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Guerrilleros colombianos matan a diez futbolistas en Venezuela

Combatientes del ELN marcan su territorio en un estado fronterizo con Colombia

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Un nuevo capítulo de violencia sacude la frontera de Venezuela y Colombia, un territorio donde la vida vale muy poco: unos cuantos pesos, unos cuantos bolívares. El hecho ya fue bautizado con un nombre que no se olvidará en mucho tiempo: la masacre de los futbolistas del Chururú.

El pasado día 11, dos equipos amateurs improvisaron un terreno de juego en medio del barrio Costa Rica del Chururú. En un lado, los Maniseros, un equipo compuesto por vendedores ambulantes, la mayoría colombianos. En el otro, una formación local. Y medio pueblo disfrutando del espectáculo. Hasta que cuatro vehículos irrumpieron y de ellos descendieron 20 hombres armados, con uniformes verde oliva, botas negras de caucho e insignias del Che Guevara.

En ese triángulo del Táchira opera el Ejército de Liberación Nacional (ELN), guerrilla colombiana fundada por el español Cura Pérez. Aplican vacunas (impuestos revolucionarios) a comerciantes, extorsionan y venden protección. En la frontera, elenos (soldados del ELN) paracos (paramilitares colombianos), faracos (miembros de las FARC) y bolillos (venezolanos del Frente Bolivariano de Liberación, guerrilla próxima a las tesis de Chávez), actúan con impunidad.

Todos los jugadores fueron reducidos y tumbados en el suelo. El líder del escuadrón, ayudado del acta arbitral, pasó lista y separó a los maniseros, llamados así porque se dedicaban a vender maní (cacahuete), dulces y bisutería en los autobuses. Los 12 jugadores, maniatados con cordeles de zapatos, desaparecieron a bordo de los vehículos. Durante casi dos semanas, los jóvenes permanecieron encadenados debajo de un puente, 'custodiados por 18 hombres fuertemente armados, liderados por uno a quien llamaban Comandante Payaso'.

Estas palabras, recogidas por funcionarios de la Gobernación y habitantes de la zona, pertenecen a Junior Cortez, el único superviviente de la masacre. Junior fue encontrado el sábado de madrugada, malherido, con un disparo en el cuello. Un milagro. 'Dijeron que nos iban a liberar y nos separaron en grupos. Nos llevaron a sitios diferentes para matarnos', explicó. Posteriormente, les tumbaron boca abajo y dispararon a quemarropa.

Los diez fallecidos (ocho colombianos, un venezolano y un peruano) padecieron 'una especie de ritual para marcar territorio', señaló a Público Leomagno Flores, secretario general de Gobernación del Táchira. Otro joven continúa desaparecido. Los funcionarios adelantan distintos móviles, aunque el que cuenta con mayor predicamento parte de una riña previa entre maniseros y un guerrillero, quien se llevó la peor parte. 'Creo que tal barbarie obedece a una razón superior a la venganza', aventura Flores.

También se baraja que los jóvenes fueran pequeños delincuentes, exterminados en 'acción profiláctica' de alguno de los grupos que operan en la frontera. Incluso, añade Flores, 'que se hacían pasar por miembros del ELN'.

“Hago un llamado al Gobierno de Venezuela para que por encima de cualquier diferencia busquemos proteger el derecho a la vida de colombianos y venezolanos”, declaró ayer Uribe en un intento de evitar una nueva trifulca entre ambos países y de aclarar la matanza.

El Gobierno de Chávez, que trasladó al superviviente a un centro protegido de la capital venezolana para preservar su vida, atribuye la ejecución a los paramilitares, en “un episodio más del conflicto colombiano”, según el vicepresidente Ramón Carrizález. Los cadáveres serán repatriados a Colombia en un avión del Ejército. La nueva polémica estalla horas antes de que el presidente Lula da Silva, estrella política del momento junto a Obama, viaje a Venezuela. “Trabajaremos en la integración Venezuela-Brasil”, dijo Hugo Chávez.