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Grecia se olvida del futuro

Los helenos han caído en el fatalismo ante las negras perspectivas económicas

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De un país de sol y vacaciones, Grecia está pasando a ser un país de incertidumbre y miedo al futuro. La crisis sin precedentes por la que está pasando afecta gravemente a todos los aspectos de la vida cotidiana de la gente de todas las edades. Se habla de una generación perdida, de unos diez años –o más– desperdiciados hasta que el país se recupere; se habla de quiebra; de salir del euro y del regreso al dracma. Pero no se habla del futuro. La falta de confianza hacia el Gobierno elegido y el gobierno “de facto”, como se considera ya a la famosa troika (el trío compuesto por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y Bruselas), se demuestra sin prudencia, pero sí con humor. El primer ministro, Yorgos Papandreu, la canciller alemana, Angela Merkel, y el ex director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn se han convertido en personajes identificados con el robo, la mentira y la catástrofe.

Hace tiempo que no sale en Grecia ninguna encuesta que refleje si la gente prefiere volver al dracma o seguir en el euro. Y no es porque no se hable de eso, sino porque en realidad nadie puede adivinar cuál de las dos opciones es realmente mejor. “Si volvemos al dracma los precios se dispararán, no podremos importar productos básicos, como alimentos”, dice Pavlos, de 32 años. “Al contrario” –discrepa Panagiotis, de 29 años–, el país será más competitivo en los mercados. Y por fin saldremos de la incertidumbre”. Como siempre, la realidad está en algún lugar en el medio.

No obstante, con euros o dracmas en el bolsillo, la crisis se vive en la calle, en la familia, en el trabajo. Las medidas de austeridad y los recortes que se anuncian diariamente aumentan el ambiente de inseguridad, tanto en la calle como en la psicología de la gente. “Sí que hay problemas económicos, pero también hay ‘terrorismo’: ¡No planees, no compres, no gastes, no sueñes! Lo estamos viviendo difícilmente, pero aún más dificil es soñar con el futuro. Si hasta ahora los jóvenes se iban de su casa a los 30 años, ahora veo que no se van a ir hasta que lleguen los 50. Porque claro, si cobras 700 euros al mes, no puedes vivir en una casa solo”, dice Dimitris, de 27 años, dependiente. La gente que cobra 700 euros al mes, los setecientoeuristas (equivalentes a los mileuristas en España), se consideran privilegiados, si se tiene en cuenta que el salario mínimo en Grecia son 591,65 euros brutos.

Kostas, funcionario de 49 años, habla de las dificultades para educar a sus hijos: “Tengo dos hijos, de 15 y 17 años. Si tienes en cuenta que sólo para sus escuelas complementarias (una suerte de clases extraescolares prácticamente obligatorias para aprobar las asignaturas, pero que hay que pagar por separado) necesito unos 1.200 euros mensuales, entiendes que apenas llegamos a final de mes”.

La vida de los griegos se ha visto afectada no solamente en lo relativo al consumo de productos de lujo, sino también en cosas que hasta hoy se consideraban “cotidianas” como un café, una caña, ir al cine o comprar en el mercado del barrio. Despoina, estudiante, habla de cómo la crisis afecta su vida: “Solía ir a la cafetería con amigos para relajarnos, pero ahora el precio de los billetes de los medios de transporte, el aumento del IVA y los recortes en mi trabajo de jornada parcial han hecho que la única solución sea estar en casa y ver una peli. De ir de compras, ni se habla”. En Grecia una caña cuesta de 3 a 6 euros, un café de 3 a 4,5 euros, el billete del autobús (valido para todos los medios de transporte durante una hora y media) 1,40, y la entrada de cine de 8 a 12 euros.

El aumento del IVA en los productos alimentarios del 13% al 23% que se aplicó el 1 de septiembre ha creado cierta inseguridad en los comercios. Eleni, comerciante de 42 años, declara que es imposible asumir este aumento, que al final tendrá que pasar al cliente: “Hemos hecho un esfuerzo tremendo para sobrevivir durante la crisis; este aumento en el IVA es la gota que colma el vaso. No queremos que los clientes paguen por un café 50 o 70 céntimos más, porque los vamos a perder como clientes, ¿pero qué se puede hacer?”.

“Llevo siete meses sin trabajo y vivo en la antigua casa de mi madre que se murió hace años”, dice Konstantinos, de 27 años. “Con la nueva tasa inmobiliaria –que el Gobierno anunció la semana pasada– tendré que pagar unos 600 euros por mi propia casa. ¡Dime tú cómo lo voy a hacer!”. Por otro lado, hay voces que hablan de huir de las ciudades hacia el campo y buscar nuevas perspectivas. Giorgos, de 67 años, no lo descarta: “Cobro una pensión de 760 euros. Planteo dejar mi casa en Atenas a mis hijos y mudarme al pueblo, donde hay más calidad de vida y menos gastos”.

Algunos dicen que la crisis afecta gravemente al bolsillo de los griegos pero aún más a sus valores. La cohesión social se ve amenazada por la falta de confianza, por la incertidumbre, por el exceso de prudencia y el pesimismo.