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Esther Tusquets, convertida en una "vieja dama indigna", vuelve a confesarse

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Parecía taxativa Esther Tusquets cuando en noviembre de 2007 presentaba su primer volumen de memorias, "Habíamos ganado la guerra", y aseveraba que no tendría continuación. Sin embargo, apenas 730 días después, vuelve a la carga y da a conocer sus "Confesiones de una vieja dama indigna".

En una entrevista con Efe, la editora, de 73 años, que dice vivir a su aire, sin atender a normas ni formalismos, reconoce que no quería escribir este libro, entre otras cuestiones, porque algunos de los protagonistas no han fallecido, pero "siempre acabo cediendo, aunque tenga fama de ser dura".

Convencida, pues, por algunos de sus mejores amigos, ha vuelto a sentarse ante el ordenador para teclear sus peripecias en la Barcelona y el Madrid de los sesenta y los setenta, sin rehuir cuestiones que la han afectado en los últimos años, como su despido de Lumen o el "culebrón" sobre la biografía del ex presidente Pasqual Maragall, hace unos meses.

De la mano de Bruguera, esta "gran señora de la edición" -como la ha denominado en ocasiones su a veces amiga Carmen Balcells- va desgranando recuerdos y tanto invita al lector a meterse en su cama cuando a los 24 años fue desvirgada en Valladolid por el fotógrafo Oriol Maspons como a recorrer algunos de los paisajes que más la impactaron de la mano de Esteban, uno de los dos grandes amores de su vida y padre de sus dos hijos.

Tusquets empieza estas páginas relatando que llegó por casualidad al mundo de la edición, después de que su padre adquiriera al tío Carlos la pequeña editorial Lumen, ella que desde muy niña, hija de una familia burguesa del barrio del Eixample, sólo quería leer, escribir o ser actriz.

Ahora, cuando se le pregunta qué consejo ofrecería a una persona joven que quisiera introducirse en el ámbito de la edición, contesta con un lacónico: "que cambiara de oficio", y cuando se le pide que se extienda un poco más sobre el comentario sostiene que es un trabajo "muy complicado" en un momento "en el que hay demasiados libros malos en el mercado".

Sus cuarenta años en Lumen acabaron de una forma abrupta, como referencia en estas memorias y, sin embargo, "no me hizo daño. No sé por qué pero no me afectó, aunque sí quedé tocada por los conflictos internos y porque la relación de más de veinte años con algunas personas quedó rota".

Sobre el hecho de transcribir sin ningún tipo de pudor algunas de sus intimidades, tanto con hombres como con mujeres, indica que ha procurado no causar daño a terceros, por lo que "en algunos casos he resuelto no nombrar a determinadas personas, aunque haya contado algunas de las situaciones que hemos vivido conjuntamente".

A pesar de que en estas confesiones se centre en una época de su vida en la que ya vuela libremente, no puede evitar la escritora la presencia de su madre a lo largo del relato, como ocurría en "Habíamos ganado la guerra", una mujer con la que vivió una particular relación que sabe "no resuelta".

Tampoco pensaba que sus nietos Héctor y Noé fueran un descubrimiento en este momento de la película, porque "a mí los niños no me gustan, pero éstos han sido un regalo extraordinario".

Sobre la posibilidad de retornar en el futuro al género de las memorias -en el que también hizo una incursión en sus "Confesiones de una editora poco mentirosa"-, Esther Tusquets sonríe como una niña cogida en falta y advierte: "Como no sean las de ultratumba...".

Y es que, además, como se encarga de subrayar esta mujer afectada por el parkinson a la que no le gusta nada la vejez, "cuando muera no van a encontrar nada de mí, ni un papel, ni una carta, ni una agenda. Todo lo he ido destruyendo".