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"De joven tenía la obsesión de que no entendía el mundo"

Benedetta Tagliabue es una arquitecta soñadora. Traza techumbres y fachadas sinuosas y recurre a materiales del entorno para cautivar incluso a la ecléctica nueva China

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Benedetta Tagliabue, de voz poderosa y siempre sonriente, le da vueltas al material que puede utilizar para sustituir el mimbre en el admirado pabellón de España de la Exposición Universal de Shangai, que se ha ganado el indulto y será una construcción permanente 'con la condición de que cambiemos la fachada por algo duradero'. El asunto trae de cabeza a la italiana, que habla un castellano y un catalán perfectos, pues cree que la arquitectura tiene que ser rompedora y a la vez integrarse con el entorno o la tradición, cosa que en este caso aseguraba el mimbre.

Piensa en soluciones como 'petrificar la madera' o 'metales bonitos como el bronce o el cobre con el interior vaciado para que no pesen tanto'. Pero a veces cuesta distinguir entre lo que dice en broma y lo que barrunta de verdad. 'China es un reto maravilloso porque las ciudades están creciendo de forma enorme, pero también piden cosas de más efectividad que calidad y a veces tienes que solucionar los problemas antes de saber cuál es la mejor solución', valora sentada en una mesa que es un puzzle de piezas de madera ensambladas.

En el taller de EMTB, que creó con su compañero Enric Miralles, y que Benedetta Tagliabue (Milán, 1963) ha sacado adelante tras la prematura muerte de este hace ya 11 años, nada es rectilíneo, reflejo de una arquitectura atrevida que ha acarreado un gran prestigio internacional y que se refleja en edificios revolucionarios como el Parlamento de Escocia. 'Hoy en día es muy fácil introducir la curva, y como los humanos somos experimentales, ser arquitecta es muy divertido', reflexiona.

Las maquetas del mercado de Santa Catalina en Barcelona y de muchas otras obras que ahora ya son realidad, o de proyectos como la Universidad de Hunan o la reforma portuaria de la ciudad de Hamburgo llenan una sala con frescos del siglo XIX donde Tagliabue dibuja con paciencia unos zapatos de bailarina en la pizarra del fotógrafo. De pequeña, a los cuatro o cinco años, quería danzar 'por las mujeres elegantes, las luces, los colores, los zapatos de ballet', afirma con pasión.

'Más adelante fui descubriendo que las matemáticas se me daban bien y que me encantaba dibujar y quería aplicar esos dibujos a alguna cosa práctica', cuenta sobre cómo fue descubriendo su inclinación artística. Y admite que su profesión le ha servido 'para que los clientes me expliquen cómo funciona el mundo, pues de joven tenía la obsesión de que no entendía el mundo y todavía me pasa ahora, es muy complicado y me gusta simplificarlo para entenderlo mejor'

'Barcelona ha de mantener su modelo con creatividad y eso es todo un trabajo'

A la vocación sólo le faltaban los escenarios. Y surgieron con los enamoramientos que han marcado su vida. Primero fue Venecia, luego Nueva York y finalmente Barcelona. 'Me he dado cuenta de que me atraen las ciudades con puerto, por eso mi ciudad, Milán, no me interesa', bromea, y se echa a reír a carcajadas.

En Venecia, la ciudad que define como 'fruto de la locura, una urbe milagrosa construida sobre un lugar húmedo donde casi no hay suelo', estudió arquitectura y descubrió a Palladio. 'La primera vez que fui a Venecia fue antes de elegir universidad y me gustó tanto que, en secreto, arrojé un pendiente al agua para tener que estudiar allí

Nueva York, la ciudad vertical, donde amplió los estudios, 'la llevo en el corazón', asegura. También recuerda que conoció Barcelona 'patas arriba', cuando se preparaba para los Juegos Olímpicos. 'Antes de conocer a Enric ya me enamoré de Barcelona, un lugar donde la gente tiene pasión por la arquitectura, donde mucha gente me ha dicho que le hubiera gustado ser arquitecto'. Pero Tagliabue, sin acusar a nadie, avisa de que la transformación de Barcelona puede perderse: 'Mantener una ciudad, su carácter, es todo un trabajo y Barcelona tiene que seguir su modelo con creatividad'.