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Jaime Rosales: "Soy un guardián de la realidad"

Director. Participa en el Festival de Cine de San Sebastián con ‘Tiro en la cabeza’, una cinta atípica sobre un atentado de ETA

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Es tal vez la propuesta más radical de las que competirán por la Concha de Oro del Festival de San Sebastián que arranca mañana. Jaime Rosales (Barcelona, 1970), el sorprendente ganador de tres Goya por La soledad, presentará en Donosti Tiro en la cabeza. Un acercamiento atípico al terrorismo. La cinta, que se estrenará el 3 de octubre, cuenta el atentado de Capbreton de diciembre de 2007, donde murieron los guardias civiles Fernando Trapero y Raúl Centeno. Rodada con teleobjetivos, el filme se acerca a un documental de naturaleza, donde observamos, desde lejos y sin escuchar justificación alguna, el comportamiento de un hombre del todo común que acaba cometiendo un doble crimen.

La manera en la que retrata a un asesino, no como un monstruo, sino como un hombre ordinario, recuerda a lo que ya había hecho en su primera película, Las horas del día. ¿Por qué lo aborda así?

Ambas películas tienen una mirada a la cotidianeidad y a la violencia común. La manera en que la violencia entra de forma sorprendente y sin explicación es la misma. En Tiro en la cabeza, vas a ver a un tipo que no se entiende por qué hace lo que hace, pero la diferencia es que aquí hay un sustrato ideológico.

¿Le obsesiona la violencia?

Me preocupa y me fascina porque, por un lado, la detesto; pero, por otro, es algo que nos retrata muy profundamente. Yo casi siempre me apoyo en la realidad. Soy como un guardián de la realidad.

¿Y cómo es eso?

Porque la realidad es como la barandilla en la que me apoyo. Es como un flotador, es un sitio a donde siempre me voy a ir a agarrar y a la que le busco la mejor manera de expresarla. Siempre es después de haber hecho la película cuando me doy cuenta de por qué la he hecho, nunca antes.

¿Eso explica que sus filmes sean más de observación que de tesis?

Claro. Porque creo que una película es algo que el espectador debe decidir con su subjetividad. Si le doy una tesis cerrada, quien la ve la recibe, pero la película es la misma para todos. Me da la sensación de que cuando la gente vea Tiro en la cabeza va a pensar que no tiene nada que ver con lo que ha leído sobre ella.

¿Nos está haciendo la jugarreta?
No, no, pero las dos o tres personas que la han visto me han dicho que no tiene que ver con lo que habían leído. Y entre ellas las opiniones son muy diferentes. Ni siquiera mi interpretación es la más válida

Y ¿cuál es la suya?
Va conectada a los motivos por los que hice la película, que fue intentar desbloquear la situación política de este país con el terrorismo.
Altas pretensiones tiene.

Claro, creo que hay que hacer películas desde la ingenuidad. Hay que decir: 'Voy a cambiar el mundo', aunque luego sea evidente que no va a ser así. En cada película que he hecho, lo he pensado aunque no lo vaya a conseguir.

Una manera de cambiar el mundo que tampoco aporta conclusiones...

De lo que se trata hoy, si se quiere salvar el mundo, es de volver consciente al espectador. Es buscar un individuo con un nivel más alto de conciencia del que ha habido hasta ahora. Lo que hay que hacer es organizar una serie de estímulos de una manera más o menos intuitiva y más o menos razonada para que ponga en funcionamiento al espectador. Eso no necesariamente es fácil ni necesariamente todo vale.

¿Ve sus películas como instrumentos de búsqueda?
Sí. Me asemejo un poco al guía del desfiladero. El espectador va a tener que subir conmigo, aunque yo lo guíe. Pero él no va a subir en teleférico a la montaña. Tampoco lo dejo en medio del océano para que nade en cualquier dirección. Más bien, te voy a guiar, pero el trabajo lo vas a tener que hacer tú. Es el planteamiento de base de todo mi cine. Ahora lo hago sobre un problema político más concreto; en La soledad, era el problema de la deshumanización de la sociedad y, en Las horas del día, más bien una reflexión sobre la imposibilidad de comprenderlo todo, quería desmontar esa idea de que todo lo controlamos y todo lo podemos saber.

En los términos en los que habla, parece una especie de misionero cinematográfico. Ejerce su cine con una responsabilidad casi ingenua...

Creo que hoy es necesario inyectar una dosis de ingenuidad, de esperanza y de fe y apartarse un poco del exceso de lucidez.

¿Por el vicio del cinismo?

Sí, porque el exceso de lucidez te conduce al cinismo, a la conclusión de que nada se puede cambiar. Creo que hay que tener sueños delirantes y eso hago cuando realizo una película. Luego, sé que el mundo puede vivir sin mis películas.

Se nutre tanto de la realidad que las ideas de sus películas proceden de lo que lee en los periódicos.

Sí, en Las horas del día fue un reportaje sobre los asesinos en serie; en este caso, fue un hecho más concreto: el asesinato de dos guardias civiles en Capbreton.

¿Por qué le impactó?

Era diferente a los demás atentados. No era una acción planificada, sino que hubo un componente de mala suerte: cinco personas se encuentran donde no debían y la situación acaba de la peor manera. Para mí, eso es descriptivo de un absurdo general.

¿Cómo se siente al enseñarla en San Sebastián?

Es el lugar en que se rodó y donde la película puede tener una mayor amplificación.

¿Cómo entiende su película respecto a otras aproximaciones a ETA?
Creo que esta es una aproximación más moderna porque hasta ahora se ha inyectado al espectador la defensa de una idea. Yo no intento eso. Las ideologías han llegado a un punto de saturación. Ahora hay que actuar sobre el individuo y dejarle que piense él solo.

Hasta llegar al punto de que el espectador no escuche lo que hablan los personajes... ¿Por qué rodar con teleobjetivo?

Es un dispositivo que, desde el punto de vista de la estética cinematográfica, empuja al espectador a que descifre las relaciones. Así que la película funciona en dos niveles: la de mostrar un diálogo de sordos y la del retrato de un mundo que se mueve en la absoluta clandestinidad.

También el rodaje fue casi clandestino.

Sí, la película tiene algo de terrorista, es una bomba cultural. Quiere provocar una vibración un seísmo, para que se mueva algo. No nos quedamos en las formas y los discursos tradicionales. Aquí traigo esto que es una forma nueva.