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La extraña vida de los caracoles mágicos

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Nadie podía ponerse de acuerdo sobre cuántos caracoles cabían en una lata de caracoles. ¿Diez, 15, 20? Había asuntos en el mundo que eran sencillos de resolver, como por ejemplo el conflicto en Oriente Medio o Afganistán o Irak o las mareas negras o la muerte en África. Todas esas cuestiones eran fáciles de resolver, pero ¿cuántos caracoles cabían en una lata? Los borrachos volvían una y otra vez sobre la cuestión, infatigables y excitados intelectualmente por el abismo que se abría ante ellos, ¿cuántos? ¿Cuántos podían caber sin estrecheces y sin que la lata se convirtiera en un piso patera de moluscos gasterópodos? Eran por lo menos las dos de la madrugada y llevaban ya al menos dos horas con la cuestión. El mismo tiempo que él llevaba apoyado, aunque con idas y venidas al frigorífico a por cervezas, en la barandilladel balcón del apartamento alquilado al que había ido a dar con su novia hacía tantos años.

No sabía por qué se acordaba ahora de aquella disputa de alto nivel mientras regresaba a casa en bicicleta de dar su clase en la universidad, con la mochila a la espalda en la noche de la ciudad. Había imágenes que no se iban nunca y misterios que siempre quedaban por resolver. Al final él debía haber regresado a la cama y haberse quedado dormido, y a la mañana siguiente lo había recordado todo con una sonrisa. Le había parecido la discusión más absurda a la que había asistido nunca. Pero sabía bien que exageraba en este punto, como en tantos otros.

La cosa se había puesto seria desde el principio y él tenía un instinto seguro para lo absurdo o para lo lleno de sentido, según se mirase. Le habían despertado los gritos de aquella ciudad del sur, y luego la profundidad y los argumentos filosóficos de los contrincantes en la discusión le habían absorbido, mientras su novia dormía profundamente completamente ajena al elaborado debate. Por otro lado, a él discutir le daba náuseas, pese a que discutiera constantemente consigo mismo. Ya eran conversaciones desde la infancia las que tenía a solas, casi llenas de cariño y sin necesidad de herir. Tan sólo como si él mismo fuera un viejo matrimonio que discutiera un poco para divertirse y para no perder los reflejos de vivir.

Ahora habían pasado los años y sin embargo, y pese a que habían sucedido tantas cosas, era básicamente el mismo. Aunque eso no era decir mucho, porque igual podía decir que era básicamente alguien distinto. Creía saber que cada siete años ya no quedaba ni una célula de las que le formaban. Otra células venían a ocupar el puesto de las anteriores, como si de una incesante carrera de relevos se tratara. ¿Quién llegaría a la meta? ¿Estaría él presente?

Después de todo, uno podía crear su vida como si fuera su obra de arte, juntando un par de cartulinas y con un poco de imaginación. Todo el mundo se imaginaba su vida y el mundo aunque no se diera cuenta: los precios del supermercado, las frutas, las guerras, los atentados

Había convertido su vida en su obra de arte y hasta que todo terminase, disfrutaba con las líneas que trazaba en las tardes o en las mañanas en las que apenas nada sucedía. Simplemente disfrutaba con las cosas inútiles: con los paseos que no llevaban a ningún sitio excepto a las cercanías de sí mismo y con las imágenes que le habitaban sin cesar como sueños de otro. ¿Cuántos caracoles cabían en una lata de caracoles? Seguramente en la lata vendría una cantidad aproximada. Pondría algo así como que contenía 12 o 15 caracoles de tamaño medio. (Sí, pero entonces, ¿cuál era el tamaño medio de un caracol? La sabiduría se engarzaba en ignorancias infinitas). Claro que simplemente era una deducción que se le ocurría mientras pedaleaba en sentido contrario al tráfico.

Cuando él muriera nadie recordaría esta historia absurda de los caracoles, por supuesto que ninguno de los borrachos de aquella noche. (¿Habían muerto? ¿Se habían reciclado en políticos conservadores?) Aquella imagen le recordaba ahora la que por otro lado era una imagen de su vida, la de alguien que observaba las cosas casi sin ser visto mientras unos debatían y otros dormían. Él, mientras dormía, debatía consigo. Sus sueños jugaban con sus pensamientos y se divertían a su costa, o él se divertía consigo mismo, quién podría saberlo. Había cuestiones que permanecían abiertas como flores en una primavera eterna.

Todo era sencillo si uno lo comparaba con cosas sencillas: las cuestiones con flores, la vida con un río, la esperanza con las estrellas.

Después de todo, uno podía crear su vida como si fuera su obra de arte, juntando un par de cartulinas y con un poco de imaginación. Todo el mundo se imaginaba su vida y el mundo aunque no se diera cuenta: los precios del supermercado, las frutas, las guerras, los atentados. La gente pagaba diferentes precios, diferentes muertes, diferentes aceras. Lo que para uno era una casa para otro era un infierno, lo que para uno era una alegría para otro era una pena. Qué más daba. Uno construía su vida con lo que hallaba a su paso, con lo que le devolvían las mareas. Y uno destruía su vida con los que hallaba a su paso, desaparecía en la marea.

¿No era así? Ahora ya había pasado tiempo de aquel viaje y el hombre del balcón que había presenciado la escena era otro que vivía en otro planeta. Hacía tiempo que había cambiado de dirección y ya no debían de llegar cartas a su antigua casa. Incluso aquella novia con la que había estado en aquella ciudad del sur y con la que había tenido un hijo, se apellidaba de otra manera. La vida, ¿no?

De repente, mientras iba pensando en todo eso pedaleando en la noche en dirección contraria, salió un coche de un callejón y casi con sólo rozarlo le hizo volar por los aires y caer de espaldas sobre la acera. Sintió un dolor terrible en el hombro y en la cabeza, y un reguero de sangre comenzó a manar de su frente hasta su boca.

El chico iba en dirección contraria escuchó de repente que decía nervioso el conductor del coche que le había golpeado. Iba en dirección contraria no dejaba de repetir.

Un grupo de turistas había salido de alguna parte y se había arremolinado sobre él y pudo ver cómo una chica rubia con unos ojos amables se llevaba la mano inconscientemente a la boca, al mismo tiempo que sentía cómo la sangre que fluía de su cabeza se le metía en su boca sin que él pudiera hacer nada. El sabor de la sangre. Por eso comprendió que no tenía mucho tiempo y lanzó la pregunta a su improvisado público nocturno:

¿Cuántos caracoles caben en una lata de caracoles?

No te preocupes, chico, ahora viene una ambulancia le dijo alguien que él no podía ver. Las cosas se estaban poniendo confusas.

¿Nadie lo sabe?

Estate tranquilo, chico repitió de nuevo la voz. Y él sonrió porque todavía a su edad alguien le llamara chico. ¡Hacía tiempo que tenía canas!

Bueno, da igual, no se preocupen. En realidad no importa. Tan sólo es que me he acordado esta noche, no sé muy bien por qué.

Las sirenas llegaban a través de todos los sueños rotos de la ciudad y de un puñado de promesas. Había imágenes que volvían cuando uno pedaleaba en la noche en bicicleta, y otras que se marchaban para siempre con la niebla. Luego cerró los ojos y escribió, con todo el amor que pudo, una última línea.