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Landero busca en "Retrato de un hombre inmaduro" la trastienda moral del ser

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Para el escritor Luis Landero lo importante de una novela "es que transmita vida, que no sea un mausoleo". Y eso es lo que ha conseguido con su último libro "Retrato de un hombre inmaduro", el monólogo tragicómico de un hombre que hace balance de su vida en la habitación de un hospital antes de lo que puede ser el fin".

Publicada por Tusquets, "Retrato de un hombre inmaduro" es la sexta novela de Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948), un título que aparece veinte años después de "Juegos de la edad tardía", la novela con la que se dio a conocer y con la que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica y el Nacional de Narrativa.

Después vendrían otros títulos, todos ellos reconocidos y premiados, como "Caballeros de Fortuna", "El guitarrista", "Hoy Júpiter"; pero ahora, con "la serenidad" y "el silencio" adquirido gracias a su jubilación como profesor de Literatura en la Escuela de Arte dramático, ha dado un giro a su narrativa y ha escrito su novela "más desatada", como decía Cervantes.

"La he escrito muy liberado, sin saber adónde me iba a llevar la vida sin argumento, o con un argumento muy difuminado, de este hombre. Ha sido un soplo de aire fresco, una experiencia memorable, un divertimento con mucho absurdo, que es una palabra clave en la estética del siglo XX y que me gusta mucho, porque todos somos hijos de Kafka, del dadaísmo o del absurdo," explica el autor en una entrevista con Efe.

Con una prosa trepidante y muy cuidada, Landero construye a un personaje tragicómico, un antihéroe de 65 años. Un hombre con todas sus imperfecciones y grandezas, con sus contradicciones y su conducta errática que le cuenta a alguien, y a si mismo, la historia su vida antes de ser operado.

Un ser de carne y hueso con el que Luis Landero ha querido "rastrear la trastienda moral del ser humano".

"Todos somos un poco así -dice el escritor-. En todos hay un poco de ambigüedad moral, y he querido reflejar eso sin ningún miramiento, sin arquetipos y mostrando un poco la vida como es. A veces somos buenos; a veces, malos, otras estrictos, otras mostramos manga ancha. En fin, la naturaleza humana es algo imprevisible".

Así, el protagonista de esta novela va narrando sus historias, sus experiencias; historias, muchas de ellas absurdas de lo reales que son, y en todas ellas va metiendo sus reflexiones, sus pensamientos sobre el amor, el dolor, la muerte, el azar, la moral...

Y todo lo que cuenta el libro son hechos reales que, en su mayoría, han sucedido a lo largo del tiempo a los personajes del barrio madrileño de Landero, el de Chamberí, como el bar El Maracaná, ficcionado pero real.

"Los temas son los que van unificando el relato, y me apetecía que el personaje pensara. Hay historias e interludios reflexivos, añade el autor. "Diríamos que somos hijos legítimos de la realidad y bastardos de la ficción", dice este personaje que al final del libro traza un elogio del silencio.

"La palabra es el arma más poderosa que hay, más que los cañones. Los indicios de la guerra se hacen con la palabra. El celoso inventa un mundo a través de la palabra. Otelo de Shakespeare es el ejemplo perfecto porque convierte a Desdémona, una mujer pura y fiel, en una puta, y todo a través de las palabras", argumenta el autor, al tiempo que aclara que hay casos positivos en este uso, como es el caso de Obama que ha recuperado "palabras agónicas como libertad, justicia, ética", dice.

"Pero -añade- existe la palabra pervertida y las tertulias mediáticas son un ejemplo de esta perversión de la palabra y del ruido verbal. Yo, desde que me he jubilado, el silencio me sabe a música celestial", añade con humor este autor para el que escribir "es el arte de mirar".