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Ganar sin ganas

El autor defiende que "el triunfo de Maruja Torres en el Nadal tiene el sabor de la pereza y del aburrimiento, tanto para ella como para el lector"

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Carece de sentido criticar la concesión de los premios más importantes de nuestro país y rasgarse las vestiduras por la distancia, abismal, que media entre las novelas galardonadas y la literatura que realmente importa. Es una pérdida de tiempo y de energía. Lo es con todos los premios menos con uno: el Nadal.

Queremos al premio Nadal. Para mí, la distinción que otorga la editorial Destino desde hace décadas es más importante que el premio Cervantes. Es el premio que mola, es el premio que acierta, es el premio que vibra.

Desde Nada, de Carmen Laforet, a Las ninfas, de Francisco Umbral, pasando por El jarama, de Sánchez Ferlosio, el premio Nadal vibró, acertó y moló. Y lo hizo porque, en aquellos días, conceder el Nadal era salvar para la historia a un escritor. No necesitaba más.

Ahora, cuando cualquier escritor de prestigio ha de tener como mínimo doscientos premios, el Nadal se ha visto rebajado a la categoría de muesca en la culata de la vanidad. El hecho de que un ganador del Planeta lo sea también del Nadal me resulta morganático y hasta obsceno.

Maruja Torres es un estupendo premio Planeta, porque todos queremos que los escritores vivan bien y se lleven el dinero. Pero el Nadal es el premio de los que tienen ganas de ser escritores, no ganas de ser ricos; es el premio de la ilusión.

El triunfo de Maruja Torres en el Nadal tiene el sabor de la pereza y del aburrimiento, tanto para ella como para el lector. Uno sabe que la novela de la escritora catalana no va a marcar la Historia de la literatura. Casi ningún premio Nadal la ha marcado, pero eso lo sabemos después de leerlos.

En este caso, honesta y respetuosamente, nos van a faltar las ganas.