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"Ser de izquierdas me impidió acudir al Mundial del 50"

Pahíño, que leía a Tolstoi, Dostoievski y Hemingway, fue señalado como el futbolista rojo a principios de los años 50

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El ex futbolista Manuel Fernández Fernández, Pahíño (San Paio de Navia, Galicia, 1923), se perdió jugar un Mundial por sus ideas. Sus pecados: leer a Tolstoi, a Dostoievski, a Hemingway y pensar en rojo. Sus virtudes: una contundencia rematadora que le acreditaba como uno de los mejores goleadores del momento. Era figura del Real Madrid anterior a Di Stéfano. Marcó 108 tantos en 126 partidos. El mejor promedio de la historia del club (0,86 goles por partido), sólo igualado por Puskas.

"Adquiría esos libros de estraperlo en un quiosco de Barcelona. O en las giras por Suramérica. Allí compré Por quién doblan las campanas", recuerda Pahíño, cuyos ojos se humedecen cuando la memoria le retrotrae 59 años atrás. No le fue cómodo ser señalado como el futbolista rojo: "Ser de izquierdas me impidió ir al Mundial de Brasil en 1950. Te lo tenías que tragar y había que tener influencias para que además no te pasara nada".

Pahíño quedó marcado como elemento sospechoso tras esbozar una carcajada irónica al escuchar la arenga de un general antes de un amistoso con Suiza, en 1949: "Entró ese señor y dijo: ahora, cojones y españolía". No volvió a jugar con la selección hasta 1955, en Irlanda. El resultado fue de 2-2. Pahíño marcó los dos goles.

Al acabar la guerra, Franco ya sabía por Mussolini (que usó el Mundial de 1934 para difundir el fascismo en Italia) de la capacidad de arrastre masiva, bajo bandera o ideología, que tienen el fútbol y el deporte en general. También conocía Franco la facilidad del deporte para generar individuos y gestos subversivos antifascistas. El austríaco Sindelaar fue un héroe por negarse a participar en el Mundial de Francia de 1938 con el equipo de la Alemania nazi tras su anexión de Austria. En ese mismo campeonato, 22.000 parisinos entonaron La Marsellesa como respuesta al saludo nazi de los jugadores alemanes.

Franco también extrapoló al deporte el proceso depurador, como documenta Julián García-Candau en El deporte en la Guerra Civil (Espasa). Todas las federaciones y clubes deportivos quedaron en manos de militares o personajes adeptos al movimiento nacional. Todos puestos a prueba con fichas de antecedentes e interrogatorios en los que debían evidenciar un inmaculado pedigrí franquista. "Estaban en todas partes, mandaban en todo y había que tener mucho cuidado con lo que decías", cuenta Pahíño, que fue una víctima de aquel sometimiento ideológico.

Cuando se reanudó la Liga tras la Guerra Civil -muy rápido, en diciembre de 1939-, los futbolistas supervivientes que no se exiliaron o no habían quedado mutilados tuvieron que pasar por los filtros de la depuración. Siete madridistas no los pasaron. Se establecieron inhabilitaciones para los que no se habían mudado al bando nacional cuando pudieron, o bien si tardaron en hacerlo.

El deporte fue secuestrado y moralizado para ser una de las patas básicas del pan y circo franquista. A la mujer, que durante la República se arrimó con entusiasmo al deporte, se le prohibió el atletismo, hasta 1963. "Tras la guerra sólo había miseria y muertes. Llegué a jugar un partido con un clavo en la suela. No tengo odio a nadie, pero los fascistas me daban asco. Mataban por entretenerse; a por mi padre fueron dos veces, pero pudo esconderse". A Pahíño le protegió el poder popular del gol y del deporte.