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Legislar, exhumar y dignificar a medias

  

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Hacer leyes en las que no se cree o se cree a medias o se cree únicamente cuando conviene, acaba siendo un mal negocio legislativo, un pésimo negocio político y un feo negocio ético. La Ley de Memoria Histórica fue una ley a medias inspirada por una fe a medias. En contra incluso de sectores muy significativos del Partido Socialista que consideraban temerario, o por lo menos inconveniente, internarse en ese comprometido territorio sembrado de minas y de muertos, fue el presidente Zapatero quien impulsó personalmente esa ley, y es a él por tanto a quien hay que pedir explicaciones.

Esta es la clase de ley que nunca habría hecho Felipe González, y tenía todo el derecho a no hacerla; de hecho, apenas nadie en su partido se lo reprochó. El PSOE de González estaba en otras cosas y estuvo bien que así fuera.

El mismo derecho que asistía a Felipe para no meterse en ese jardín asistía a Zapatero para hacer justamente lo contrario. El presidente quiso dar digna sepultura a quienes no la habían tenido, pero si las víctimas a quienes iba dirigida la ley fueron en su día enterradas malamente y a medias, ahora resulta que las pobres están siendo también desenterradas a medias, exhumadas a medias, dignificadas a medias. Lo único que hicieron completamente y a conciencia fue morirse.

Ayer los socialistas votaron en el Senado en contra de desarrollar la ley que ellos mismos aprobaron. Lo que proponía el voluntarioso senador Sampol era simplemente que los socialistas se tomaran en serio su propia ley, que creyeran en ella con la misma fe con que los familiares de las víctimas asesinadas creyeron en el presidente Zapatero cuando les prometió hacer una ley de verdad. En esto, como en otras cosas, Zapatero no quiso ser Felipe, y estaba en su derecho a no serlo, pero tampoco se atrevió a ser Zapatero, y no estaba en su derecho a no serlo.