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Gerard Mortier cree que "ser transgresor es una obligación"

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Acaba de comenzar su andadura al frente del Teatro Real con el estreno de "Eugenio Oneguin" y Gerard Mortier no esconde su voluntad de transgredir las convenciones para acabar con el estancamiento y la comodidad musical y suscitar así emoción y reflexión en el público español.

"Soy un transgresor, todos los que trabajamos en el arte deberíamos serlo. Ser transgresor es una obligación" para conseguir que el mundo y el pensamiento avancen, explica el nuevo director artístico del Teatro Real en una entrevista con Efe con motivo de la publicación de su libro "Dramaturgia de una pasión" (editorial Akal).

Entiende la ópera como espejo social, como espacio de reflexión activa que sirve para "redescubrir qué dicen las emociones profundas", ésas que los europeos no dejamos aflorar.

Por eso, su objetivo prioritario es que la ópera zarandee al público hablándole sin tapujos de la vida, de los temores, de la alegría e incluso de las pesadillas más fatales, aunque no sean mensajes bienvenidos.

"Me gusta convencer al público, no me gusta chocar o matar al público, me interesa convencerle como un abogado", sostiene el director artístico del Real.

Eso sí, siguiendo su máxima de que la ópera ha de suscitar emoción, prefiere la discusión y el desencuentro a la abulia: "Prefiero la protesta a que la gente se duerma", asegura.

De hecho, durante la presentación de su libro a los medios de comunicación, Mortier ha augurado que recibirá muchas críticas en Madrid por la ópera "Montezuma" y que "Rise and fall of the city of Mahagonny", una obra sobre el consumismo y la basura, resultará muy polémica.

Sus planes para el Teatro Real pasan por desterrar la "comodidad" de programaciones centradas en el siglo XIX para introducir "un poco más de música del siglo XX", gran desconocida para el público, a quien quiere ayudar a "buscar y entender" un arte que no resulta sencillo porque "la educación musical no existe actualmente".

Mortier está convencido de que el siglo XX ha producido más óperas interesantes que el XIX y denuncia que los centros operísticos europeos sólo le dedican el 15 por ciento de su programación.

Frente a la comodidad, propugna la revolución -no sangrienta-, aunque concede que a la hora de ejercer su labor tendrá muy en cuenta el espíritu del Teatro Real, en el que le gustaría explorar cómo la cultura española ha influido en Europa.

El director artístico se siente halagado por que el hecho de que el público español lo haya recibido con expectación, "una buena reacción", y no le "perturba" que la "prensa de derechas" no esté muy contenta con su llegada.

En su concepción artística no pesa la fuerza de los grandes nombres propios, ni tiene espacio el recurso del bel canto vacío de significado, sino las obras que se convierten en estrellas como resultado de un trabajo en equipo.

Tras más de 30 años dedicado en cuerpo y alma a la ópera, Mortier sigue disertando sobre este arte con una pasión que ni siquiera su español incipiente consigue nublar.

Acaba de poner en marcha su primera andadura artística al frente del Teatro Real, la de 2010-2011, y fuentes de la institución sostienen que trabaja con tanta dedicación que ya tiene cerrada la temporada 2011-2012 y que en la actualidad estudia cómo perfilar el que será su tercer año en el centro madrileño.

Uno de sus objetivos en Madrid es hacer popular a la ópera, ni elitista ni populista, es decir, concebir programas que tengan la "capacidad de emocionar a mucha gente" y para ello espera atraer a un público más joven al Teatro Real.

En su camino por lograrlo mantiene siempre en la mente a Mozart, "el Shakespeare de la ópera", y la firme convicción de que el canto fue, y sigue siendo, la primera forma de comunicación humana, "la expresión del alma".