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¿Qué hay que hacer para ser científico?

La ciencia se juega en equipo. Como los ladrillos de una pared o los adoquines de una carretera

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Érase una vez una persona curiosa, intrigada por el mundo que le rodeaba y por lo que había más allá de ese mundo. Se dedicó con empeño y tesón a intentar descubrir por qué pasaban las cosas que pasaban. Se atrevió a contradecir lo que todo el mundo pensaba y no se detuvo cuando le dieron la espalda. Se granjeó muchos enemigos y fue condenada por sus ideas. Esa persona se llamaba Galileo Galiei, pero también pudo llamarse Miguel Servet o Giordano Bruno. Todos ellos dedicaron su vida a la ciencia, unos con mejor fortuna que otros, y contribuyeron a que hoy sepamos que la Tierra se mueve, que hay más mundos aparte del nuestro o que la sangre circula por nuestro cuerpo.

No está muy claro quién fue el primer científico. Algunas fuentes apuntan a Egipto y Babilonia como importantes precursoras del conocimiento científico; otras señalan a los griegos antiguos, con nombres como Eratóstenes, el primero en medir el tamaño de la Tierra, o Euclides, que descubrió que los números primos eran infinitos; y otras toman como punto de partida el Renacimiento para hablar de ciencia en el sentido moderno del término: Galileo Galilei, Copérnico o Kepler, entre otros.

De modo que, ¿quién fue el primero? No se sabe, pero tampoco importa. La ciencia se juega en equipo. Como los ladrillos de una pared o los adoquines de una carretera, el esfuerzo y los logros de unas personas hacen posible que los que vienen detrás puedan avanzar y continuar lo que ellos empezaron. Algunos se hicieron más famosos que otros, igual que el delantero de un equipo de fútbol se lleva los laureles cuando mete un gol. Pero ese delantero no es nadie sin un compañero que le dé el pase.

El ímpetu por conocer debe ir acompañado de paciencia, tesón y tozudez 

La historia está llena de grandes descubrimientos anónimos. ¿Alguien sabe el nombre (si es que lo tenía) del primero que descubrió el fuego? Pero la lejanía en el tiempo no es el único problema para conocer la autoría de los hallazgos, que en el caso del hombre prehistórico están rodeados de controversia acerca de si se pueden considerar o no ciencia.

En algunas ocasiones ha sido la propia sociedad la que ha ocultado y dificultado la labor de sus científicos, como en el caso, particularmente, de las mujeres. Como decían en aquel programa de televisión: 'Por 25 pesetas, mencione el nombre de mujeres científicas anteriores a Marie Curie, como por ejemplo Hipatia de Alejandría.

¿Qué hay que hacer para pertenecer a ese grupo de gente que ha aportado su grano de arena en el interminable camino hacia el conocimiento? Independientemente de los estudios que se realicen y la trayectoria académica de cada uno, lo más importante es tener curiosidad y querer convertirse en un buscador de secretos universales, un descifrador de misterios.

El ímpetu por conocer debe ir, no obstante, acompañado de grandes dosis de paciencia, tesón y tozudez. Los experimentos rara vez salen a la primera y no hay que abandonar ni desanimarse al primer fallo. Cuando hablamos de paciencia, madre de la ciencia, y tesón hay que ser consciente de que los problemas no se presentan únicamente dentro del laboratorio. El espíritu crítico del científico le lleva, como ya hicieron colegas suyos como Galileo, a dudar de lo establecido, a contradecirlo si es necesario y a intentar lograr lo que otros consideran imposible.

El trabajo de esas personas curiosas, pacientes y tenaces ha hecho que se pueda mandar una pregunta, o casi cualquier cosa, por internet, y la respuesta se podrá leer en una pantalla digital, aparato que ni Leonardo da Vinci habría podido llegar a imaginar.

¿Por qué hay científicos? Por la curiosidad, por las ganas de contradecir a los demás (que a veces es de lo más divertido) y por seguir probando cosas nuevas. Además, no hay que olvidar que la ciencia está por todas partes, aunque a veces ni se nota. Y ahí está el truco.