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Frank McCourt, adiós al best-seller agrio

El autor de Las cenizas de Ángela muere a los 78 años de edad y deja una obra popular, que arremetió contra las costumbres de la sociedad irlandesa católica

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Las cenizas de Ángela se han apagado. Franck McCourt, el profesor de instituto que saltó a la fama narrando su niñez esperpéntica en Limerick, murió el pasado domingo en Nueva York a consecuencia de una meningitis que complicó el melanoma por el que estaba siendo tratado en un hospital para enfermos terminales. Tenía 78 años.

'Cuando miro mi infancia, me preguntó cómo llegué a sobrevivir', escribía McCourt en las primeras páginas de su autobiografía, 'fue, por supuesto, una infancia desgraciada. Las infancias felices no dan mucho que contar. Fue algo más que una infancia miserable corriente, una infancia miserable irlandesa e incluso peor; una infancia miserable irlandesa católica'.

Así empezaba el libro que en 1996 se convirtió en una fenómeno literario y dio a McCourt, pasados los 60, y ya jubilado, un premio Pulitzer. Las Cenizas de Ángela permaneció en la lista de best sellers de The New York Times durante más de dos años, vendió cuatro millones de ejemplares tan sólo en EEUU, 17 millones en todo el mundo y fue traducido a 17 idiomas.

McCourt, que había vivido modestamente de su sueldo de profesor de Literatura, pudo permitirse un buen apartamento en Manhattan y una casa en Connecticut, donde reparó los últimos años de su vida. Su hermano, Malachy, que también publicó su propia autobiografía, informó de su enfermedad la semana pasada.

El mayor de siete hermanos, McCourt no nació en Irlanda sino en Brooklyn, en agosto de 1939, donde sus padres emigraron buscando mejor vida. La experiencia neoyorquina no fue bien y cuatro años más tarde los McCourt volvían a Limerick.

La vida era dura, la familia vivía hacinada en un sótano sin baño ni calefacción. Malachy McCourt, el padre, cuyo alcoholismo ya había hecho fracasar la aventura estadounidense, fundía sus míseras ganancias en los pubs. Cuando se marchó a Reino Unido a trabajar en una fábrica de armamentos sentenció a sus hijos a la pobreza más absoluta, al desaparecer del mapa.

Con 11 años, el pequeño Frank tenía que robar para comer. Su dieta diaria se limitaba muchas veces a pan y té, lo que su madre llamaba con sorna una alimentación equilibrada: líquido y sólido.

A los 13 años dejó el colegió para trabajar de repartidor de telegramas y escribano ocasional. En 1949, con 19 años, cogió sus bártulos y volvió a Nueva York. Las cosas no empezaron muy bien. Su primer trabajo, en un hotel de Manhattan, consistía en cuidar a los 60 canarios que amenizaban los salones. Se le murieron 39.

Tras ser reclutado en la guerra de Corea, aprovechó la ayuda del Ejército para ingresar en la Universidad de Nueva York, donde se graduó en Literatura en 1957. Así empezó su carrera docente.

Mientras enseñaba a escribir a los alumnos de las escuelas públicas de Nueva York, McCourt albergaba sus propias esperanzas literarias. Empezó a entender la riqueza inagotable que podría darle sus tremendísimas vivencias al montar con su hermano Malachy una comedia autobiográfica, Un par de sinvergüenzas, que estrenaron en Nueva York, en 1984, en Off Off Broadway y llevaron por medio EEUU.

En la jubilación McCourt se centró finalmente en la escritura, y encontró su voz, la de un niño ingenuo, mordaz, despiadado y a la vez profundamente humano. 'Descubrí el significado de mi vida insignificante', contaría luego, ya publicadas Las Cenizas, a unos estudiantes de Long Island.

Limerick no salía especialmente bien parada en el asunto. Muchos en la ciudad irlandesa le reprocharon lo que tildaron de caricatura. 'Algunos habitantes me acusaron de desacreditar a Limerick, de criticar en exceso a la Iglesia, de mancillar el nombre de mi madre, y me amenazaron con colgarme de un poste si volvía', contó McCourt. Las cosas se calmaron cuando la universidad local le dio un doctorado honorífico.

'Creo que hay algo especial en la experiencia irlandesa, o tenemos sentido del humor o nos morimos' dijo McCourt en una de sus entrevistas. 'Es lo que nos permitía seguir adelante, más incluso que el humor, el sentido del absurdo'. Y ayudaba 'porque a veces te sentías desesperado. Cuando pasaba por momentos especialmente duros, solía decirme a mí mismo, bueno, algún día te reirás de todo esto. Pero también me decía: no, nunca pensarás que esto es gracioso, es la experiencia más horrible que he tenido. Y luego, al mirar el pasado, ves que además de gracioso era absurdo'.

Tras Las Cenizas de Ángela, que fue llevada al cine con escaso éxito por Alan Parker, McCourt publicó otros dos libros autobiográficos que tuvieron menos éxito, de público y de crítica. Lo es y El Profesor, sobre sus décadas de maestro en las aulas neoyorquinas.

El éxito no quitó a McCourt un inevitable atisbo de resquemor y amargura. 'Si no hubiera sido por el alcoholismo', dijo en una ocasión, 'mi padre hubiera sido un padre perfecto y mi madre, que cantaba canciones de amor sobre él hasta cuando había poco dinero, hubiera sido feliz. Me atormenta pensar en las posibilidades de lo que hubiera podido ser'.