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Habitación con vistas a un campo de golf

En Potchefstroom se respira tranquilidad y comodidad europea

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La psicosis del terror ha pasado. En Potchefstroom, la población universitaria donde la selección ha instalado su campo base, no se respira el miedo. La sugestión del primer día y poco más. Los plumillas han pasado del pánico a la temeridad. Ya salen a comer con tranquilidad sin mirar a cada lado y alguno hasta se anima a pasear solo de noche por los alrededores de su residencia, la prohibición más repetida por la colección de guías con la que desde diversos frentes nos inyectaron esos temores que hoy cuesta expulsar del cuerpo. En Potchefstroom es más fácil saltársela.

El centenar de periodistas que acompaña a la roja está repartido en cuatro hoteles. Un pequeño grupo no superó la prueba de dormir en un privilegiado complejo de bungalows a las afueras del pueblo, muy aislado, y prefirió renunciar a la comodidad y la holgura con tal de vencer la sensación de soledad. Hoy, vista la calma, se arrepienten de ese precipitado trueque de la suite a la caja de cerillas. Otro grupo, el más cercano al complejo universitario donde se instala la selección, ya hasta sonríe cuando los paisanos que regentan su pensión les dan las buenas noches a las nueve y media y les abandonan camino de su casa.

Mi grupo, el más numeroso, ha tenido más suerte. Descansa (es retórica) en un acogedor hotel de amplias habitaciones. No hay verjas electrificadas ni coches de policía a la puerta. El riesgo que transmite es más de uso europeo: que una pelota de golf rompa el cristal de tu cuarto. La ventana da a un campo donde desde primera hora de la mañana, con cochecitos y todo, unos cuantos surafricanos con pinta de adinerados, todos blancos, se hacen unos hoyos. De algún lado debía salir tanto buen jugador surafricano que en la lista de la PGA.

El hotel cuenta con 36 empleados. Seis blancos, en tareas de organización y recepción, y treinta negros. Éstos por el sueldo mínimo oficial 2.400 rands (255 euros) más, según asegura el propietario, buenos incentivos. Pese a todo, atienden con una cordialidad extrema. En la calle la ciudad tiene medio millón de habitantes y clara influencia holandesa, vive de la agricultura, la minería (oro) y servicios y alberga una universidad multirracial de prestigio se ven por igual negros y blancos. Eso sí, salvo el domingo en una mesa de tres chicas jóvenes, siempre por separado.

Durban, donde llegamos ayer, es otra cosa.