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Gángsters con las pistolas por delante

Existe en Enemigos públicos una clara conciencia de lo que significó el cine de gánsters de los años treinta que anticipó el noir de los cuarenta

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Michael Mann nació en Chicago en 1943, un dato que no trascendería el mero apunte biográfico si no fuera por la importancia que esta ciudad y su tradición de fueras de la ley cobran en algunos de sus filmes. Era inevitable que Mann, uno de los cineastas que más ha renovado el cine criminal norteamericano en los últimos años, volviera los ojos a una época y un lugar que marcaron las coordenadas del subgénero.

Existe en Enemigos públicos una clara conciencia de lo que significó el cine de gánsters de los años treinta que anticipó el noir de los cuarenta. Mientras que los personajes del cine negro aparecen siempre imbuidos por un sentimiento de fatalismo y una autoconciencia de marginalidad casi existencial, los protagonistas de filmes como Scarface, el terror del hampa (Howard Hawks, 1932) o Los violentos años 20 (Raoul Walsh, 1939) se definen más por actuar que por pensar: son secos, violentos, taciturnos y directos.

Desde sus primeras películas, Michael Mann ha apostado por este tipo de personajes, que tuvieron su continuación en cierto cine de los setenta del que el director de El dilema (1999) surgió como un natural continuador. Personajes masculinos (las mujeres suelen tener poco protagonismo en el cine de Mann, y sólo como meras parejas de alguno de los protagonistas) más dispuestos a la acción que a la reflexión. Su presencia en los filmes deviene, por tanto, intrínsecamente cinemática: desde las constantes carreras de Daniel Day-Lewis en El último mohicano (1992) a los combates en el ring de Classius Clay en Ali (2001), de la disponibilidad de Robert de Niro a huir en 30 segundos de cualquier sitio en Heat (1995) al continuo viaje en taxi por la noche de Los Ángeles en Collateral (2006), pasando por los viajes en lancha motora por el océano en Miami Vice (2006) hasta las fugas, atracos, persecuciones, tiroteos y paseos que lleva a cabo Johnny Depp en Enemigos públicos, este movimiento perpetuo es síntoma inequívoco de otra característica de los personajes de Mann: son solitarios que no encuentran su sitio en el mundo, que se mueven por una incapacidad de estabilidad.

Así, la acción en Mann también acaba teniendo un componente existencial, mucho más interesante que el que desprenden ciertos intentos de neonoir a través de recreaciones de escenarios y roles del cine de los cuarenta. La apuesta explícita por el vídeo o cine digital en alta definición que ha llevado a cabo el director en sus últimas películas impide que Enemigos públicos, o cualquier otro de sus títulos, caiga en la tentación retro y en cambio subraya todavía más la desvinculación de los protagonistas con su entorno. Cine criminal de toda la vida para el nuevo milenio.