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El historiador ante su historia

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Uno de los derechistas presos en la sacristía era, a sus 18 años –nació en 1917–, mi padre, lo que significa que, de haber acabado [los rojos] con sus vidas, yo no existiría y el lector no tendría este libro en sus manos. Son los riesgos de hacer historia del pasado reciente: se puede encontrar uno con cualquiera”. Esta frase, intrigante paradoja a la vez que memoria familiar, forma parte del capítulo Los historiadores también tenemos historia, que sirve como prólogo al libro Masacre. La represión franquista en Villafranca de los Barros (1936-1945). Francisco Espinosa, premio de Memoria Histórica de la Junta de Andalucía y reputado investigador sobre la Guerra Civil y la represión en el suroeste español, bucea en esta obra en la feroz carnicería desatada por las fuerzas rebeldes en Villafranca de los Barros (Badajoz), el pueblo en el que él mismo nació en 1954.

El interés del libro no sólo reside en el desentrañamiento de la matanza –de 500 a 700 asesinados por la fuerza militar rebelde al mando del teniente coronel Asensio Cabanillas entre el 9 de agosto y el 1 de diciembre de 1936, eso en un pueblo de unos 15.000 habitantes–, amarrado documentalmente con el máximo rigor por Espinosa, que ha hecho de la consulta minuciosa y el contraste de archivos militares una marca de calidad de su trabajo. El interés también está en cómo el autor de La justicia de Queipo, lejos de rehuir el desafío psicológico y emocional que supone investigar unos hechos tan próximos que llegan a afectar a lo familiar, lo afronta con precisión y desnudez, revisando con escepticismo la figura de su padre –“camisa vieja, ex cautivo y ex combatiente”– y desmoronando con las pruebas en la mano la autocomplaciente versión de los hechos que este le había transmitido.

El mismo rigor

“La cuestión familiar está ahí y no se puede eludir. Cuando se es historiador, uno tiene el deber de analizar su propio entorno con el mismo rigor que lo demás. Es posible que haya historiadores que eviten este asunto, pero yo ya estaba preparado para afrontarlo”, afirma Espinosa. El autor, que fue miembro de la comisión de expertos que asesoró al juez Baltasar Garzón durante su investigación sobre el franquismo y cuya obra ha desvelado de forma incuestionable la brutalidad de la represión en Andalucía y Extremadura, ya está acostumbrado a que otros vean un conflicto donde él no lo ve. “El ataque habitual de la gente de extrema derecha ante estas investigaciones suele consistir en recordarte el pasado familiar, como diciéndote: ‘No debes hacer eso, tú eres uno de los nuestros’”, explica el autor Callar al mensajero y Violencia roja y azul.

Conversaciones en casa

En Masacre el autor recuerda cómo en sus propias conversaciones con su padre, fallecido en 1979, logró que este admitiera que en el pueblo no fue asesinado “nadie de derechas”, en contra del mito oficial. Espinosa también documenta que no hubo asesinatos de derechistas, que no fueron pasados por las armas los presos en la sacristía, no porque “no les diera tiempo”, como siempre le había dicho su padre y solía circular en el pueblo, sino porque se impuso el respeto a la vida gracias al empeño de personas concretas, algunas de ellas luego fusiladas.

En su examen desapasionado de su propia posición como historiador ante la historia de su pueblo, Espinosa reconstruye la trayectoria de su padre: su participación en las campañas de agitación de Falange previas al golpe del 18 de julio, en la ocupación de pueblos de la zona, su discreta carrera política a principios de los años cuarenta...

El autor de Masacre da cuenta de un hecho: “[Mi padre] no aparece en ninguno de los consejos de guerra analizados para este trabajo”. Pero también deja una impresión: “Para mí ofrece poca duda que, como miembro de Falange y al igual que las restantes fuerzas que se sumaron al golpe o estuvieron a su servicio, no sólo conocía la mecánica represiva sino que contribuyó en todo aquello que se le ordenó, como solía especificar la documentación oficial, a la implantación del Nuevo Orden”.