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El infierno en un cajón de arena

El primer capítulo de Perú ya nos advierte de lo que Gordon Lish va a hacer con nosotros

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El primer capítulo de Perú ya nos advierte de lo que Gordon Lish va a hacer con nosotros: el narrador le pregunta a una telefonista qué son esas imágenes que acaban de salir en televisión. La tenía sin volumen, hacía el equipaje de su hijo porque se va a un campamento, y no sabe qué significan esas imágenes. Pero la telefonista no puede o no quiere contestarle. Algo ha pasado y su hijo saldrá mañana de campamento...

Si lo pensamos, es una situación de lo más corriente (y no voy a contar qué ve el narrador en la pantalla), pero Gordon Lish consigue que el lector sienta que le va la vida en averiguar el secreto que lo obsesiona. La vida del propio narrador va despellejándose al intentar explicarse, al dar vueltas en torno al sencillo argumento de la novela. Este argumento se remonta a los años cuarenta y transcurre en un cajón de arena. El narrador, de nombre Gordon, juega en el jardín de su rico vecino Andy Lieblich, con éste y un amigo, Steven Adinoff. Los tres tienen seis años cuando el narrador coge una azada y mata a Steven.

Maestro de la superposición de planos y, sobre todo, novelista confiado en la resonancia de los detalles, Gordon Lish consigue que éstos cuenten su propia historia. El coche Buick que limpia un hombre negro, la casa de alquiler del narrador, la piel delicada de Andy Lieblich, la lucidez de la niñera, el teléfono del padre aprendido de memoria como si fuera un talismán, unos zapatos con sangre, un motín en una cárcel de Perú...

A la vez que retratan la sociedad norteamericana de los años cuarenta, estos detalles se entretejen sabiamente con la actualidad del temeroso narrador, ya en la mediana edad, y ahondan en la extrañeza de la infancia, en su crueldad inocente. En el acoso a la ambigüedad infantil, Gordon Lish nos recuerda a Harold Brodkey, otro autor editado por el Captain Fiction.

En cuanto a la estructura de puzzle en el que falta la pieza principal, la que nos tranquilizaría, hubiéramos dicho que es típica de Raymond Carver, de no saber la historia de las correcciones... El traductor y novelista Israel Centeno reproduce la intensidad del tono obsesivo y absolutamente personal de Gordon Lish, su escritura intransferible y su mundo hecho de pocas anécdotas repetidas para cercar, con el beneplácito del lector absorto, una historia de la inminencia del peligro, del abismo de la normalidad.