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Imperfecta pero real

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En su libro Republicanismo, Philip Pettit cuenta cómo actúa una persona dominada frente a su amo, y cómo el temor a una reacción caprichosa y arbitraria del amo va moldeando su comportamiento hasta configurar la totalidad del carácter de la persona dominada. Pettit usa como ejemplo la dominación de la mujer. Incluso en el caso de que el marido de una mujer no le pegue, sólo con saber que socialmente es lícito pegar a las mujeres, esa mujer se relacionará con su marido de manera diferente a como lo haría en una sociedad en la que la mujer no está dominada y no está permitido pegar a las mujeres en ningún caso. Aunque nuestro amo sea benevolente y no interfiera, siempre tendremos un cuidado especial cuando nos encontremos ante él por la razón que sea. Ese tener que andarse con ojo es la diferencia entre el que es libre y el que no lo es.

En una sociedad en la que hay dominación, es decir, en la que hay personas sometidas al poder caprichoso y arbitrario de un amo, el carácter moral de la misma se degrada. El lenguaje se va retorciendo para decir sin decir, o para no decir nada, que es como se está más seguro en esas sociedades. Hasta el lenguaje corporal de una persona sometida es distinto al de una persona libre. Una persona libre no tiene que bajar la mirada ante nadie, habla con franqueza y vive y se relaciona con los otros con la confianza del que no tiene que andarse con cuidado.

El que se somete a un amo somete también su carácter. Se vuelve tan adulador de su amo como temeroso del mismo. Con la adulación trata tanto de protegerse de una reacción caprichosa del amo, como de manipularlo, para ir llevándolo oblicuamente a donde le conviene al sujeto servil. Da igual que el amo sea el dueño de la empresa, el alcalde de su pueblo, o el mismísimo pueblo soberano acampado en la Puerta del Sol. El servil exaltará a su amo, negará las contradicciones de su amo, pintará los espejos si es necesario, para que su amo se vea bello y no pierda los estribos.

En alguna parte leí que durante la Guerra de Marruecos, a veces, los jóvenes oficiales españoles se exponían heroicamente en el combate y, como es lógico, el enemigo los mataba. Los soldados marroquíes que luchaban al lado de los españoles solían decir que esos oficiales 'no sabían manera'. Del joven Franco decían, sin embargo, que 'sabía manera'. En las sociedades, en las empresas, en las organizaciones políticas, en las que hay dominación, es decir, poderes arbitrarios, siempre hay gente que 'sabe manera', que nunca arriesga, que se dobla y se retuerce, hasta perder la dignidad si es preciso, con tal de ahorrarse un latigazo que deshonra tanto al que lo da como honra al que lo recibe, por más que le duela.

Sería bueno para nuestra democracia, tan real como imperfecta, que los representantes levantáramos nuestra voz no sólo para disculparnos por los fallos y errores de la misma, sino también para defender sus logros. Es verdad que el papel de los poderes democráticos no está resultando muy decoroso frente a otros poderes no democráticos que los chantajean con el bienestar de sus ciudadanos, y los ponen entre la pared de la ruina económica de sus países y la espada de la derrota electoral, para que con tal de evitar aquella se arrojen contra esta. Sin embargo, también es cierto que, ante esta situación, el sacrificio de los poderes democráticos refleja todavía un brillo de decencia que no se ve enfrente.

Cerca de 600.000 ciudadanos votaron en blanco, enviando un poderoso grito silenciosoEl debilitamiento de los poderes políticos democráticos no es cosa de ayer, sino que se ha trabajado durante mucho tiempo por parte de los poderes no democráticos. La deslegitimación de la democracia aprovecha muy bien los fallos de la democracia, pero no nace de ellos, sino que responde a una voluntad de dominio no democrático que es anterior a los fallos de la democracia. No parece que la mejor manera de defender a la democracia de su impotencia frente a los poderes no democráticos sea debilitando a los representantes y a la democracia misma, ya en su legitimidad, ya en sus recursos.

A finales de la pasada legislatura me tocó debatir en el Congreso con una diputada que argumentaba que el Gobierno no era democrático porque no hacía caso a la ingente cantidad de personas que se había manifestado en la madrileña Plaza de Colón contra el matrimonio homosexual y el divorcio. Mi respuesta fue que si el número era lo importante para ella, dado que los que estábamos sentados allí representábamos a muchísimas más personas que quienes fueron a Colón, resultaba lo más democrático que se legislara en el Congreso y no en la plaza.

El pasado 22 de mayo, cerca de 600.000 ciudadanos, mayores de edad y plenamente conscientes de lo que hacían, votaron en blanco, enviando un poderoso grito silencioso sobre la democracia y los representantes que debe ser escuchado. Ese mismo día cerca de 22 millones de ciudadanos, mayores de edad y plenamente conscientes de lo que hacían, eligieron a 70.000 concejales que iban en listas de partidos. También ellos han dicho algo sobre la democracia y sobre sus representantes que debe ser escuchado y respetado, tanto en Colón como en Sol.