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Juan Diego Botto: "La solidaridad también es contagiosa"

El actor concede el protagonismo a exiliados y emigrantes en 'Un trozo invisible de este mundo', cinco monólogos teatrales que se estrenan el 2 de octubre en Matadero Madrid

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Los invisibles de hoy -exiliados políticos y emigrantes- protagonizan los cinco monólogos de Un trozo invisible de este mundo, un espectáculo escrito por Juan Diego Botto, donde denuncia el egoísmo de los países ricos, el miedo que se emplea como excusa para no ayudar a los otros, la pérdida de derechos sociales a costa de la crisis, las dictaduras, la violencia... y donde reivindica la memoria y la justicia necesarias. Con pequeñas dosis de sentido del humor en algunos de los monólogos -él interpreta cuatro piezas y Astrid Jones, una más-, el espectáculo conduce al espectador hacia la reflexión y el vínculo con la realidad. Sergio Peris-Mencheta es el director del montaje, una producción de Cristina Rota.

Ha escrito cinco monólogos sobre personas invisibles -exiliados y emigrantes-, siempre hay razón para hablar de ello, ¿pero por qué lo hace usted ahora?

El tema del exilio me toca muy de cerca, porque yo soy hijo del exilio. Vivo aquí porque mi madre tuvo que salir de Argentina. Eso ha marcado mi vida. Los exiliados y los emigrantes son expulsados. Por otra parte, la inmigración es un tema del que es imprescindible hablar. Siempre está en el último eslabón de las prioridades, siempre es lo primero prescindible. Y defender el eslabón más débil es defender la dignidad de todos. Y creo que en los monólogos se hace y no, desde luego, con una mirada paternalista.

Vivimos una época en que hay millones de desplazados, probablemente, más que nunca en la historia...

La gran paradoja es que el dinero no tiene fronteras y los ciudadanos, sí. El mundo está construido por y para los que tienen el dinero, pero no para los ciudadanos, que somos una mercancía más. Los que se escapan por motivos económicos también podrían ser reconocidos como exiliados, sin duda. Pero me interesa también la visión que da Santiago Alba Rico, que dice que los emigrantes son los últimos aventureros, que tienen mucho de emprendedores. Es una visión romántica, pero me parece pertinente, porque si no siempre parece que ellos son las víctimas.

En los monólogos hace un repaso a muchas perversiones: contratos ilegales, estado de la sanidad pública, inseguridad laboral, torturas, asesinatos, miedo, dictaduras... ¿El ser humano es capaz de lo peor?

Y de lo mejor. Por eso, algunas de las piezas tienen sentido del humor. La primera tiene ironía, busca que la gente se ría con una persona que está convencida de las barbaridades que dice, la segunda es como alguien que se cae con una cáscara de plátano, las desgracias ajenas siempre nos hacen gracia... Se habla de cosas terribles, pero a través del sentido del humor también se cuentan las cosas hermosas que hace el ser humano. Es lo increíble del ser humano.

Y con la crisis ¿los impulsos de solidaridad disminuyen o lo contrario?

Sale lo peor y lo mejor. Lo peor sale manipulado por la necesidad de los de arriba. Movilizar el sentimiento identitario es fácil, porque es algo que nos une a todos, aviva lo peor. Pero también, cuando ves que te toca a ti, que a tu madre le han recortado la sanidad, que tu hermano no cobra la extra de Navidad, que tu hija no tiene beca de comedor... ves lo que no veías antes, pero también ves que hay personas que pelean y eso, a veces, aviva la solidaridad. La solidaridad también es contagiosa.

Aprovecha para decir lo que aquí nadie quiere ni decir ni oír, que la Transición se hizo muy mal y que se rompió la posibilidad de hacer justicia. ¿Hay solución entonces sin justicia?

El tema de la impunidad es importante. La democracia se levantó sobre la Transición, pero aquí la Transición se levantó sobre la impunidad. Han pasado ya muchos años como para poder mirar atrás con mirada crítica y hacer las cosas de otra manera. Para los individuos y las sociedades es necesario asumir para poder cicatrizar. Si uno no juzga, si no revisa, las heridas no se cierran. Y aquí hay muertos en las cunetas. Aquí se perdió una batalla, pero habrá que seguir intentándolo, sobre todo mientras quede gente con familiares en las cunetas. Lo fundamental son las víctimas.

En el monólogo final se pregunta por el sentido de la vida...

La vida no tiene sentido más allá de vivirla y cada uno se tiene que buscar su sentido. Si hay algo en lo que creer es en el ser humano y en su capacidad de construir algo que merezca la pena, pero ahora, no dentro de cien años. Ahora hay mucha gente que lo está pasando muy mal, dentro de cien años...

¿La labor social del teatro, el cine, la literatura... es ahora más necesaria?

Primero, la gente tiene necesidad de que le ofrezcan espectáculos culturales entretenidos, pero también tiene necesidad de que le hablen de cosas que les vinculen a la realidad. Realidad que últimamente es muy desconcertante. Para esta obra he pensado mucho en aquella frase de Lorca, cuando se preguntaba cómo se lleva el mar a una sala de teatro. ¿Cómo se hace para llevar la realidad al público, para hablar de algo directamente con él?

¿Las medidas del gobierno están dejando a la Cultura en un estado casi comatoso?

La cultura está muy mal porque no hay especial interés en cuidarla. Pero todo está mal, la educación, la sanidad... No hay un solo sector que no esté perjudicado por las medidas que se están adoptando frente a la crisis. Por eso a veces da un poco de pudor hablar sectorialmente. No hay voluntad de cuidar, no ya la reflexión cultural, ni siquiera la industria cultural, que genera empleo. La cultura es más difícil y más cara, hay menos ofertas, se destruyen puestos de trabajo... Si ya estábamos medio invadidos por la industria de EEUU, ahora más. Vamos a  una pobreza industrial y cultural.