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Libertad de expresión

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Suelo cortarme el poco pelo que me queda en una vieja y preciosa barbería que hay en una esquina de la calle Tallers de Barcelona, y que milagrosamente ha logrado sobrevivir a la diseñitis que asola la ciudad y conservar su encanto de establecimiento añejo. Allí también acostumbraba a cortarse el pelo Pepe Rubianes, y lo sé no porque coincidiera nunca con él, sino porque el barbero un hombre parlanchín y simpático inexcusablemente uniformado con bata, y que también parece proceder de otra época me informaba de sus visitas: 'Ayer mismo estuvo aquí el señor Rubianes', dejaba caer, orgulloso. Pero el motivo de su orgullo no consistía en tener a un famoso por cliente, sino en tener precisamente a Pepe Rubianes.

A Rubianes se le quería y se le admiraba, pero además muchos estaban, estábamos, orgullosos de él. Y eso era porque encarnó como pocos una idea de la que se habla mucho pero se practica poco: la libertad de expresión. Pero no libertad de expresión para llenar el aire de estupideces, como hacen por ejemplo las televisiones, sino libertad de expresión genuina: libertad para transmitir una visión del mundo y para hacerlo de un modo responsable, valiente, sin concesiones y asumiendo las consecuencias, que en alguna ocasión fueron amargas. O, como a él seguramente le hubiera gustado, con dos cojones. No sólo fue un cómico irreverente que lo fue, y muy bueno, sino también un artista exigente y sensible, que amaba a Machado, Lorca o Valle Inclán y aprendía de ellos. No sólo era corrosivo, sino también tierno. Se reía de los demás, pero también de sí mismo; se burlaba de la vida, pero lo hacía porque la amaba e intentaba comprenderla.

Pepe Rubianes era alguien de quien puede decirse que mejoró el mundo con su presencia en él, y su muerte hace cierto el tópico que dice que siempre se van primero los mejores. Podía gustar o no, pero nadie podrá escatimarle su calidad y su honestidad. A falta de barbero, espero que les esté tomando el pelo a San Pedro y a los querubines.