Publicado: 25.04.2014 17:33 |Actualizado: 25.04.2014 17:33

La fuerza de Tito

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El 27 de abril de 2012 fue uno de los días más felices para Tito Vilanova. Sandro Rosell le nombraba primer entrenador del Barça. Tras la marcha de Pep Guardiola -en el sentido más amplio porque con el tiempo también se alejaría de su círculo más íntimo-, el técnico nacido en Bellcaire (Girona) era el elegido para dirigir la primera plantilla durante las dos temporadas siguientes.

Vilanova abría de esta forma una nueva etapa en el club de sus amores, del que ya había sido futbolista, técnico en las categorías inferiores, ayudante en el filial y segundo entrenador del exitoso Barça de Guardiola, ejerciendo de hombre tranquilo, meticuloso estratega y mano derecha de Pep, su inseparable amigo y confidente desde que se conocieron en La Masia, allá por 1984. Dos chicos de pueblo persiguiendo el mismo destino.

Hubo quien pensaba lo contrario, pero el reto no le vino grande. Con su discurso cálido, casi familiar, tomó en su presentación la vía de la prudencia, de la humildad. La que siempre había pregonado, por otra parte, incluso cuando un año antes José Mourinho le había agredido en el terreno de juego primero y humillado en la sala de prensa después.

"Voy a perder todas las comparaciones con Guardiola", aseguró el día de su presentación como técnico azulgrana"Voy a perder todas las comparaciones con Guardiola", espetó a los incrédulos. "Pero me siento con fuerza y es un orgullo que me hayan escogido". La fuerza a la que aludía Vilanova no era un mero acto de responsabilidad; seguir alargando el ciclo triunfal del conjunto catalán, sobreponerse al vacío de Pep... La fuerza a la que hacía referencia reivindicaba su propio estado de salud, mermado tras aquella operación de urgencia en noviembre de 2011. Un tumor en la glándula parótida. Un tumor que obligaría al por entonces segundo entrenador a guardar dos semanas de reposo.

Su disciplina y conocimiento de la plantilla culé hacían prever un dulce traspaso de poderes. Conocía todos los secretos de Piqué, Messi y Cesc, con los que había coincidido en los últimos cuatro años pero también como técnico del Cadete B en el curso 2001-02, cuando sólo eran tres mocosos proyectando un futuro divino. Contaba también con el cariño y respaldo de los pesos pesados del vestuario: Xavi, Puyol, Iniesta o Valdés siempre han repartido méritos a la hora de valorar su papel y el de Guardiola en la construcción del mejor Barça de la historia. Por si fuera poco, el equipo fue un ciclón en el arranque liguero y cerró la primera vuelta del campeonato nacional invicto.

Tal vez por la inercia ganadora o porque desde el club siempre se había insistido en que el técnico "estaba bien curado y libre de enfermedad", la noticia de que Vilanova era nuevamente intervenido el 19 de diciembre de 2012 sobrecogió al barcelonismo y al mundo del fútbol en general. Esta recaída, sin embargo, le obligaría a alejarse del banquillo culé durante tres meses, tiempo que invertiría en múltiples viajes a Nueva York para someterse a nuevos tratamientos. El equipo, anímicamente abatido, sobrevivió a su ausencia a través de la figura de Jordi Roura, segundo de Tito y otro de los miembros del cuerpo técnico de Guardiola.

Pudo celebrar con sus pupilos la Liga de los 100 puntos, un récord único en la historia de la entidad

Su regreso, en marzo de 2013, fue un nuevo acto de fe. Pero la rumorología sobre su estado de salud ya nunca volvió a encontrar unanimidad. Pudo celebrar con sus pupilos la Liga de los 100 puntos, un récord único en la historia de la entidad y compartido con el Real Madrid. Y si el contundente 7-0 con el que el Bayern apeó al Barça de la Champions no escoció en demasía fue, en parte, porque la vuelta del entrenador era mucho más importante que disputar una final europea.

Tras el parón estival nada hacía suponer que una nueva recaída, la segunda en menos de un año, pondría punto y final a su etapa barcelonista. Él seguía sintiéndose con fuerzas. Pero esta vez ya no las podía repartir entre el sueño profesional y la lucha vital. "Mis hijos aún me necesitan", había reconocido en alguna ocasión. Aquel 19 de julio de 2013, sólo una semana después del brutal cruce de declaraciones con el que Tito y Pep evidenciaron que algo se había roto en sus casi tres décadas de amistad, el Barça anunciaba el abandono de Vilanova en sus funciones. En mitad de la conmoción, tuvo tiempo de advertir de que "la enfermedad es sólo mía, es privada. Por eso pido respeto". Que cada cual, medio de comunicación o no, juzgue cómo gestionó esta voluntad.

Desde entonces pocas fueron sus apariciones públicas. Se le vio una vez en el palco privado del Camp Nou, por obra y gracia de un realizador curioso. También asistía con regularidad a la ciudad deportiva azulgrana para ver jugar a su hijo Adrià. Lugares donde convergían sus sueños: el fútbol, el Barça, la cantera, su familia.

El Tata Martino siempre insistió en la fatídica casuística que le llevó a Barcelona. Su honestidad no puede ser interpretada como una excusa porque, ciertamente, Tito nunca se fue. Ni se irá. Su recuerdo ha pulsado durante mucho tiempo el ánimo de la entidad. Y su lucha jamás será borrada de la memoria de quienes le conocieron personal o profesionalmente. Pero si su figura nunca desaparecerá de la historia de la entidad será, básicamente, porque su trabajo contribuyó, tanto al lado de Pep como en solitario, a que el Barça fuera el mejor equipo del mundo. El equipo al que dedicó todas sus fuerzas.