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¿Desde cuándo existe la preocupación por las enfermedades de transmisión sexual?

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Como señala Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas (1978), el estereotipo de las dolencias, sobre todo de las misteriosas por incomprensibles o por vergonzantes, responde a convenciones culturales basadas en la localización física del mal y en la estética de los síntomas. Las enfermedades venéreas, sobre todo la sífilis, cuadraban a la perfección con la idea de la enfermedad como castigo y estigma del esclavo del vicio dominado por sus instintos más bajos. Lo secreto, lo velado, alude a aquello que acontece en los límites de lo privado, pero también a lo inconfesable, como las enfermedades venéreas y las prácticas sexuales apartadas de la ortodoxia de la pareja monógama y heretosexual, por lo que serán reducidas históricamente a los espacios de la intimidad inviolable que se resguarda del ojo público y, por tanto, de su profilaxis y control.

El proceso de conversión de la higiene pública en disciplina científica a lo largo del siglo XIX y el temor a las pandemias venéreas justificaron una política intervencionista del comercio carnal por parte de los gobiernos. A través de preceptos biológicos, médicos y eugenésicos, el discurso científico aspiraba a regir los comportamientos sexuales, para evitar o paliar las enfermedades de transmisión sexual. La sífilis y sus consecuencias hereditarias alcanzaron el rango de problema de Estado en numerosos países, lo que impulsó propuestas administrativas para regular el control de los agentes de contagio, su tratamiento y la formación de médicos especialistas. El modelo reglamentista francés se extendió por Europa, convirtiendo al ama del burdel, al policía y al médico higienista en agentes de la moral y de la salud pública y a la prostituta en un mal necesario. Tal es la base del primer reglamento de la prostitución en Madrid (1847), cimiento del resto de la normativa en España. Sus pilares básicos lo constituían el registro administrativo de las mujeres públicas, que recibían una cartilla sanitaria, y la revisión médica oficial una o dos veces a la semana.

Las enfermedades venéreas cuadraban con la idea de la enfermedad como castigo

Los remedios usuales para la prevención de las enfermedades sexuales pasaban por la fricción genital con ungüentos mercuriales, con aceite o manteca; el lavado con irrigaciones antisépticas (corethron, agua acidulada o fenicada) antes del coito; la reducción de los contactos y los desgarros durante el acto sexual; o la recomendación de orinar y aplicarse lociones cauterizantes o inyecciones (de bicloruro, nitrato de plata y sulfato de cobre) después de la cópula. Como método extremo, se cauterizaba con nitrato de plata cualquier erosión tras el coito, una práctica igualmente inútil. También era conocida la utilidad del preservativo difundido por el doctor Condom, pero su difícil adquisición y su precio lo convertían en algo prohi-bitivo. Incluso pervivía la creencia, reconocida por higienistas prestigiosos como Parent-Duchâtelet (1836), de que la mitad de las prostitutas disfrutaban de idiosincrasia refractaria, un tipo de inmunidad orgánica que impedía el contagio venéreo.

La prensa de la época hablaba de las lociones cloruradas del doctor Curtis, indicadas para todo tipo de afecciones y herpes venéreos; los bizcochos mercuriales de Ollivier o el jabón cáustico de Luna Calderón. Junto a estos productos convivían recetas peregrinas de la farmacopea casera, como denuncian divulgadores de gran éxito, como Peratoner o Suárez Casañ, quienes difunden las recomendaciones profilácticas de autoridades como Martin, Dufour y Diday.

Hasta el descubrimiento de la penicilina en 1928, la prostitución clandestina, la ocultación de los síntomas, los errores de diagnóstico y el predicamento de curanderos y charlatanes multiplicaron los efectos de las enfermedades secretas. El compuesto de arsénico utilizado con éxito contra la sífilis se patentó en 1909, pero hubo que esperar hasta 1943 para que John Mahoney aplicara la penicilina a su tratamiento de una enfermedad cuyos estragos eran difícilmente cuantificables, ya que no se solía especificar como causa en las actas de defunción.