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Un historiador evoca los dos incendios del Archivo de Indias en el Siglo XX

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El profesor Manuel Romero Tallafigo, que fue testigo del conato de incendio de 1982 en el Archivo de Indias, recrea este suceso y el incendio de 1924, que destruyó varios legajos en el archivo sevillano, en su libro "De libros, archivos y bibliotecas", VII Premio Internacional Agustín Millares Carlo.

En su obra, con el subtítulo de "Venturas y desventuras de la escritura", el autor abarca, desde la aparición de la escritura, cuarenta siglos de historia y repasa la destrucción de la legendaria Biblioteca de Alejandría, el incendio de la Real Biblioteca de El Escorial y la destrucción del Archivo General de España en 1939 por unos niños que jugaban con cerillas al lado del edificio, entre otros hechos.

Profesor de la Universidad de Sevilla, Tallafigo dijo a Efe que cuando presenció el conato de 1982 en el Archivo de Indias sintió que le entraban "mil ataques" porque "tú ves una vida en los documentos, una máquina del tiempo que puede desaparecer."

En aquella ocasión fue un albañil que dejó una tabla sobre uno de los focos que iluminan los techos lo que provocó las llamas que los mismos conserjes sofocaron sin que fuese precisa la intervención de los bomberos, a diferencia del incendio de 1924, cuando el humo salió por las ventanas alertando a la población y las llamas casi devoraron una estantería y destruyeron varios legajos.

Durante decenios, y hasta su reciente restauración, esa zona del Archivo de Indias, en su sección de Contaduría de Indias, ha seguido oliendo a chamusquina y aún se conservan legajos "tostados".

"La antigüedad se come los documentos", sentenció el historiador, quien en su libro advierte de "las increíbles causas, fortuitas o providenciales, de los desastres en los archivos y bibliotecas, incluso en los más custodiados y vigilados", como sucede con el de Indias y, como ejemplo puso el de Colonia (Alemania), recién engullido por el enorme socavón provocado por unas obras próximas.

Del peligro que representaba el fuego fue consciente Felipe II, quien prohibió que en el Archivo de Simancas se emplearan braseros ni en invierno, hasta el punto de que un inglés dejó constancia de que en las mesas de este archivo, los días más crudos, "se helaba la tinta", de modo que hasta 1864 Isabel II no permitió que entrara allí un brasero.

En el de Indias entraban braseros en invierno, pero una norma obligaba a encenderlos fuera del edifico y a cubrirlos de una capucha de barro agujereado desde el momento de su entrada.

En el capítulo "Tiempos nuevos, memorias nuevas" enumera quemas documentales como la efectuada por los zapatistas en 1994, la del Archivo de la Corona de Aragón en 1936 "por el solo hecho de tener en su título oficial la palabra Corona", así como las llevadas a cabo durante la Transición, como los de la Dirección General de Seguridad, de varios Gobiernos Civiles y de Jefaturas Provinciales de Falange.

La eliminación de documentos durante la Transición no se debió sólo a gente de derechas, sino también de izquierdas, según Tallafigo, quien ejemplificó con quien no quisiera que se supiera, por ejemplo, "que su padre había sido falangista".

Tallafigo también consigna en estas páginas la sorpresa que le causó ver firmas autógrafas de San Ignacio y Santa Teresa, expolio de documentos mutilados, en sendos medallones decimonónicos conservados en el Tesoro de la Catedral de Toledo.

El historiador ha rastreado para este libro citas que hoy pueden parecer inauditas, como una de Rousseau de una conferencia sobre la importancia de las artes y los oficios, en la que el pensador francés muestra su alegría por la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, ya que, argumentaba, los libros traen ideas y éstas, revoluciones.

Por Alfredo Valenzuela