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Gaspar Llamazares: El esforzado timón de un barco que pide puerto

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'Soy médico de profesión, especialista en Salud Pública. Estoy en la política no como profesión, sino como compromiso en una determinada etapa de mi vida'. Esa tarjeta de visita que Gaspar Llamazares (Logroño, 28 de noviembre de 1957) dio a finales de enero a unos jóvenes estudiantes de Formación Profesional no la entregado nunca, tal cual, a la prensa. A pesar de sus múltiples comparecencias. Quizá porque el hoy candidato de Izquierda Unida a la Presidencia del Gobierno emplea todo su tiempo en hablar de sus sueños, de sus proyectos, de sus exigencias al PSOE, de sus diatribas al PP. Quizá porque Gaspar Llamazares se ha vaciado de sí mismo en la exposición pública para dejar paso al nosotros.

Le cuesta el yo. Y pretende al colectivo. Es la esencia, al fin y al cabo, de su vida, desde su niñez. Segundo de seis hermanos, se trasladó de pequeño a Asturias, el anillo rojo y obrero de una España gris y atrasada. Después, los estudios en Medicina, en Madrid y Oviedo, cuando arraiga con fuerza la preocupación por los otros. Se rebela. En la revista Bocetos, que funda con otros compañeros, Llamazares intenta imbricar a la Medicina de una visión social de la que carecía. 'Estaba harto de que nos inquietasen más los órganos que las personas. Aún hoy', lamenta el coordinador, 'la carrera está manchada de esa formación científico-biologicista'. Fue ese gusano social el que le decidió a marcharse a Cuba a estudiar un máster en Salud Pública en La Habana.

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La semilla política germinó. Estaba cantado. A primeros de los ochenta, ya dentro del cinturón del Partido Comunista de Asturias, intentó compatibilizar la actividad pública con la docencia de Medicina en las universidades de Santiago de Compostela y Cazoña (Cantabria). Pero antes o después había que decidirse y dar un paso más. Quería cambiar las cosas, y eso sólo era posible desde la política. Ascendió, creció en un PCE seriamente baqueteado por los resultados electorales. Enfrente, un omnipotente PSOE subido a la montaña rusa del triunfo absoluto.

Tocaba reconstruir la izquierda alternativa a Felipe González, ahora desde la plataforma Izquierda Unida. En 1988 Llamazares alcanza el poder: secretario general de los comunistas asturianos y coordinador regional de la nueva coalición. En 1991 obtiene acta de diputado en la Junta General del Principado. En 1995 ya es candidato a la Presidencia de Asturias. En 1999, otra vez la lucha por el Ejecutivo regional.

Hasta 2000. Madrid le reclamó. IU había cambiado. La etapa de Julio Anguita se había liquidado. Con él, la pinza con el PP, el sorpasso, la cantinela de las dos orillas y la brutal rivalidad con el PSOE. La experiencia de Paco Frutos también se saldó con fracaso. La VI Asamblea Federal le ungió como coordinador general. Tenía el poder de la federación y un acta de diputado por Asturias en el Congreso. Desde entonces, nada ha sido fácil. Después de acompañar en la oposición al PSOE en la etapa de mayoría absoluta de José María Aznar, las urnas le castigaron en 2004 hurtándole cuatro escaños y reduciendo el grupo parlamentario a cinco únicos diputados.

Pero el 14-M le dejó, a pesar de todo, en una posición privilegiada: por primera vez IU podía 'influir' en La Moncloa. Se convirtió en un 'socio preferente' de José Luis Rodríguez Zapatero. Harían juntos las grandes leyes sociales de la primera fase de la legislatura, hasta que el PSOE creyó que era conveniente rotar de aliados. Se enamoró fugazmente de CiU y PNV, luego los perdió. El presidente volvió a mirar al final a IU-ICV, que le salvó la memoria histórica y los Presupuestos de 2008. La legislatura 'reformista', pero 'insuficiente', acababa con Llamazares (y Joan Herrera) de nuevo de colaborador. Pero nada era ya igual. Gaspar ya no quería, ni quiere, que el Gobierno socialista de 2008 juegue a dos bandas. Acentúa la 'disyuntiva' que tiene Zapatero ahora: o pactar con los nacionalistas o con ellos. La especial coyuntura de 2004 no es repetible.

Tampoco IU ha permanecido tranquila. Aunque la calma interna siempre fue una utopía. Llamazares ha sufrido la feroz contestación de quienes, en el aparato del PCE, le acusaban de 'entreguismo' al PSOE, de haber desfigurado la faz pura de IU. El partido le retó a unas primarias. Gaspar las ganó, con la contundencia del 62,52% de apoyo de la militancia. La pax, con todo, aún no ha llegado. Todos aguardan el siguiente asalto, el del post 9-M, el de la IX Asamblea General. Entonces habrá que ajustar cuentas. Comprobar si la estrategia del coordinador, dura con el PSOE pero al mismo tiempo colaboracionista con él, es la que quiere IU.

Llamazares sigue aferrado a ese nosotros. Detesta hablar de crisis internas, menudear con los enfrentamientos que salpican a la organización. Eso le colocaría en un yo frente al ellos, algo que le espanta y que diverge del espíritu genético de IU. No critica ni acusa en público, ni polemiza con los tiempos de Anguita, el coordinador que le dejó un agujero de 13 millones de euros como legado y una federación fragmentada que ha intentado unir. Busca dar golpes de autoridad, respirar sin agobios, reforzarse como candidato y como líder. Compleja tarea. El iceberg de IU es tan pesado y tan frágil que los puñetazos en la mesa no salen bien y no garantizan la calma.

En este tiempo, el coordinador ha explotado su mejor arma: trabajo, trabajo y trabajo para hacer de IU una fuerza visible ante los ciudadanos y unos medios siempre liados con la dinámica bipartidista. Sabe que no le sobra carisma, ni derrocha sonrisas. Le acompaña un perenne gesto adusto, reflexivo. Gana en la distancia corta, pero no consigue liberarse de esa faja del nosotros. No puede hacerlo. El suyo es un compromiso personal, pero su proyecto siempre será colectivo. Y espera que vaya a más. De ahí el lema que ha elegido para esta campaña: LlamazarES + izquierda. Más gente, más compromiso, más exigencia, más capacidad decisiva en el Ejecutivo socialista, más pluralidad. Un nosotros más grande. El yo no le importa, aunque a veces lo acaricie. Le haría falta para domeñar una federación viva, difícil e irredenta. El tercer barco invitado a la política española que pide un puerto estable al que arribar. Un suelo, de una vez por todas, sólido.