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"Hoy día hay un malestar social difuso que arranca de la imposibilidad de vivir"

Filósofo. Enseña en la Universidad de Barcelona. Es uno de los impulsores de Espai en Blanc, una iniciativa a la vez filosófica y política. Acaba de publicar su último libro ‘La movilización global. Breve

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Platón decía que el pensamiento es como el viento: no se puede ver, pero es capaz de sacudir la realidad. ¿Por dónde sopla hoy ese viento? ¿Cómo avivarlo en nosotros mismos? ¿Quién y cómo lo pretende cercar?

Afirma usted que pensamos siempre bajo coacción, ¿qué significa eso?

Contra lo que dice el sentido común, pensar no consiste en el funcionamiento de una facultad que sería innata

al hombre. Pensar no tiene nada que ver con sentarse y esperar hasta que a uno le venga alguna idea. Pensar es una actividad forzada. Y lo que nos fuerza es la propia vida. Querer vivir nos obliga a pensar. Pensar es un gesto radical que antes que nada consiste en interrumpir la normalidad y el sentido común, agujerear la realidad, destruir el manto de obviedad que la protege, en definitiva, abrir espacios de vida. Pensar es esta paradoja: una actividad forzada y, a la vez, la más libre.

¿Y cómo se agujerea esta realidad concreta que vivimos?

La realidad que se nos impone como única y sin afuera, como plenamente tautológica, no es más que la verdad del capital. Digámoslo claro: la verdad del capital es la que ha triunfado y frente a ella no hay en estos momentos alternativa alguna. Ha triunfado porque puede organizar el mundo. Sólo hay que ver lo que sucede en relación a la crisis actual. Nadie es capaz de poner en el centro del debate la necesidad de una verdadera transformación social. Sólo se oyen las propuestas cínicas de reformular las bases éticas del capitalismo. Mi respuesta a la pregunta es entonces: ¿cómo se combate una verdad si no es desde otra verdad? Yo creo que sólo la verdad, una verdad que nace de la lucha y del compartir, puede incidir sobre la realidad. La verdad entendida como desplazamiento o interrupción del sentido común y de la realidad obvia.

¿Podría dar algún ejemplo?

Si en lugar de autoestima hablamos de dignidad abandonamos el ámbito de los libros de autoayuda -que en el fondo siempre plantean un pacto cobarde con la vida- por una posición desafiante; si en lugar de participación hablamos de implicación, abandonamos una problemática interna al poder por una posición crítica respecto del poder, etc. La verdad es el desplazamiento. Más exactamente, la verdad se produce en el momento del desplazamiento.

'Pensar es una actividad forzada y lo que nos fuerza es la propia vida'

¿Se trata de ligar pensamiento y transformación social?

Cuando se vincula pensamiento y transformación social -y digo 'cuando' porque en la actualidad no es lo habitual- se hace de un modo exterior, como si el pensamiento debiera servir para impulsar un cambio social. El pensamiento se asemeja entonces a una especie de caja de herramientas en la que los movimientos sociales buscarían instrumentos para luchar. Me atrevería a afirmar que eso no es auténtico pensamiento. El pensamiento no sirve para luchar, sino que él mismo es lucha. Si vivir es luchar con la vida, si toda transformación social es, en última instancia, esa misma lucha contra esta vida-cárcel que nos encierra en lo que somos, ¿qué clase de pensamiento sería aquél que no hiere a quien lo produce a la vez que actúa hiriendo la realidad?

¿Cómo se pretende neutralizar hoy concretamente el pensamiento?

El pensamiento está asediado en la escuela, donde se formatean las mentes de los niños para adaptarlos a las necesidades del mercado. Pedagogos y psicólogos rivalizan en vaciar la enseñanza de contenidos (históricos, sociales...) y reducirla a puro formalismo: aprender a aprender. En la universidad, la privatización y la mercantilización determinan las materias impartidas y la investigación misma. Ya no se forma, sino que se 'capacita', se invierte en recursos humanos. En los medios de comunicación hace tiempo que las figuras del experto y del 'opinólogo' han barrido cualquier atisbo de pensamiento. Así podríamos seguir.

¿Pueden volver a ser peligrosas las ideas?

Una idea, si de verdad es una idea, necesariamente es peligrosa porque es ya una victoria contra la obviedad. Una idea es la verdad que insiste en el tiempo, abriendo vías de agua en la realidad. Una idea no es, en absoluto, una construcción mental: nunca hay que olvidar que detrás de una idea se alza siempre el grito colectivo de '¡aquí estamos!'. Detrás de una idea existe siempre una palabra que se toma, una toma de palabra desde un nosotros que empieza a hablar. Por eso una idea no se comunica ni requiere propaganda para propagarse.

'El pensamiento no sirve para luchar, sino que él mismo es lucha'

¿Se puede pensar políticamente en ausencia de grandes luchas sociales, como parece ser el caso hoy?

Las ideas que verdaderamente cambian el mundo no salen de la cabeza genial de alguien, sino de prácticas sociales que son necesariamente colectivas. En el plano individual, como afirmaba Lukács, sólo te queda la posibilidad de golpear tu cabeza contra la pared hasta que salten chispas. Es verdad: la intervención política que persigue una auténtica transformación social parece bloqueada. Pero ausencia de lucha abierta no significa, sin embargo, ausencia absoluta de resistencia. Hoy día hay un malestar social difuso que arranca de la imposibilidad de vivir, del hecho de querer vivir y no poder hacerlo. Este malestar social latente estalla en las periferias de la ciudades cuando interviene una provocación de la Policía. Y ese mismo malestar adopta formas tan terribles como el suicidio -casi 30 trabajadores se han suicidado en la empresa France Telecom este último año- como modo de resistirse a la reestructuración. Pensar, en ausencia de luchas abiertas, sería pensar cómo politizar ese malestar que nos atraviesa, sabiendo que no hay ningún horizonte que nos espere.