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Hooligans de guerra santa: Maniqueísmo de estadio para un crimen de estado

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Ninguna guerra es santa, a pesar de las arengas-homilías de los capellanes castrenses. Pero hacemos distingos. En Occidente ya no vamos de cruzada, sino en 'operaciones humanitarias y de paz'. Identificamos Guerra Santa con Yihad y terrorismo religioso, con Islám. Un reduccionismo interesado. Una cadena de montajes, que es preciso desmontar.

El Presidente Obama finalizó el anuncio oficial de la muerte de Osama Bin Laden definiendo a los EE.UU. como 'one nation, under God, indivisible, with liberty and justice for all'. ¿Unidad de destino universal por designio divino? ¿Libertad y justicia mediante 'operaciones quirúgicas' sin detenciones, procesos ni condenas previas? Reconozcamos el fundamentalismo democrático que nadie parece percibir, excepto quienes lo padecen.

Los amargos frutos del ardor guerrero democrático son ineludibles. A pesar de justificarse en la democracia y el diálogo de civilizaciones, 'nuestras' guerras (en rigor, sólo ponemos impuestos y víctimas) responden a la geopolítica del realismo duro; cada vez más sucio: unilateralismo con doble vara de medir, al margen del derecho internacional con guerras no declaradas o ilegales. Y, una vez metidos en faena, no distinguimos civiles y combatientes, campos de refugiados y de terroristas, a estos y a sus familiares.

Justificar estas liberaciones genocidas, conducidas a sangre y fuego, dictadas por intereses espúreos y evidentes resulta demasiado cansino y, por ello, las argumentaciones morales dan pronto paso al 'militarismo deportivo' del 'Nosotros, frente a Ellos'. 'Obama 1 - Osama 0', que rezaban las pancartas en EE.UU. Maniqueísmo de estadio para los crímenes de Estado.

¿Un montaje? Pues claro, como el del 30 abril pasado, ante los corresponsales en la Casa Blanca: casi un monólogo del Club de la Comedia, cuajado de videos jocosos. El perfecto retrato del papel que juegan los políticos y los periodistas. Un montaje, claro que sí, con independencia de que Bin Laden hubiese muerto años antes o, al contrario, que ni siquiera lo hubiesen lanzado al mar y viviese oculto en el rancho de Bush. La Guerra contra el Terrorismo no ha sido otra cosa que un montaje desde que empezó. Se libraba contra los engendros subvencionados por la CIA frente al comunismo (talibanes y Sadam Hussein). Se celebró la victoria en Irak hace 8 años. Aquí llegaron a confundir ETA con Batasuna y a esta con los responsables del 11S (lo ha repetido, con malicia y maledicencia, E. Aguirre: que Bin Laden nunca reivindicó la masacre de Atocha).

El anuncio de esta muerte anunciada llega al mismo tiempo que las noticias del asesinato del hijo menor de Gadafi y tres de sus nietos, por obra de 'nuestros' bombarderos. Coincide, además, con el Día de la Memoria del Holocausto judío en Israel. ¿Un regalo de aniversario al sionismo internacional? Y, en todo caso, se viene a sumar a la respuesta que está dando Washington a las revoluciones árabes.

Después de Libia (añadiendo una guerra civil a las desatadas en Afganistán e Irak) viene este gesto de poder, este aval del brazo vengador del Imperio; que, en el fondo, muestra impotencia de verdadero impulso democratizador. Se extienden los bombardeos a poblaciones civiles y los asesinatos selectivos, frente a las revoluciones pacíficas que exigen (en contra de Washington, antes y ahora) el procesamiento judicial de sus dictadores. La razón es obvia: también acabarían sentados en el banquillo sus conmilitones occidentales; muchos en el poder. Cualquiera de los manifestantes de Yemen y Siria hace más por la democracia que todos los ejércitos del mundo juntos. Pero un doble mensaje neocolonialista está siendo propagado: os liberaremos y mataremos a quienes disputen nuestra libertad. Una libertad cada vez más recortada y, en todo caso, regalada: así que no cabe mirarle el diente. ¿O no ven aún el colmillo retorcido? ¿Precisan sentirlo en carne propia?

Mi biografía mediática registra ya varios ajusticiamientos de matarifes oficiales, caídos en desgracia ante sus apoderados extranjeros. Del álbum de los horrores recojo los despojos audiovisuales de tres Frankestein ajusticiados por sus creadores: (1) la muerte casi en directo de los Ceacescu, tan útiles cuando cuestionaban el Telón de Acero; (2) un piojoso Sadam Hussein, primero arrestado y después grabado con una cámara 'casera' antes de ser ahorcado. Y (3) ahora el bombardeo y entierro marino, por ahora sin imágenes, del terrorista por antonomasia.

Quien considere lo que nos dicen que ha ocurrido como una prueba de fuerza de EE.UU. y un avance antiterrorista - comparado con lo que hubiera supuesto la captura, el interrogatorio y el, entonces sí, factible desmantelamiento de las finanzas e infraestructuras de Al Qaeda - demuestra ser un hooligan de la guerra santa. Los verdaderos marcadores (y únicos vencedores) son los índices de Wall Street y el dólar frente al euro.

En cualquier caso, el fin de Osama Bin Laden, de su trayectoria vital o del relato mediático que de él han construido (¿qué mas da?, ¿quién los distingue?); en todo caso, digo, viene a demostrar lo contrario de lo que mantienen nuestros dirigentes. Las intervenciones bélicas lanzadas tras el 11-M han sido ineficaces para detener a Bin Laden y desarticular a Al Qaeda. Le han matado en una mansión de un barrio militar (no una cueva) de un país 'aliado' (Paquistán, ni Irak ni Afganistán) y mediante una pequeña fuerza de ataque, no desplegando tropas de ocupación.

El supuesto fin de Bin Laden denuncia, y en modo alguno justifica como pretende Obama, la guerra antiterrorista. Nos recuerda, sobre todo, nuestra condición de víctimas, de esta su guerra y del recorte de información y libertades que conlleva. El mismo discurso triunfalista advierte del aumento de la amenaza yihadista.

Por eso recomiendo resintonizar las pantallas en los frentes que sí son los nuestros: el apoyo a las insurgencias civiles y desarmadas de las revoluciones aún en curso, a los refugiados políticos del Magreb y Oriente Medio, a la resistencia palestina, a los pacifistas de Israel... Si no saben de ellos es porque se los han escamoteado Obama, Osama y sus respectivos propagandistas. Basta de atenderles jalear a sus huestes de hooligans desde las tribunas o el fondo del mar.