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ETA mata en Loiola a un constructor del AVE vasco

La banda terrorista consuma sus amenazas con el asesinato de Ignacio Uría Mendizabal, propietario de una empresa familiar que trabajaba en las obras del tren de alta velocidad

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ETA consumó ayer con el asesinato del empresario Ignacio Uría Mendizabal, de 71 años, su campaña de amenaza permanente contra el proyecto del Tren de Alta Velocidad (TAV) en Euskadi. La banda terrorista ha convertido esta infraestructura en una de sus banderas, como lo hizo en el pasado con la central nuclear de Lemoiz y la autovía de Leizaran.

El asesinato de Ignacio Uría, propietario de la empresa familiar Altuna y Uría, casado y con cinco hijos, supone un nuevo intento de ETA por amedrentar al empresariado vasco y, en especial, a las compañías que participan en las obras del TAV. La organización terrorista ha matado a lo largo de su historia a 41 empresarios, pero hasta ayer habían transcurrido ocho años sin que se cobrara la vida de uno de ellos. Fue el 8 de agosto de 2000, cuando mató al presidente de la patronal guipuzcoana, José María Korta. Sólo este año la banda ha asesinado además a cuatro personas, la cifra más alta desde el año 2002.

Con este último atentado, ETA viene a certificar las amenazas contra ese proyecto lanzadas ya en una entrevista publicada en Gara, el 5 de enero, y en un comunicado, el pasado 15 de agosto, en el que aseguraba que el TAV era un negocio más en “la política del PNV y sus acólitos”.

Estas amenazas habían llevado a extremar la vigilancia de las obras del TAV, sobre todo después de algunos ataques contra la maquinaria usada en la construcción, como el sufrido el 16 de marzo de 2007 por la propia compañía del constructor ayer asesinado. Sin embargo, ETA ha decidido dar un paso más en su escalada violenta y para ello eligió un objetivo sencillo: Juan Ignacio Uria no llevaba escolta y era un hombre de hábitos bien definidos, como acudir casi todos los días a comer al restaurante Kururi, situado en la Plaza Loiola.

Dos terroristas se cruzaron en su camino y acabaron con su vida con varios disparos. Uno le alcanzó en la frente y el otro en el pecho, dejando al empresario mortalmente herido en el suelo. Uno de los amigos del constructor que iba por delante hacia el restaurante contó después, aún conmocionado, que de repente escucharon los disparos y vieron a Ignacio Uria tirado y cerca de él a un terrorista encapuchado, que huyó junto a otro persona en un coche, un Alfa Romeo.

Según la reconstrucción de los hechos del Departamento vasco de Interior, los dos miembros de ETA huyeron hacia la costa, hasta el alto de Itziar, situado en Deba (Guipúzcoa) a unos 25 kilómetros, donde habían dejado maniatado al propietario del vehículo bajo la custodia de un tercer terrorista. Una vez allí, incendiaron el coche para eliminar posibles pruebas, y ya en otro vehículo continuaron la huida. Poco después, el conductor del automóvil robado logró liberarse de las ataduras y avisar a su madre, que denunció los hechos ante la Ertzaintza.

En la Plaza Loiola, efectivos sanitarios intentaban entre tanto salvar la vida de Ignacio Uría, mientras la noticia del atentado corría por Azpeitia. Fueron, precisamente, los trabajadores del restaurante donde la víctima solía comer quienes avisaron a su mujer. “Algo ha pasado”, le dijeron.

En pocas horas, la zona se convirtió en un hervidero. Al lugar acudió el lehendakari Ibarretxe, dirigentes de todos los partidos y también la viuda y la hija de la primera persona que asesinó la banda este año, Isaías Carrasco. Ayer, repitió el modus operandi.

Aunque sólo es un hecho simbólico, Loiola se recordaba sobre todo hasta ayer como el lugar donde habían germinado las conversaciones del último proceso de paz. A ETA no le importa ni eso.