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Fotos en el patio del MOMA

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Reviso las fotos de mi último viaje a Nueva York. 'Mi último viaje a Nueva York'. Como si hubiera habido más. Los iniciados te dicen: 'Ya verás. Es como si ya lo conocieras. Lo has visto tantas veces en las películas...' No es cierto. Miro las fotos. Mi amigo Luis sonríe entre una mata de flores que podría haberse sembrado en cualquier otra parte. En Beirut o en San José o en un jardín romano. En otras fotos aparezco yo apoyada en la barandilla del ferry que nos lleva a Conney Island. Vemos de lejos la estatua de la Libertad. El trasbordador de Conney Island está lleno de gente que sube, hace fotos a la estatua, sale del barco, da la vuelta en una inmensa sala de embarque y vuelve a montarse en el mismo trasbordador de regreso hacia el viejo embarcadero.

En las fotografías, nos alternamos y, a veces, Luis posa en la confluencia de Wall Street con una Prayer Station estratégicamente ubicada para salvar las almas de los que compran y venden, tiburones, renacuajos, escurridizas truchas de río. Otras veces, yo como macarrones en un restaurante de Little Italy que pervive entre los falsificados ideogramas de Chinatown. En el Soho, Luis compra camisas y yo, unos pantalones demasiado grandes: la dependienta echa un vistazo a mis caderas y, después, me entrega una prenda. No me mira bien. Se confunde. Pero los compro igual. Me da pereza seguir probándome ropa en el estrecho probador, frente a un espejo en el que toda la carne se vuelve blanquecina.

Buscamos los ojos furtivos de un fantasma tras un ventanal deWashington Square. Pero la señorita Sloper, la pobre Catherine, pasa desapercibida y es silenciosa. No como los músicos del parque. Detenemos sus movimientos: la oscilación de los flequillos, las baquetas contra la batería. Los matamos y los metemos en el congelador al lado de las varitas de merluza. Luis, minúsculo, es un pretexto junto al Flatiron Building. Ahora soy yo la que camina por Greenwich Village. Luis está detrás, al otro lado del objetivo. Me saca guapa.

En la Quinta Avenida, compramos muñecas de trapo en una tienda con las paredes rosadas: fundas de trapo que rellena una máquina de algodón y aire. Elegimos la carcasa de la muñeca que cada uno prefiere. Las fundas los pellejos se ordenan y amontonan por arquetipos: hembras y machos como en las ferreterías; de pelo largo y corto, liso y rizado curly hair; con ojos azules, marrones, verdes; de raza blanca, amarilla o negra. Luis coge un muñeco blanco, de pelo liso y ojos marrones. Yo, una muñeca blanca, de pelo rizado curly brown hair y ojos azules. Elegimos un corazón para nuestros muñecos de tela: la chica nos dice que tenemos que besarlo mientras pensamos un deseo. Nos lo dice fingiendo besar el corazón que sujeta entre los deditos. En un acto reflejo, besamos los corazones. Yo pido que alguien me quiera mucho. O no pienso en nada. No puedo recordarlo. Luis debe besar dos corazones porque la funda de su muñeco está defectuosa y se le sale el algodón entre las costuras. Selecciona otra funda: varón, blanco, pelo liso. Le da vergüenza besar el nuevo corazón. Lo hace deprisa. No sé si ese gesto avergonzado y repetido servirá para animar al muñeco, para remedar su espíritu. El corazón de mi muñeca será más nervioso. La dependienta introduce los corazones en las cajitas torácicas; las cose con puntadas de hilo color carne. Les ponemos nombre. Matt. Gladys Vanderbilt. A Gladys el nombre le ha sobrevenido por la proximidad de Tiffanys. La dependienta hispana me dice '¿Gladys? Qué lindo. Igual que mi mamá'. Muy lindo. Pero mi Gladys es Vanderbilt e imagino a la mamá de la dependienta, los kilos que pesará, el valor de sus joyas, los olores de su casa. El mismo nombre no es el mismo nombre. Luis y yo buscamos en un dispensador de pegatinas los rasgos de carácter de nuestros muñecos. Luis dota a Matt de fuerza y coraje. A Gladys le concedo glamour y una pizca de inteligencia. Deus ex machina in New York. Y, sobre todo, viceversa.

Es mi primer viaje, pero no es el primero de Luis. Él se queda en una de esas habitaciones de hotel que acostumbra a fotografiar mientras yo me encamino hacia el MOMA con mi cámara. No fotografío los cuerpos geométricos de las señoritas de Avignon ni la serie del accidente de coche, multiplicado, de Warhol. No soy buena fotógrafa y temo que salte el flash. Está prohibido. No domino esta cámara que tampoco me pertenece. Encuadro y disparo. Sin prevenciones. Las fotografías digitales no son irreversibles. A veces los transeúntes movidos humanizan la imagen. Como un hielo que va deshaciéndose expuesto al sol. También mis errores pueden ser simpáticos.

Recorro cada sala y, al final, salgo al jardín. Miro alrededor y hacia arriba. El patio del MOMA es como la cajita de los gusanos de seda. Estamos rodeados de edificios.

Pienso que una mano grande nos ha colocado allí y de noche cerrará la tapa de la caja. Se me acerca una pareja de mexicanos que me habla en inglés. Mi aspecto es decididamente anglosajón. Me tienden su cámara digital y, gesticulantes, me indican lo fácil que es usarla. Sonrío. Se colocan. Sonríen. Disparo. Les devuelvo la cámara. Me agradecen.

Sigo observando las casas que rodean el patio del MOMA. Alguien me roza con el dedo en el hombro. Me doy la vuelta. Una familia de turistas catalanes me pide que les tome una fotografía contra los cristales del museo. Se agarran por las caderas y los brazos. Sonríen. Pierden un poco el equilibrio. Se recomponen. Vuelven a sonreír. Sus músculos faciales tiemblan por el esfuerzo de aguantar la sonrisa. Demasiado abiertamente. Disparo. La foto ha quedado bien. Están satisfechos. Vuelven a tocarme el hombro, pero ya no con la puntita del dedo sino con la palma abierta de la mano. Me palmean.

Antes de que pueda sentarme, dos chicas me tienden otra cámara. Las chicas de Wisconsin o Illinois se besan recostadas contra una escultura. Me obligan a contemplar su beso. No me dejan elegir. Hago la foto y les devuelvo la cámara. No espero a que me muestren su satisfacción por la fotografía. Salgo deprisa del jardín. Pienso que es una temeridad ponerse delante de los ojos de cualquiera. Los ojos indiferentes, los ojos sin amor. Los ojos de un desconocido que pueden mostrarnos algo que no hayamos visto nunca, lo que se clava como esquirla de aluminio en la pulpa del ojo. Nunca hay que dejarse fotografiar por un extraño.

Reviso las fotos. Entre los cojines del sofá de casa, los ojos de hilo azul de Gladys no se dirigen hacia ninguna parte. Miro las fotos: Battery Park, Times Square, Canal Street. Para poseer la ciudad, la encajamos dentro de nuestras cámaras fotográficas. Miniaturas en los archivos de imagen. No existen pruebas de que yo estuviera una tarde en el jardín del MOMA. Dudo de si estuve alguna vez o quizá es que ya había estado allí muchísimas veces. Gladys asiente con la cabeza. Sus ojos de hilo azul no entienden nada. Yo debería buscar los míos en los álbumes de media docena de personas desconocidas.