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La importancia de llamarse Brasil

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Por Carlos Castellanos

Cada vez que juega Brasil parece que el mundo se detiene, que todos los ojos del planeta se fijan en esos once jugadores que representan la tradición más rica de la historia del fútbol. Sin embargo, hace muchos años que la magia no acompaña a la selección brasileña aunque no por eso ha dejado de ganar. Quizás, incluso, ahora gane precisamente por esa razón.

Brasil es el eterno favorito, por trayectoria, por potencial, por jugadores y por la camiseta. El peso del amarillo y verde y de los cinco Mundiales tiene una influencia inestimable y muy real. En el fútbol, suelen ganar siempre los mismos, un ejemplo perfecto de atavismo aplicado al deporte. Por eso, aunque desde hace 24 años Brasil no practica el "jogo bonito", el martes todos queríamos ver a Brasil contra Corea del Norte. Porque Brasil siempre es candidato a ser campeón.

las mismas que han dado lugar a tantas críticas en la prensa y en la calle. Pero es difícil discutirle a Dunga los números. Después de todo, Brasil es el actual campeón de América y de la Copa de las Confederaciones. Además, acabó la fase de clasificación sudamericana para la Copa del Mundo en primer lugar.

Todo ese éxito se ha logrado con un estilo ajeno a la tradición más antigua del fútbol brasileño, pero directamente relacionado con una era moderna que antepone los triunfos al buen gusto. Ya en 2002 Brasil se proclamó campeón del mundo jugando con tres centrales en su defensa, una auténtica afrenta a la forma de entender el fútbol de la mayoría de los brasileños.

Aunque siempre quedarán destellos de talento, porque sus jugadores lo llevan en la sangre, el método brasileño tiene sus cimientos en los mediocentros fuertes, trabajadores y recuperadores. En 1994 ganó el Mundial de EE.UU. con cuatro jugadores en el centro de ese corte: Mauro Silva, el propio Dunga, Mazinho y Zinho. Lejos quedaban los tiempos de Falcao, Socrates y Cerezo. El Brasil de 2010 tiene dos pivotes defensivos como Felipe Mello y Gilberto Silva y mantiene un equilibrio en las posiciones de sus hombres que evita que le sorprendan en defensa, pero limita también las posibilidades en ataque.

Ante Corea del Norte presenciamos un Brasil que dio lo justo para ganar, un equipo que aseguró la posesión sin exponerse atrás y que fue demasiado estático en sus avances hacia la portería asiática. Casi siempre tuvo cuatro jugadores por delante de la pelota que no buscaban los espacios necesarios. Así, eran fácilmente marcados por los coreanos.

Incluso durante el primer tiempo, Corea del Norte mostró un mejor funcionamiento colectivo que los sudamericanos, con movimientos coordinados y basculaciones bien aprendidas que frenaron los intentos ofensivos del equipo de Dunga. En sus contraataques, los norcoreanos acompañaron la pelota con suficientes efectivos para ofrecer alternativas al hombre en posesión.

A medida que avanzó el partido, Brasil fue imponiendo su superioridad, con un adelantamiento de sus líneas que forzó al rival a meterse atrás, y unas combinaciones más precisas y rápidas que en los primeros 45 minutos. Al final ocurrió lo más lógico. Apoyado en la eficacia; en las subidas del lateral derecho Maicon y en las persistentes intervenciones de Robinho, Brasil se llevó la victoria, aunque el descuento de Yi Yun Nam no entraba en lo previsto. De Kaká y Luis Fabiano apenas hubo noticias, aunque Elano estuvo más acertado y participativo que en su club, el Galatasaray turco.

Brasil cosechó una exigua victoria que le sirve para iniciar el asalto al Mundial, pero muchos tendrán dudas sobre su capacidad después de lo demostrado en el estadio de Ellis Park. Pero esa es precisamente la apuesta brasileña: jugar con cuentagotas y cuidar siempre la espalda. Además, tiene la valiosa colaboración de la historia y de la camiseta.