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La izquierda radical desentierra su cadáver

'Los condenados' es una reflexión profunda sobre las consecuencias de los actos de una generación a la que se suele glorificar 

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¿Qué hace un chico como tú en un sitio como este? Isaki Lacuesta, director de Los condenados, película española que cerró la competición, contaba ayer que la pregunta que más le habían hecho durante el día era por qué un chico tan joven se había metido a rodar una historia sobre temas tan viejunos como el fin de las utopías, la legitimidad de la lucha armada o la desintegración de la izquierda radical sesentera.

El cineasta catalán respondió que Los condenados es un filme sobre el presente. En concreto, sobre el presente de un grupo de antiguos guerrilleros argentinos que se reencuentra 30 años después para tratar de desenterrar el cadáver de un antiguo compañero de armas.

Puede que la percepción de que se trata de un asunto antiguo sea debida a que en los últimos años vimos varios títulos dirigidos y protagonizados por miembros de la generación de nuestros padres que, por explicarlo de un modo paródico, charlaban hasta la extenuación sobre lo bien que se luchaba en los sesenta y de lo mal que se vive ahora.

Muchas de esas historias resultaban un tanto condescendientes y se limitaban a verbalizar los conflictos, algo que planea sobre los primeros minutos de la película.

Pero no se fíen porque la trama se cuece a fuego lento: según avanza, nos damos cuenta de que la mirada de Lacuesta es más distanciada que nostálgica. Que debajo de los diálogos de apariencia simplista se ocultan contradicciones complejas. El director realiza una reflexión profunda sobre las consecuencias de los actos de una generación a la que se suele glorificar, pero no tanto intentar comprender sin temor a que lo que nos encontremos nos pueda gustar u horrorizar.

Los condenados no es una obra perfecta: le sobran metraje, diálogos retóricos y algunos personajes (el rol del chaval fascinado por el legado armado de sus padres resulta esquemático), pero gana enteros cuando se la deja reposar. Y puede que también lo haga en un segundo visionado, con las cartas de la historia encima de la mesa. Veredicto: uno de los mejores filmes de San Sebastián.

Por último, el cierre del festival lo puso la película coreana Yeong-do Da-ri, otra historia con cadáver que aún colea, aunque en este caso sea metafórico: el director Yeon Soo-Il narra las peripecias de una joven que trata de recuperar a su hijo tras haberlo dado en adopción.

Un drama intimista que bascula entre la denuncia de la precariedad laboral, la violencia marciana y el tremendismo, sin que quede claro del todo si está bien o es una mierda integral. Posiblemente, las dos cosas a la vez.