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¿Hay vida fuera del euro?

Grecia se enfrenta al gran dilema: recuperar su soberanía económica o mantener el aval de la moneda única.

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El pasado miércoles, en pleno apogeo de la crisis del referéndum griego, el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) tomó la decisión de abortar su salida al mercado para captar 3.000 millones de euros en bonos a diez años que iban a ser destinados a Irlanda. En teoría una minucia, si se tiene en cuenta que, pocos días antes, los 17 países de la zona del euro habían anunciado su decisión de avalar con hasta un billón de euros al FEEF. Bastó sólo el anuncio del referéndum griego para que el dinero saliera en estampida y convirtiera en certeza el riesgo de no cubrir la emisión de los bonos de la eurozona o bien de hacerlo a un precio prohibitivo.

Al día siguiente, el mayor banco francés, BNP Paribas, anunció una reducción de sus beneficios en el tercer trimestre del año del 72%, como consecuencia de su decisión de depreciar en un 60% el valor contable en sus libros de su deuda griega (2. 100 millones de euros). Lo que no es otra cosa que reconocer que considera que su cartera de bonos griegos es incobrable. Más aún, explicó que había hecho lo mismo con 116 millones de su cartera de bonos de empresas griegas y que había vendido 1.900 millones de euros de su deuda soberana griega, 8.200 millones de títulos italianos y otros 2.500 millones de españoles. En total, nada más y nada menos que 12.000 millones de euros.

Es difícil imaginar un mejor ejemplo para ilustrar lo que ocurriría si los griegos rechazaran el plan de rescate de Grecia diseñado por la Unión Europea y se salieran de la moneda común. Con el dinero huyendo en desbandada hacia el dólar y el franco suizo, es un escenario que muchos economistas prefieren ni siquiera imaginar: '¿Si hay vida fuera del euro? Esa sigue siendo una pregunta muy peligrosa, por mucho que se diga que puede hacerse ordenadamente. ¿Controlar el pánico y evitar el contagio de una suspensión de pagos griega a Irlanda y Portugal, primero, y a Italia y España después?', se pregunta con la camisa al cuello el catedrático de Economía de la Universidad de Granada Santiago Carbó.
Parecido es el razonamiento de otro economista también muy pegado al mercado desde su posición en la consultora Intermoney, José Carlos Díez. 'Bancarrota va a haber, si es que es absurdo. El tema es si se hace dentro del euro con apoyo financiero, o fuera con un escenario muy traumático en el que los inversores irían a protegerse al dólar, al yen japonés y al franco suizo', asegura.

Todos los economistas coinciden. Con Grecia fuera del euro, el futuro inmediato  de Europa es, parafraseando al catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid Santos Juliá, 'muy negro'. Como él, todos coinciden en señalar que no sólo desde el punto de vista económico: 'No sólo pondría en cuestión su capacidad para hacer frente a las crisis. ¿Quién se iba a creer su modelo de integración?'.

En cambio, una vez establecido que la salida del euro de Grecia sería catastrófica, donde si hay diferencia es en el camino a seguir. Juliá, Carbó y Díez apuestan por la compra de deuda griega para minimizar el daño a sus acreedores, 'si no, generamos un precedente muy peligroso para el futuro', dice Carbó.

Y si Juliá asegura que 'lo que hay que hacer es ampliar la circulación de dinero y que detrás haya una garantía sólida e importante en términos cuantitativos de la UE', Díez es más drástico: 'Sólo hay una salida a la crisis, que el Banco Central Europeo compre todos los bonos que hay en el mercado y luego empiezas a discutir. Primero disparas y luego preguntas'.

En cambio, muchos otros economistas, independientemente de la escuela de pensamiento a la que se apunten, coinciden en que la solución al problema griego pasa inexorablemente por la condición previa de que los acreedores de su deuda asuman que han perdido su dinero.

'Lo que se puede y se debe hacer es reducirlo a un problema de los bancos y de los particulares tenedores de bonos. Simplemente que tengan que perder su dinero, como lo perdieron en Argentina', dice desde la madrileña Universidad Carlos III su catedrático y también miembro de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea) Antonio Cabrales.

Algunos, incluso se atreven a ir más lejos, como el director de la Cátedra Jaime Vera de la Universidad de Zaragoza, José Manuel Lasierra: 'Será un atrevimiento de un economista de provincias, pero la deuda es impagable. No la griega, la que hemos incurrido todos. El endeudamiento de los bancos es tal que todo lo que cojan lo absorberán. Así que la solución es hacer una quita general en Europa, de todos los países'.

En definitiva, que se reduzca el volumen de la deuda a costa de que sus acreedores acepten las pérdidas, para, 'a partir de ahí, con las cuentas saneadas entre comillas, empezar a funcionar', apostilla.

Asuman las pérdidas los bancos, los fondos de pensiones, y los particulares tenedores de bonos, o las asuman los contribuyentes, donde no hay diferencias es en el siguiente paso que se debería dar: la creación de un verdadero Tesoro europeo que, en palabras de Manuel Lasierra, 'ponga en marcha la maquinita de hacer dinero'. Y no sólo es una cuestión de medios materiales, añade Juliá, sino 'de credibilidad de las instituciones europeas'. 'Se tendría que permitir la emisión de bonos europeos, sería uno de los símbolos más claros de que hay una voluntad de caminar hacia un Tesoro común', afirma el catedrático.

Desafortunadamente, también todos coinciden en que no parece muy probable que este paso decisivo se dé. Un Tesoro común implicaría que los países acepten ceder soberanía a una política fiscal común, y también unos presupuestos europeos mucho mayores que los que hay
actualmente, fuera, además, del control directo de los gobiernos nacionales. 'No parece que las cosas vayan por ahí', dice Juliá.