la realidad del día a día, ofrecer soluciones a los problemas cotidianos de la ciudadanía y defender un programa que transcienda del debate soberanista y del derecho a decidir. Y en ese terreno, recuperada la normalización política, sus rivales le auguran un baño de realidad: una caída.

La segunda teoría es favorable a la izquierda abertzale y, en cierto modo, está intrínsecamente ligada a su apuesta por las vías exclusivamente políticas. La cuestión es cómo puede evolucionar durante los próximos años, incluso décadas, el arraigo de su proyecto independentista en la sociedad vasca en un escenario sin ningún tipo de violencia y sin la amenaza de su uso por parte de ETA. Dado que ha habido durante las últimas décadas una desafección paulatina de la sociedad vasca con respecto a esa estrategia 'político-militar', cabe plantearse si, sin violencia, esa tendencia acabará invirtiéndose con el paso del tiempo, no sólo a favor de la izquierda abertzale, sino del conjunto del nacionalismo vasco.