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Hazañas bajo el polvo en el Tour del sufrimiento

Los forzados de la carretera recoge las crónicas de Albert Londres de la carrera

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Cuenta Albert Londres, uno de los grandes reporteros franceses de principios de siglo cuando el periodismo y la literatura tenían menos fronteras, su experiencia en una carrera que se le había ocurrido montar a un periódico para vender más ejemplares. Alberto Londres llegó al Tour de Francia de 1924 como si no tuviera noticias de qué era aquella locura en la que los ciclistas comenzaban la etapa a la madrugada y la terminaban más de 20 horas después. Un mes entero jugando con la épica por las cunetas y el polvo diario, ciclistas a la espera de un baño para recuperar su cara.

La hazaña no se retransmitía en directo. Los héroes se construían a golpe de crónica y Albert Londres montó unos cuantos, gracias a su tono trágico, a su fijación en la anécdota inaudita del sin sentido: 'A los chicos se les prometieron premios, no camillas', escribe al final de una de las jornadas más largas. 'Tienen el sol, tienen el polvo, tienen las nalgas sobre el sillín desde las dos de la madrugada y son las seis y media de la tarde', otro día.

Los personajes que aparecen por las páginas de Los forzados de la carretera (Editorial Melusina) son una tropa de cadáveres encorvados y huesudos, poco ilusionados con su trabajo y hartos de un sufrimiento necio a las puertas de los orígenes del espectáculo deportivo. El periodista tiene un especial olfato para las situaciones más excéntricas: 'Un corredor está detenido en la carretera; no repara su bicicleta, sino su rostro. Sólo posee un ojo vivo, el otro es de vidrio. Se saca su ojo de vidrio para quitarle el polvo: 'Sólo hace cuatro meses que lo tengo, todavía no estoy acostumbrado'. Se trata de Barhélemy. Lo perdí por culpa de una piedra suelta en la carretera. Tapona su órbita'. Y así se edificaba un mito de carne, hueso y heridas.

'Aquí tenemos a una fiera que devora con ferocidad caucho al borde de la carretera. Es el maillot amarillo, Bottecchia. Ha pinchado y, para ir más rápido, arranca el neumático con los dientes'. Bottecchia ganaría aquella edición del Tour, con un tiempo de 226 horas, 18 minutos y 21 segundos. Nadie se libraba de la mala suerte, todos estaban obligados a arreglárselas solos. Nadie estaba libre del dolor. Perdían las uñas de los pies, la piel se pegaba a los calcetines, a los calzones, 'estamos en carne viva'. Y el dopaje era abierto: 'Esto es cocaína para los ojos, esto otro cloroformo para las encías ¿Y píldoras? ¿Quiere ver píldoras? Aquí tiene píldoras'.