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Le Carré ajusta cuentas con los servicios secretos

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Le Carré está enfadado. No le importa que le llamen viejo furioso. 'Que se vayan a hacer puñetas', replica. Rezuma ira, indignación, frustración. Primero el fin de la guerra fría, y luego la guerra contra el terrorismo de los neocons de Bush, que no se detienen ante barreras morales, se cargaron su viejo mundo de espías escépticos pero profundamente humanos y coherentes. No hay ya espacio para gente como Leamas o Smiley, pero él se empeña en buscarles herederos. En El hombre más buscado (Plaza & Janés), Gunther Bachmann intenta ser todavía uno de esos agentes a la antigua usanza: sutil, alambicado, protector de sus informantes, cumplidor de sus compromisos, capaz de entender motivaciones y sentimientos. Pero termina pegándose el batacazo, traicionado por los jerifaltes de los servicios secretos alemanes, de los británicos y, como no, de los que parten el bacalao, los primos de la CIA.

Cuando Bachmann se levanta rabioso porque le han echado abajo su plan perfecto, que implicaba resolver una situación trágica y reclutar a un imán sospechoso de financiar la yihad (ambos terminan en las garras de la CIA), su colega norteamericano, con la prepotencia de quien no quiere aliados, sino esclavos obedientes, le replica que, simplemente, se ha hecho justicia. Y cuando pregunta de qué maldita justicia le hablan, la respuesta no puede ser más clara. 'La justicia americana, gilipollas. ¿Cuál va a ser? La justicia a punta de pistola, tío. Una justicia que no se anda con chorradas () sin un puto abogado que pervierta la acción'. O sea, la justicia de Guantánamo y los vuelos secretos de la CIA.

Desde un punto de vista estrictamente novelístico, lo mejor del libro son los retratos e interrelaciones de los cuatro personajes clave: el torturado joven ruso-checheno convertido al islam que quiere purgar los pecados de su padre, un coronel del Ejército Rojo, la abogada alemana de una ONG de derechos humanos que intenta salvarle el pellejo, el banquero británico (con todos los matices de un Smiley) que lleva décadas administrando la fortuna ganada con demasiada sangre por el militar ruso y, por supuesto, Bachmann.

El agente alemán (trasunto de Smiley, y del propio Le Carré) siente nostalgia de la Guerra Fría. 'Sentados en aparcamientos toda la puta noche esperábamos a que desertores de alto nivel se subieran al asiento trasero y llegaran a un acuerdo con nosotros'. Pero ese tiempo ya pasó. ¿Y ahora? 'Luchamos contra los retazos de una nación llamada Islam, que tiene 1.500 millones de habitantes y una infraestructura pasiva en consonancia. Pensábamos que podíamos actuar como antes y estábamos en un error absurdo, garrafal, un error de mierda'. Pese a todo lo intenta, y fracasa. Los primos americanos, con la aquiescencia de sus serviles aliados, ni siquiera le dejan intentarlo.